Carlos León o la extrañeza del mundo

Me alegra que esta llamada Colección de la belleza aparezca en León, lejos de los centros habituales de la edición en España; dirigida, además, por el vallisoletano Gustavo Martín Garzo, lo que garantiza su calidad. Entre los títulos publicados, aparecen libros de Tomás Sánchez Santiago (La belleza de lo pequeño, que me ha servido para entender mejor el microrrelato); del diarista Avelino Fierro; del historiador de la ciencia José Manuel Sánchez Ron; de la poeta y profesora María Ángeles Pérez López; de José María Merino (La belleza de los cuentos, libro que siento no conocer); del poeta Miguel Casado o de Ramón Mayrata, rey de la magia, por solo citar unos pocos nombres entre los treinta y tres que componen la serie. El hecho de que no solo en Barcelona y Madrid se publiquen buenos libros, que en León, o en Palencia —donde nació la veterana Menoscuarto—, aparezcan editoriales de interés, es una buena prueba de una cierta descentralización del sistema editorial. Sería muy sano y provechoso seguir por ese camino.

El caso que hoy me ocupa se debe a los buenos oficios de mi hermana Lola, pintora, que es quien ha puesto en mis manos La belleza del pintar (Eolas, León, 2025), de Carlos León. El título no habla de pintar, sino del pintar; del arte de pintar, precisa. De este artista he visto un par de publicaciones: Abrosyne (2017), un libro de artista, y The Wrong Garden (2024), una recopilación de su obra. Este último le dio título a la exposición que el pasado año pude ver en la galería Albarrán Bourdais, de Madrid. El caso es que me he quedado con ganas de ver más y de poder ojear los catálogos con mayor detenimiento.  

Los buenos pintores no siempre saben explicarse, tampoco hay que exigirles tal cosa, pero —acaso— deberían poder esmerarse en la escritura si se deciden a coger la pluma. Pero, en fin, ni los comisarios ni los gestores de los museos y, si me apuran, ni los críticos de arte, con todas las excepciones que se quiera (dos de las mejores son J.F. Yvars en La Vanguardia, y Ángela Molina en El País), tampoco se valen siempre del lenguaje como debieran. El peor ejemplo es Borja-Villel, cuya prosa, además de farragosa, está tan plagada de anglicismos que produce vergüenza ajena. Aunque también los críticos literarios tenemos lo nuestro…

En este libro, Carlos León ha sabido barajar a la perfección lo reflexivo, el pensamiento, con lo autobiográfico, siempre dentro de la suma discreción

Carlos León, por su parte, tiene muy buena prosa y, en este libro, ha sabido barajar a la perfección lo reflexivo, el pensamiento, con lo autobiográfico, siempre dentro de la suma discreción; así como lo ensayístico, lo lírico y lo narrativo; no en vano, intercala una historia (pp. 88-90); con la fascinación por la naturaleza, el impacto que le han causado los bosques, las plantas (los asfodelos, muy presentes, los cuales adquieren protagonismo en la obra de Lorca), y la creación de un —llamémosle— canon propio, valga por una vez el maleado concepto. No solo como pintor posee un mundo propio, sino también como escritor maneja un fraseo personal, con el que a veces se vale de la anáfora, según ocurre en la tercera parte.

En esa tradición pictórica en la que se inscribe, con muchos nombres y algunas obras concretas, aparecen los calígrafos y pintores clásicos chinos, los componentes de la llamada vía excéntrica; los expresionistas abstractos americanos (Jackson Pollock, Clifford Still, Barnett Newman o Mark Rothko), junto a Francis Bacon (le atribuye a Esquilo una frase — “el olor de la sangre no se me va de los ojos”— que reaparece en Macbeth y en la obra de Javier Marías), Basquiat (“tal vez, el pintor más extraordinario desde los tiempos de Picasso”, p. 34), los maestros del color negro, “mi color inicial es el negro”, confiesa (Pierre Soulages, Motherwell o Ad Reinhard), además de otros pintores como Bob Ryman, Soutine y Philip Guston; o los españoles Velázquez, Picasso, Miró, Millares y Gordillo. Por lo que se refiere a los clásicos, en varias ocasiones cita a Tiziano, su “Carlos V en Mühlberg”, y, sobre todo, “El desollamiento de Marsias”, de Tiziano, cuadro al que alude varias veces, aunque con distintos nombres (se reproduce en el citado catálogo del 2024). En suma, se trata de sus pintores preferidos. De algunos queda en estas páginas patente, pues no se refiere a ellos en una única ocasión, cuando confiesa cómo, en qué momento y por qué lo influyeron (valga lo impreciso del concepto).  

