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Carmen Chacón: una ausencia que se agranda

Pilar Alegría

El 9 de abril de 2018 se cumple un año de la muerte de mi amiga Carmen Chacón. Es uno de esos días amargos que ves plasmado en el calendario y que solo deseas olvidar, porque no acabas de entender que ya haya pasado un año: ¡Cuánto tiempo ya sin ella!

Pero, junto al dolor, también te viene una sonrisa. La que te provoca inevitablemente recordar a esa mujer fuerte y sensible, sonriente, esa amiga divertida y bailarina, esa madre feliz. Una mujer que afrontaba la vida con entusiasmo y te animaba a encarar los problemas con mirada franca y decidida.

Este aniversario triste me obliga a recordar cuándo empecé a conocer de verdad a Carmen. Por supuesto, sabía de ella desde el inicio de su carrera política en Cataluña y su llegada como diputada al Congreso con menos de treinta años (siempre hizo todo muy rápido, como si supiera que su tiempo era más limitado que el del resto). Coincidí con ella en el Parlamento y sobre todo en la Ejecutiva Federal del PSOE, ya que en las reuniones de los lunes por la mañana ocupábamos sitios muy próximos. Fue allí cuando comenzamos a hablar de vez en cuando.

Sin embargo, la mujer de la que guardo un recuerdo imborrable no la empecé a conocer hasta el día en que anunció que no se presentaba a las primarias de nuestro partido a finales de 2011. Antes de bajar a la sala de prensa donde iba a anunciarlo, nos dimos un abrazo. Sin apenas cruzar palabra, ambas descubrimos en la emoción de aquel instante una amistad profunda que cultivaríamos durante los años siguientes. Me acuerdo a menudo de aquel día y de lo que significó para mí.

Carmen Chacón era una mujer de principios, seria, generosa y vital. Lo demostró sobradamente a su paso por el Gobierno, donde dio una lección de coraje y valentía al aceptar la cartera de Defensa. Era la primera mujer en ocuparse de la dirección del Ejército en España. Y estaba embarazada. Y tenía una cardiopatía congénita.

Mis mejores recuerdos de Carmen pertenecen, no obstante, a un ámbito más personal. Tuve la suerte de poder conocer y acceder a su vida menos conocida, la que casi siempre quedaba oculta por el brillo del personaje público. Disfruté de sus risas y de su conversación muchas noches alrededor de la mesa de su salón. A menudo miro esa bonita foto que me acompaña, esa foto en la que brindamos con nuestros margaritas el equipo de las cinco. Teníamos planes, nos íbamos a ir de vacaciones, queríamos compartir más tiempo juntas. Pero ya no puede ser.

Cuando, tras aceptar la invitación de infoLibre, me he puesto a escribir este artículo en su recuerdo, todos esos sentimientos y vivencias se me agolpan de nuevo. Todo eso quedará entre nosotras, aunque sí me sirve para poder afirmar con absoluta seguridad que Carmen Chacón era una persona de una sola cara. Porque fue su carácter vitalista, incansable y proactivo el que dio soporte a esa gran política que resultó ser. Una mujer que rompió barreras, techos de cristal, esa mujer hecha a sí misma a base de tenacidad y mucho trabajo. Nunca se le regaló nada.

Ella sabía que la vida era algo precioso y delicado y que por eso urgía dedicarla a mejorar el mundo. Huyó de conveniencias y cálculos y puso todo su esfuerzo en los objetivos por los que valía la pena comprometerse y luchar. Por ejemplo, en las políticas de igualdad para la mujer, donde ha dejado una impronta imborrable. O en la idea de una Cataluña en España y esa España con Cataluña, que defendió a capa y espada frente a la tibieza o el silencio de otros.

Ha pasado solo un año y su ausencia se agranda en la política española, porque hoy son más necesarias que nunca personas de su talla y de su valía: valientes, fuertes, convencidas, de sólidas creencias, defensoras del diálogo y del compromiso con lo público. Capaces de decir, argumentar y defender los valores esenciales sobre los que se asienta nuestra convivencia y nuestra democracia. A estas personas se las llama hombres o mujeres de Estado. Carmen lo era sin ninguna duda, una política con mayúsculas de la que siempre aprendías y a la que no podías dejar de admirar.

Lo que nos queda de su ejemplo, sobre todo, es que Carmen nunca se dejó llevar por los lamentos ni se rindió por los obstáculos que se le presentaban en el camino. Siempre miró hacia adelante para no dejar de ser eficaz ni un solo día en la lucha por la justicia social, tal como le habían enseñado en casa.

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No es un día fácil para mí. Es verdad que nos queda, me queda, su legado político y su ejemplo personal.  Su forma de ser honesta, divertida, amiga de sus amigas, buena, brillante... Pero no por ello dejará de ser el 9 de abril un día triste. Hace unos días leía una entrevista que le hacían a su hermana Mireia, en la que decía que a Carmen se le rompió el corazón de tanto usarlo. Y yo añadiría, si ella me lo permite: y de tanto compartirlo.

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Pilar Alegría es consejera de Innovación, Investigación y Universidad del Gobierno de Aragón

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