Qué ven mis ojos

No pongas en las manos de las víctimas tu bandera

Quien te defiende y quien te utiliza no pueden ser la misma persona

Dicen los líderes de la izquierda abertzale que piden perdón a las víctimas de ETA y que su sufrimiento "nunca debió ocurrir". El sufrimiento que viene de fuera no ocurre, se causa, y en este caso se sucedió al disparo en la nuca, la bomba-lapa, las matanzas salvajes en hipermercados o casas-cuartel de la Guardia Civil, los secuestros y los zulos; pero también tras la extorsión, el acoso, el cobro del impuesto revolucionario, las dianas pintadas frente a los domicilios de los que muy probablemente iban a ser asesinados e, incluso, el silencio unas veces cobarde y otras cómplice de los que callaban en público y aplaudían en la intimidad.

"Desgraciadamente, el pasado no tiene remedio", dicen desde EH Bildu y Sortu, mientras admiten que nada de lo que se diga puede borrar el calvario de tantas personas a las que se les robó la vida por puro fanatismo, desde la sinrazón y sin piedad, y aluden a tres condiciones básicas para proporcionarles a quienes sufrieron aquella barbarie el lugar que merecen en nuestra sociedad: "respeto, consideración y memoria".  Eso sí, como también parecen poner toda la responsabilidad de la disolución del grupo terrorista en su propia voluntad de dejar de matar, hay que recordarles que eso no es cierto: la banda no declaró la paz, fue derrotada. El Estado de Derecho, en su conjunto, la persiguió, la juzgó, la condenó con la ley en la mano, la encarceló y, como consecuencia de todo ello, la venció. La cara en sombra de esa victoria, sin duda, son los casi cuatrocientos crímenes aún sin resolver, sin autoría probada y, en consecuencia, sin castigo para sus autores.

Dicho eso, desde el PP se han apresurado a clamar, desde varios frentes con peso específico en la formación, que Otegi "se ríe" de aquellos cuyo dolor afirma lamentar, que su declaración es "una broma macabra" y que él mismo es "una lacra para nuestra democracia", que por un lado muestra sus condolencias y por otro "homenajea a criminales como si fuesen héroes". Es difícil no respetar ese punto de vista en lo que se refiere al último punto: no puedes jalear a criminales con una bandera blanca en la mano. Pero respecto a los otros tres, cabe una pregunta: ¿sirven de algo? No hay una sola respuesta para esa cuestión, y es lógico que así sea, porque ante una herida de semejante calibre y que dio lugar a un drama que en su momento desgarró a todas y todos los ciudadanos decentes de nuestro país, fueran cuales fueses sus ideas, y que todavía hoy produce escalofríos recordar, cada cual tiene su modo de indignarse, sus tiempos para el perdón y sus líneas rojas.

Es verdad que, en muchas ocasiones, coincide que quienes pidieron reconciliación y olvido para los verdugos, cómplices y secuaces de la dictadura del funeralísimo,funeralísimo como siempre me gusta recordar que lo bautizó Rafael Alberti, niegan cualquier posibilidad de que eso se haga, de un modo u otro, en el caso de la sanguinaria ETA, lo cual no es más que otra de las contradicciones de la derecha nacional, así que en la calle de Génova y alrededores también se ha recibido como una ofensa que los antiguos compañeros de viaje de los pistoleros hablen ahora de "la defensa del diálogo, la negociación y el acuerdo como método más eficaz y democrático para dirimir y solucionar las diferencias políticas". ¿Cuál es la alternativa? Eso no se dice.

En el fondo del debate que, naturalmente, ha suscitado y lo hará durante mucho tiempo esta declaración de EH Bidu y Sortu, hay dos cuestiones que caracterizan nuestra política, especialmente cuando el Partido Popular está en la oposición. La primera, el lamentable oportunismo con el que se trata de utilizar a las víctimas; la segunda, una estrategia basada en el ataque continuo al Gobierno, en un trabajo de desgaste que no atiende razones y en el cinismo más desvergonzado, que les lleva, por ejemplo, a rasgarse las vestiduras porque sus rivales lleguen a acuerdos con los abertzales o den por buenos sus votos o sus abstenciones a la hora de sacar determinadas iniciativas parlamentarias adelante, cuando ellos han hecho lo mismo cuando lo necesitaron, por ejemplo en Vitoria, donde su entonces líder, el señor Maroto, se mostraba orgulloso de sus negociaciones con Bildu, y recomendaba que "cundiese el ejemplo". 

El terrorismo tiene autores, pero las víctimas no tienen dueño, merecen el homenaje de todas y todos, que se dejen las banderas en casa. Veremos, eso sí, de qué forma las palabras que este lunes pronunciaron los mandamases de EH Bildu y Sortu se transforman en hechos y, entre otras cosas, dejan claro que saben que la resolución de esa tragedia que ellos llaman "el conflicto" no pasa por poner la independencia encima de la mesa y al lado una pistola. Así quedará claro hasta dónde llega su arrepentimiento. A la gente le gustó tanto la novela Patria, de Fernando Aramburu, porque tras dibujar de forma extraordinaria aquel infierno de sangre y fanatismo, al final las dos madres de la obra, la viuda del empresario ajusticiado cobardemente, como tantos otros, por un canalla que se creía un soldado, y la madre del este último, el verdugo que apretó el gatillo, se abrazan al cruzarse por el pueblo en el que viven. Igual hay quienes aún no la han leído. Igual hay quienes sí lo han hecho, pero no se han enterado.

    

La izquierda abertzale siente "enormemente" el sufrimiento de las víctimas de ETA: "Nunca debió ocurrir"

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