@cibermonfi

Voté como me dijiste, jefe/a

Acabo de escuchar La Cafetera, el programa radiofónico de Fernando Berlín. Lo he incorporado a mi menú informativo matinal, tras el repaso a cuatro diarios digitales independientes y a mis cuentas en Twitter y Facebook. Lo bueno es que todo esto puedo hacerlo con mi móvil, que tiene un tamaño decente para leer textos no muy largos, y desde cualquier lugar del mundo con acceso a Internet, o sea, casi todos, incluidos los cafetines de Tánger.

Teresa Rodríguez, la líder de Podemos en Andalucía, le ha hecho una reflexión interesante al amigo Berlín. Lo que más le llamó la atención del Comité Federal del PSOE del sábado fue la disputa feroz sobre si la votación debía hacerse a mano alzada o en el secreto de una urna. “Eso denota una cierta enfermedad”, ha concluido Rodríguez.

Lo denota, ciertamente. Los dirigentes del PSOE reunidos en Ferraz nos estaban diciendo que algunos –quizá bastantes– de ellos podían optar por una u otra posición según se fuera o no a conocer su voto. El puesto de trabajo peligraría si el jefe o la jefa de la camarilla veía que tal o cual discrepaba de su línea. Ya no habría en ese caso concejalía, consejería de gobierno autonómico o puesto orgánico en el partido.

El ganapán prima sobre las convicciones políticas y morales, si es que se tienen. Es este uno de los tumores de una democracia excesivamente basada en el partidismo como lo es la española. No es exclusivo de nuestro país y en nuestro país no es exclusivo del PSOE, lo sé. Pero aquí y ahora estamos hablando de este partido.

Quizá porque esté jubilado, y también, sin duda, porque es una persona culta, clara y racional, Josep Borrell ha dicho estos días cosas mucho más serias que la mayoría de sus correligionarios. Lo ha hecho, entre otros lugares, en la SER y en El Intermedio. Cosas como que la crisis del PSOE no empezó con Pedro Sánchez: Rubalcaba ya lideró la madre de todos los castañazos electorales. O como que el motín contra Sánchez ha debido organizarlo un “cabo chusquero” por lo tosco y obsceno que ha sido. O como que PRISA ejerce de juez y parte en las disputas del PSOE porque piensa que ese partido le pertenece.

Los militantes del PSOE eligieron en 1998 a Borrell como su candidato a la presidencia del Gobierno. De inmediato, la Vieja Guardia desencadenó contra él tal campaña de desgaste y desprestigio que no llegó a presentarse a las elecciones. Los felipistas no podían tolerar que entre la militancia hubiera triunfado alguien que no era de los suyos.

En sus entrevistas, Borrell no se ha quedado en la espuma de los días, en esos pormenores que apasionan a tantos gacetilleros y que ni tan siquiera llegarán a ser una nota a pie de página en los libros de Historia. Cosas como si Sánchez se presentará o no a unas primarias que ni tan siquiera han sido convocadas. No, él ha ido al fondo de las cosas. Ha sido uno de los pocos socialistas que lo ha hecho.

Por ejemplo, se pregunta cómo piensa llegar el PSOE al Gobierno algún día si rechaza visceralmente la posibilidad de alcanzar algún tipo de acuerdo con Podemos. La realidad es la que es, y el PSOE no tiene el casi monopolio de la izquierda española del que disfrutó durante décadas. Aun más, tras el espectáculo cainita de estos días, es verosímil que Podemos le adelante en las próximas citas electorales.

¿Por qué se empeña el PSOE en satanizar a Podemos, una formación donde, recuerda Borrell, están muchos de sus hijos? Es una vía estéril: no le ha dado buenos resultados en los dos últimos años. Al contrario, ha proyectado la imagen de un partido poseído por un fenomenal ataque de cuernos porque buena parte de su electorado está saliendo con otro. ¿Se ha preguntado de veras el PSOE por qué tantos de los 11 millones de votos que cosechó ZP en 2004 y 2008 prefieren ahora alternativas más claramente críticas con el sistema? ¿Se cree que con casticismo españolista y motines chusqueros va a volver a seducir a los jóvenes, los progresistas y las clases populares y medias de las ciudades?

Existe la crisis general de la socialdemocracia europea, que de tanto irse a la derecha en aras del pragmatismo, ha terminado por asquear a su electorado de izquierdas. Y dentro de ella existe la crisis específica del PSOE, que se pensó que el 15-M era una chiquillada, que no comprendió que millones de españoles estaban hasta las narices de las imperfecciones e injusticias del régimen surgido de la Transición y deseaban reformarlo a fondo. Que, en los momentos más duros de la crisis, no expresó demasiada empatía por los desahuciados, los despedidos en los ERE, las víctimas de los recortes sanitarios y educativos. Que ofreció una imagen de compadreo con el poder de la que Rubalcaba, como Fouché en la Francia de comienzos del siglo XIX, era la encarnación perfecta. Que dejó políticamente huérfanos a los que terminarían votando a Podemos en cuanto apareció en escena.

Borrell también ha formulado una pregunta vetada por el régimen: ¿puede resolverse de modo pacífico y razonable la crisis planteada por los anhelos soberanistas de tantos catalanes y vascos sin hablar y negociar con ellos? Él es más bien jacobino, pero tiene sentido común.

Me doy cuenta de que a muchos apparatchiks del PSOE estas reflexiones deben producirles dolor de cabeza. Borrell, pensarán, es un intelectual. Ellos y ellas no tienen una alternativa laboral, profesional o vital fuera de la politiquería partidista, en la que desearían jubilarse. Así que lo importante son los cargos, las comisiones, los estatutos, las listas electorales y, sobre todo, que el jefe o la jefa no tenga la menor duda de que en el Comité Federal he votado exactamente lo que se me decía.

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