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VERSO LIBRE

El mundo no es previsible

Oigo Con derecho a…, el disco de María Rozalén. Siento la alegría de la sorpresa y la creación. Siento que el mundo no es previsible.

Después del gran fracaso de los sacerdotes de la economía, se ha vuelto a poner de moda la convicción de la ignorancia. Sólo sabemos que no sabemos nada. Da gusto repetirlo para explicar una crisis que se agrava, unas medidas que no sirven, unos diagnósticos equivocados y un futuro incierto pese a la solemnidad y la prepotencia de los tecnócratas. Todas las profecías que se apoderan de los debates salen mal, todo empeora, de poco sirve el consejo de los expertos.

Pero la ignorancia y las incertidumbres de la sabiduría oficial son una trampa. Claro que se saben las cosas. La apariencia del no saber intenta camuflar un discurso escrito y calculado al servicio de los poderes reinantes. García Lorca resumió bien la certeza de las nubes provocadas por el imperio: aquí pasó lo de siempre, han muerto cuatro romanos y cinco cartagineses. Lo decisivo en esta lógica poética no es la exactitud de los números, sino la realidad de la diferencia. Puede que no se establezcan con precisión los daños del conflicto. Pero se sabe quién gana en la rutina del desorden. Así que se llama ignorancia a la desregulación, a la ley del más fuerte.

Si me atrevo a decir que el mundo no es previsible es porque existe la creación, la capacidad de reinventar los asuntos de siempre. El arte como respuesta al poder, como rebeldía ante las palabras rutinarias del más fuerte, como la interferencia de las razones poéticas y los sentimientos en las ondas dominantes. Si las ondas son perturbaciones, el arte que interfiere puede restablecer por unos minutos la verdad.

Los cantautores forman una parte clave en la educación sentimental de mi generación. La libertad tiene para mí poco de anuncio televisivo. No me identifico con la mujer medio desnuda que galopa en un caballo blanco a la orilla del mar, ni con el coche último modelo que recorre el mundo. La libertad es para mí una voz, una guitarra y la necesidad de decir las cosas, de contar las cosas, de cantar. La atención a los cantautores es un buen recurso para los cartagineses que nos esforzamos en dudar de las dudas del poder, en alejarnos de las invitaciones a su falsa ignorancia. Los cantautores ofrecen una forma de sabiduría sentimental que pone los pies en el suelo y el corazón en el horizonte.

Oigo el primer disco de María Rozalén, una joven de 26 años, y me emociono. Alguien -que sabe más que yo- me dice que está de moda y decido contribuir a esta moda. Se trata de una personalidad llena de matices, de una voz que convoca la guitarra del cantautor, el quiebro jondo, el vértigo del rock, la copla, el chotis y los golpes nocturnos y festivos del cabaret. Se trata de una voz con historia, con historias de amor.

Rozalén habla del querer, del por qué te quiero, de ese saber que me dijo que tú eras para mí, de mujeres que son hadas y van todos los días a trabajar, de la magia que es inmortal y existe en un autobús o un supermercado. Habla del amor en los tiempos del sida, de una alegría en común que es más importante que la sangre. Rozalén utiliza con atención los plurales, pone especial cuidado en el compromiso del número dos. Por eso se atreve a dar consejos sobre la seducción, reconoce la cal y la arena. Como lo dulce empalaga y la sal seca, propone buscar con el otro y en el otro una buena combinación.

Estamos en el verano del 2013. Necesitamos responder a la oligarquía financiera que destruye los últimos sueños de la democracia. No dejemos de discutir, hablemos de política y economía. Pero midamos nuestras fuerzas. No olvidemos la música, la poesía, el cine… Necesitamos cultivar la raíz de nuestra insumisión. Yo aconsejo sumarse a la moda de María Rozalén.

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