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Desde la tramoya

Uso de la palabra

Luis Arroyo nueva.

Este jueves se montó una buena en la Asamblea de Madrid a cuenta de una intervención de la diputada socialista María del Carmen López, que mentó al hermano de la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, para afirmar que “ se dedica a ir por los hospitales a sugerir a las unidades de contratación a qué empresa hay que contratar”. La presidenta de la Asamblea, María Eugenia Carballedo, terminó por expulsarla del hemiciclo después de que la diputada socialista se negara a retirar sus palabras como se le pedía. Todos los grupos parlamentarios menos el PP, en señal de protesta, abandonaron la sala junto con la expulsada.

Las crónicas del suceso hablan de “trifulca” y “bronca sin precedentes”. A mí las imágenes me suscitan una mezcla de envidia y de sorpresa. Me explico:

La sorpresa viene del hecho de que la presidenta de la Asamblea (y quizá también la presidenta de la Comunidad) haya decidido montar un lío sobre la base de lo que tan solo habría sido una acusación con una o dos líneas en el diario de sesiones. No estamos hablando aquí del hermano de la presidenta por la acusación de la diputada socialista, sino porque, tras ella, la presidenta de la Asamblea se empeñó en regañar y expulsar a la diputada. Si no lo hubiera hecho no habría varios cientos de miles de personas que hoy saben que hay algo presuntamente feo en el hermano de la presidenta. Quizá Carballedo quería agradar a Ayuso y parar la crítica supuestamente difamatoria, pero con ello solo logró multiplicar la sospecha, con el alborozo de los diputados de la oposición que sabían que saliendo del hemiciclo la amplificaban aún más. 

Por eso los presidentes avezados de las asambleas de cualquier tipo saben que el arte (nada fácil), está en que el nivel de bronca no sea tan elevado como para que se hable de ella y no de lo sustancial. Y los diputados saben que si un asunto por lo que fuera no tiene atractivo suficiente para los medios de comunicación por su interés intrínseco, siempre se puede poner un petardo en la reunión para que la atención venga por la vía del escándalo. Para ser justos, en la mencionada bronca, ese petardo lo encendió torpemente la presidenta de la Asamblea.

La memoria que se pierde

Desde hace unos meses estoy tomando lecciones aceleradas de esas tácticas desde la Presidencia del Ateneo de Madrid, la venerable institución bicentenaria que otrora fue el motor de la Ilustración española y que estamos tratando de sacar de una fuerte crisis. Dos decenas de personas son capaces de hacerse con el control de una asamblea que representa a dos mil. Basta con que porfíen en el bloqueo. Se puede apelar constantemente a una cuestión de orden para forzar un eterno debate sobre este o aquel artículo, de modo que la reunión no avance, o alargar los turnos indefinidamente para que no llegue el momento de la votación cuando hay riesgo de perderla, o que se solicite la lectura de un acta o de unos cuantos artículos con el mismo objetivo…. O simplemente que se increpe, se grite y arme la marimorena impidiendo la deliberación y la votación en orden. 

Y entonces viene la envidia. Envidio la bronca civilizada, si vale la expresión. Envidio esas coreografías casi litúrgicas de la tensión parlamentaria, aunque a veces resulte hosca e incluso ligeramente desagradable. La presidenta que llama al orden por una vez, por dos, por tres, que apaga el micrófono del que vocifera, del que vocifera sin el micro, de los diputados que se rasgan las vestiduras e incluso abandonan la sesión… Siempre dentro de un desorden organizado, de una exageración a veces impostada, de un ritual que es parte también de la democracia. Pero que acaba por recordarnos que la excepción confirma la cotidianidad, la regla. La existencia circunstancial de la bronca nos recuerda que lo normal es su ausencia. Que lo previsible es el orden.

Cuando una asamblea, por el contrario, se acomoda en el vocerío y la refriega, y en la Asamblea de Madrid sucede con demasiada frecuencia, entonces lo excepcional es el orden, y ese es un pésimo síntoma del funcionamiento de la institución. Yo siento una sana y constructiva envidia observando el funcionamiento de la cámara de representación de las madrileñas y los madrileños. Porque a pesar del follón, no parece aún haber contraído esa enfermedad tan degradante en las instituciones democráticas que es la bronca por la bronca.

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