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Verso Libre

Las lecciones de la realidad

Luis García Montero

Supongo que una situación como la que vive Madrid servirá para que muchas personas piensen la realidad y cuestionen algunas de las dinámicas en las que se fundan no sólo sus opiniones, sino también sus miedos, su capacidad de indignación y sus sueños. Las consecuencias de la política neoliberal que desde hace años domina la vida madrileña están delante de nuestros ojos en los hospitales, las residencias de ancianos, los transportes públicos, la fragilidad laboral y los juzgados.

La degradación de la sanidad pública en favor de las privatizaciones ha convertido en cartón piedra la dignidad de la atención médica. Cada vez menos profesionales, cada vez menos medios, cada vez menos posibilidades de atender a los enfermos. La pandemia sólo ha evidenciado un mal que lleva años incubándose. Si la sanidad pública se sostiene, aunque sea en condiciones precarias, es por la vocación y el esfuerzo de unos profesionales que están acostumbrados al trato humano con las personas que necesitan ser atendidas.

Difícil es no darse cuenta de que muchos discursos y declaraciones sólo encubren una realidad ideológica: la sanidad pública es para pobres, más que esperar ayuda del Estado, lo que debemos hacer es buscarnos cada uno la vida por nuestra cuenta. Difícil es no comprobar que estas dinámicas van acompañadas de una serie de negocios muy turbios. Los neoliberales no creen en la sanidad y la educación pública. Sólo les interesa el dinero público.

Difícil es no sacar conclusiones al ver que un partido en el Gobierno tuvo que montar una policía paralela y poner en marcha mecanismos graves de corrupción con el fin de tapar las corrupciones económicas de un Gobierno anterior, un Gobierno de los suyos, que funcionó como una asociación para el crimen organizado.

Difícil es no comprender que este tipo de políticas aumentan la brecha entre las zonas ricas y pobres de la ciudad. También es muy difícil no relacionar las corrupciones, las privatizaciones y la falta de inversión en los servicios públicos con el caos vivido en la sanidad madrileña, un caos que sufren a la vez profesionales y enfermos. Y muy difícil parece que no se sienta un escalofrío cuando en medio de la alarmante situación de crisis se afirma que se van a bajar más los impuestos. Es decir, que se renuncia a contratar más profesionales y a dignificar las atenciones. Parece que el patriotismo no tiene que ver con los impuestos. Está bien llevar una bandera en la correa del reloj, la mascarilla o la corbata, pero eso de contribuir con la sociedad española queda fuera de los amores nacionales.

Cuando falta inteligencia, se borra cualquier tipo de pericia política para dar paso a la pura y dura ideología.

Uno no sabe si todas estas lecciones de la realidad serán entendidas por los votantes, por las personas que encuentran cerrados sus ambulatorios o que van al centro en latas de sardinas en vez de en vagones de metro. Van para trabajar, claro, no para asistir a un teatro o tomar una cerveza.

Desde luego supongo que este panorama creará posturas de rechazo. Pero el rechazo es un asunto con el que se juega. Lo que podría ser rechazo ante la degradación neoliberal de la sanidad pública, bien puede convertirse en una denuncia del modo de vida de los inmigrantes. Unos barrios que se levantaron con la llegada de andaluces, extremeños y murcianos pobres son invitados ahora a que odien al moro o al sudaca.

Así que no basta sólo con el rechazo. Para construir el futuro con las lecciones de la realidad hay también que tener una esperanza. El neoliberalismo y la consigna de cada uno a lo suyo han dejado de ser una esperanza social. Es el momento de convertir la política en esperanza, de devolverle al Estado su autoridad. La ilusión política que conquistó la democracia y que puso en marcha algunas transformaciones de la sociedad española en los años 70 y 80 fue desgastándose poco a poco entre desencantos, sectarismos, precariedades laborales y corrupciones. Y la estrategia de los corruptos es divulgar la injustísima consigna de que todos son iguales. No es verdad.

Devolverle al Estado la autoridad democrática que necesita y convertir la política, la decisión política, en una esperanza sería una buena manera de aprender las lecciones de la realidad.

Las palabras saben mucho

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