Verso Libre

El precio de la luz

Luis García Montero nueva.

Nunca ha salido gratis la luz. En su alargado diálogo con el mundo, los seres humanos han pagado siempre un alto precio por ella. Los peligros de la oscuridad y el frío vienen con nosotros desde el principio de los tiempos, hasta el punto de que algunas tribus primitivas convirtieron en divinidades al sol, a la brillante luna y a las estrellas, ya que suelen repartirse de manera regular, aunque no de forma equitativa, los esfuerzos lumínicos del día y la noche.

Puestos a cantar a los dioses y a la luz, el cristianismo convirtió las creencias religiosas en un monopolio, apostando por un solo ser supremo y dejando sin oficio a la animada galería de astros, águilas y dignidades inmortales. La cultura clásica había caído en la tentación de empezar a indagar en las responsabilidades de la razón humana a la hora de buscar la verdad. Pero la iglesia medieval prefirió definir el conocimiento como la verdad revelada de una escritura redactada por el creador.

Tampoco entonces la luz salía gratis. Iba Pablo a caballo camino de Damasco cuando un resplandor en el cielo provocó su caída rotunda, más tajante que cualquier caída de bolsa. Alto precio pagaron los mártires y los sucesivos herejes. En los inicios del humanismo, los filósofos sospecharon que había una trampa en la luz religiosa, que los relámpagos de la divinidad podían dejarnos ciegos, provocando así el apagón y la oscuridad.

La lucha contra las supersticiones volvió a subir el recibo de la luz. Antes y después del siglo de las luces, ese siglo en el que el pensamiento se hizo luz o ilustración, muchos pensadores pagaron un alto precio por el uso de la razón a la hora de combatir fantasmas y milagros (que así se llamaban entonces las realidades virtuales y las falsas noticias). La censura, la cárcel y las hogueras de la inquisición fijaron el precio de la luz en el mercado del conocimiento. Pero el conocimiento se abrió camino y fue posible encender una vez más el fuego que Prometeo había entregado a los seres humanos para resistir en su intemperie. En este caso la energía no era leña natural, sino los valores culturales de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Fue un gran avance…., aunque por desgracia no definitivo. Los plomos tardaron poco en saltar para convertirse en guillotinas y, arreglado después el cortocircuito, la palabra progreso tuvo una gran subida de tensión hasta el extremo de que la ciencia y la tecnología rompieron su contrato social con la dignidad humana. Más que trabajar para la convivencia justa se dedicaron a inventar armas de destrucción masiva, mecanismo de dominio y dinámicas de contaminación. Lo productivo fue un cuchillo de doble filo. En medio de la crisis de 1929, Federico García Lorca escribió en Nueva York: “La luz es sepultada por cadenas y ruidos / en impúdico reto de ciencia sin raíces”. Una vez sometida “al cieno” de los números y los negociantes, el precio de la luz sin raíces subía tanto, tanto, que no aprendimos la lección de la Primera Guerra Mundial. Estalló poco después la Segunda.

La posguerra inició una nueva época en la que el Estado del bienestar intentó llegar a un equilibrio entre los sueldos, los derechos y los recibos. Pero fue una voluntad que no resistió la avaricia de los neoliberales. Frente a la apuesta por cuidar la cultura y la educación, empezaron las élites económicas a invertir en analfabetismo. Se privatizaron empresas públicas, se fomentaron entretenimientos televisivos bajo cero, se costeó el descrédito de la política y la pérdida de autoridad del Estado, se convenció a la ciudadanía de que lo público no es eficaz, se llenaron los titulares de prensa y las pantallas de nuevas supersticiones, se apostó por la ley de la selva, se generaron zonas manipulables de pobreza, se alimentaron identidades supremacistas y se cortaron los lazos de la palabra libertad con sus hermanas energéticas: la igualdad y la fraternidad. Todo eso cuesta mucho dinero, pero acabó siendo una buena inversión para los que quieren tener las manos libres a la hora de defender sus negocios hirientes, excesivos, desproporcionados.

El precio de la luz es hoy inseparable de las inversiones en oscuridad y de lo productivas que acaban siendo las nuevas formas de analfabetismo. Hasta la lila puede convertirse en la mejor flor electoral. No pienso, luego sobrevivo.

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