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La pasión del expresidente de Murcia

Semana Santa, los pasos procesionales escenifican la pasión de Cristo y yo caigo en la cuenta de que, durante todo el año, creyentes y no creyentes, asistimos al desfile de la imaginería política –ellos esculpidos en carne mortal– por las calles, por las radios, por los diarios, por las televisiones. Los representantes públicos, a golpe de corneta, de pínfano, trompa y tambor, nos hacen partícipes de su pasión y se nos pone la piel de gallina al presenciar la escenificación de tanto sufrimiento en su sacrificio por el pueblo. Muy fan.

En las últimas semanas, el vía crucis de Pedro Antonio Sánchez ha sido uno de los pasos más concurridos. El paisanaje ha seguido, asomado al balcón de los medios y movimiento a movimiento, su recorrido hacia la dimisión.

El que firmara un pacto con Ciudadanos para gobernar, acuerdo que incluía la inmediata dimisión de aquel que cayera en el pozo de la imputación, se vio en la tesitura de hacer aquello tan poco propio de la política que acostumbramos a ver, adecuar los hechos a la palabra dada:

"Si al final la Justicia dictaminara una imputación por el 'caso Auditorio', yo dimitiría. Porque cumplo lo que firmo y cumplo mi palabra, y no esperaría que nadie me lo pidiera", dijo Pedro Antonio. yo dimitiría cumplo mi palabra

En aquel tiempo, sonó su afirmación mucho más solemne, pero igualmente cargada de buenos propósitos, que aquella declaración de intenciones de Los Sirex: “Si yo tuviera una escoba, cuantas cosas barrería”. Pero, llegada la hora de la verdad, ni con la susodicha escoba del revés, junto a la puerta de la calle –costumbre que practicaban las abuelas para librarse de las visitas con resistencia a marchar–, había quien desalojara a Pedro Antonio del trono murciano.

A todo esto, en la mitad del camino de Pedro Antonio hacia el calvario, sonaron estruendosas las palabras de José Antonio Martínez-Abarca, asesor de Cultura –ojo al dato– del Gobierno murciano.

Poseído quizás, José Antonio, por el demonio de la tertulia encendida y, viendo que se estaba poniendo en duda el decoro de una escena acaecida en territorio murciano: un dirigente del partido regional de cañas con Pérez Templado, el juez instructor de uno de los casos que afectan a su presidente, se dirigió al contertulio de Podemos, taza en mano, en una versión murciana del fenómeno Grey, 50 sombras sado-oscuras de Martínez- Abarca para exclamar:

“Usted quiere que le estampe esto en la cabeza. Quiere usted eso”.

Y, tras explicar a la audiencia que media Murcia es del PP, hizo Martínez-Abarca a pulso una levantá, de voz, para defender enérgicamente la normalidad del aperitivo cuestionado:

“¡Se puede tomar copas con quien le salga de los huevos, de los huevos. Pero esto qué es!”. quien le salga de los huevos,

Para este momentazo cultureta del asesor cultural vendría muy bien, de nuevo, la banda sonora de Los Sirex con su canción Brindis:

“Por la vieja amistad

a brindar, a brindar

los amigos de ayer

a beber, a beber”

De vuelta al viacrucis y alcanzada la fecha ultimátum de Ciudadanos, llegó la hora. Pedro Antonio, con esas dos causas, Auditorio y Púnica, que le atraviesan como clavos las palmas de las manos, fue empujado al sacrificio injusto, a la dimisión voluntaria– sin pedírselo Génova para amarrar el gobierno de la comunidad, ni nada de eso, malpensado el que lo piense– y lo hizo casi en el último minuto antes de la mocioncica de censura, cual Sergio Ramos.

Después de sufrir tanto martirio mediático, político y judicial, el líder renunció al poderío para sacrificarse por los murcianos –ellos lo hacen todo siempre por los ciudadanos– y tomó, motu proprio, la decisión que con tanto fervor había aplazado.

Pedro Antonio no se fue porque lo hubiera prometido, no por coherencia con su propia declaración, no por responsabilidad política, no, él abandonó el puente de mando para librar a su pueblo del tripartito herético.

Pero, conservando, eso sí, el escaño y la presidencia del partido en la región y dejando su cargo, además, en manos de un apóstol de confianza, López Miras. Pedro Antonio dimitió con la esperanza de la resurrección política.

El de Murcia ha sido el vía crucis más sonado de las últimas semanas, pero no es el primero ni será el último. Esta película la hemos visto mil veces y no es de romanos. La historia trata de la flexibilidad extrema para alterar el contenido de lo declarado, de la laxitud para decir una cosa y hacer otra, de la frescura para prometer algo y no cumplirlo con ese donaire para exigir de los demás una reacción inaplicable en la experiencia propia, seguro que han visto este clásico que se repite una y otra vez, es parte de nuestra tradición, como las torrijas.

Y, tantas veces hemos asistido ya a la pasión de un político en el calvario de tener que dar explicaciones, que nos sabemos el recorrido de memoria, cada arrancada, cada parada, el ritmo con el que los suyos harán bailar a la imagen y el balcón desde el que le cantará una saeta el creyente más fervoroso, al que la voz emocionada le saldrá de… las tripas, que no de aquel otro lugar mencionado por Martínez-Abarca. Dejemos los huevos para la Pascua.

Con lo fácil que sería para estos representantes dejar de improvisar y seguir al pie de la letra su propio guión para dar imagen de coherencia y van y se lo saltan por amor al pueblo… No se puede ser más bueno. Al cielo con ellos. Muy fan

Murcia, una política al estilo siciliano

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