En ese mismo catálogo le rinde homenaje a Perséfone, hasta en cinco cuadros. La Proserpina en la mitología romana, robada por Hades, era la diosa del inframundo. En nuestro libro reaparece en diversas ocasiones (para nuestro pintor, es una de las cuatro iluminaciones, junto a Eleusis, Dionisios y la “escena pintada en lo más profundo de una cueva impregnada de lo sagrado”, p. 118), para representar el renacer de los frutos y las flores de los campos, pero también aparece como la amada con la que espera encontrarse; no en vano, cierra el texto con ella (p. 134). 

Tampoco faltan alusiones a escritores (Hölderlin, Nietzsche, Trakl, Lautreamont, Bataille) o a músicos, como Gesualdo. Carlos León es un pintor tan vital como amante de la cultura, de las artes, en sus diversas dimensiones, así como de la naturaleza en sus distintas expresiones. No en vano, en la conversación con María Marco, que citamos al final, confiesa que sus temas son dos: la carne y el paisaje.  

El libro aparece dividido en cinco capítulos de una dimensión equivalente, cuyos títulos son suficientemente expresivos. Uno de ellos, el del segundo capítulo, se refiere al seudónimo que ha utilizado en alguna ocasión, “El monje Corazón abollado”, que en estas páginas reaparece a menudo.

Las reflexiones sobre la Historia del Arte, el oficio, sobre las palabras, a las que le gusta buscarles las vueltas, y los conceptos, suelen resultar muy atinadas. Al menos, para alguien como yo que disfruta con la pintura, las artes, y ha andado de acá para allá, por el mundo que le ha sido asequible, pero que nunca ha perdido la condición grata de considerase un mero aficionado, un entusiasta de las artes y, en especial, de la pintura.  

La belleza, en sus distintas vertientes, no solo marca toda esta colección de libros, sino que ocupa buena parte del título en el que nos hemos centrado, y aparece y reaparece con frecuencia a lo largo de sus páginas en diferentes contextos. Cuando nos habla de los colores, insiste en su especial querencia por el negro. A este propósito, a María Marco le comenta que tiene una decena de cuadros en negro puro.

Sea como fuere, el libro puede leerse también como una meditatio mortis. El caso es que para entender la obra de un pintor, y de un escritor, es conveniente conocer de dónde viene, cuál es su tradición, que diálogo ha mantenido con los artistas que lo han antecedido y qué papel han desempeñado en su trayectoria artística. Carlos León nació en 1948 y, antes de instalarse definitivamente en España, vivió en París y Nueva York. Y en esas ciudades, viendo las obras de los grandes clásicos y de los mejores contemporáneos, fue forjándose su visión del mundo, comprendiendo la forma en que la mano debía recorrer el lienzo. 

En un momento dado, su estado salud parece empujarlo a hacer un balance: “Hasta aquí hemos llegado (…) Y confieso que el precio ha sido alto. A menudo, muy alto. Y qué alto volé también, y fui dichoso, construyendo momentos que quedaron convertidos en pintura” (p. 85). Quizás haya logrado en sus obras la fosforescencia de las luciérnagas, valga la expresión que él mismo utiliza. Por lo demás, se declara librepensador, acaso lo único honesto que se puede ser hoy. 

P.S. Para un mejor conocimiento de las ideas del pintor, les aconsejo que lean la entrevista que le hizo María Marco en El Cultural, 1/XI/2025, pp. 26-29, a la que nos hemos referido en un par de ocasiones.

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Fernando Valls es catedrático de Literatura española y crítico literario.

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