Cuando la economía campa por sus respetos

Guillermo Meijón

Llevamos ya demasiados años viviendo bajo los postulados del mercado según los principios de la economía neoliberal. Un modelo económico que se vio corregido y aumentado por mor de la apertura de los mercados nacionales a la globalización.

Este modelo basado en el consumo como único motor de crecimiento de la riqueza provocó y sigue provocando una enorme brecha socioeconómica entre ganadores y perdedores del sistema, muy pocos los primeros, muchos los segundos. Para tomar razón de este hecho, bastará con observar las concentraciones de riqueza en nuestro país y en el mundo.

El Laboratorio de Desigualdad Mundial (World Inequality Lab), coordinado entre otros por el conocido economista Thomas Picketty, en su último informe con datos del año 2022, indica que el 10% más rico de la población de España posee el 57,6% de la riqueza total, mientras que el 50% más pobre posee el 6,7% de la riqueza. A  nivel mundial señala que el 10% más rico del mundo posee el 75,6% de la riqueza total de los hogares, mientras que el 50% más pobre apenas llega al 2%.

Lo cierto es que los excedentes de riqueza se utilizan para generar más riqueza, pero para los mismos de siempre

Si le damos un vistazo al informe de Oxfam de este año titulado “La ley del más rico”, el panorama no puede ser más desolador: «Desde 2020, con la pandemia y la crisis del coste de la vida, el 1% más rico acaparó 26 billones de dólares (el 63% de la nueva riqueza generada), mientras que tan solo 16 billones de dólares (el 37 %) llegaban al resto de la población mundial. Por cada dólar de nueva riqueza global que percibe una persona perteneciente al 90% más pobre de la humanidad, un milmillonario se embolsa 1,7 millones de dólares».

Los defensores del modelo neoliberal siempre han argumentado que las riquezas acumuladas por los beneficiados por el sistema sirven para alimentar medidas de compensación para la mayoría perjudicada, pero los resultados hablan por sí solos, tal compensación nunca se ha producido. Lo cierto es que los excedentes de riqueza se utilizan para generar más riqueza, pero para los mismos de siempre. Por no decir que, cuando hablan de compensación, parecieran pronunciar limosna o caridad, pero no justicia.

Reducir la brecha de desigualdad existente en nuestra sociedad debiera ser el gran reto político de cualquier gobierno. En la pasada legislatura se aprobaron medidas que pareciera iban en el sentido correcto. Impuestos a las grandes fortunas, a las grandes energéticas y a la banca con el fin de que beneficios extraordinarios pudieran contribuir a potenciar nuestro Estado de Bienestar y a una redistribución más justa de la riqueza.

Unas medidas que habrá quienes tilden de escasa y poco ambiciosa, pero que cualitativamente evidenciaron un gran avance en la buena dirección. Sin embargo, dichas iniciativas contaron con la airada oposición de las fuerzas políticas conservadoras de derecha y ultraderecha, habiendo admitido a trámite el Tribunal Constitucional (TC) los recursos de Vox contra estas leyes, así como los presentados por los gobiernos del Partido Popular de Galicia, Madrid y Andalucía.

Elevar al TC esta propuesta es la mejor muestra de reconocimiento de que los grandes poderes económicos tienen, permítanme significarlo así, secuestrada a nuestra democracia o a una parte importante de ella, negándose a cualquier acción que pueda contribuir a una mayor justicia social.

No puede calificarse de plena una democracia si la economía escapa a su control. El control democrático de la economía constituye un principio indispensable de toda democracia plena y saludable. Un principio que en ningún caso debe responder a criterios de derechas o izquierdas, sino que precisa ser entendido como inherente a la democracia misma.

Es fácil constatar cómo sectores numerosos de nuestra sociedad entienden que la política va por un lado mientras la vida va por otro. Una sensación de abandono y de invisibilidad ante la clase política que constituye el mejor caldo de cultivo para el fomento de la desafección, el fuerte incremento de la polarización y, por ende, para el deterioro de la vida pública y de la democracia. 

El poder económico no debiera, en ningún caso, campar por encima de una sociedad democrática. La reducción de la brecha socioeconómica no debiera ser el principal objetivo de unos o de otros, sino el objetivo prioritario del conjunto de fuerzas que conforman el arco parlamentario. Lo contrario amplifica la percepción, cada vez más acusada, de que el sistema está perfectamente diseñado para que unos pocos ganen –siempre– y otros muchos pierdan –siempre–.

Que la derecha y el centroderecha encarnadas en el Partido Popular se arrimen por mero tacticismo, malo, o porque realmente estén de acuerdo, mucho peor, a los postulados de la ultraderecha, no deja de ser una muy mala noticia.

Pero también desde la izquierda debemos reflexionar y realizar una autocrítica rigurosa. Asaltar los cielos suena muy bien salvo si se comprueba que solo queda como una afortunada frase. Las divisiones y el afán de protagonismo, centrarnos en lo accesorio abandonando lo esencial, ahondar en nuestras diferencias y no consolidar los objetivos comunes no puede ser la senda por la que transitemos.

Precisamos análisis independientes, transparentes y rigurosos que evalúen el alcance de nuestras políticas. De los titulares efectistas, de los «clikbaits», hemos de pasar a la construcción de relatos fidedignos, sinceros y convincentes basados en hechos demostrables y en objetivos compartidos, impulsar nuestro Estado de Bienestar y la redistribución justa de la riqueza. Es nuestra responsabilidad y nuestro compromiso, así como el de poner en su sitio a unos poderes económicos que, repitámoslo, deben dejar de campar por sus respetos y someterse al control democrático.

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Guillermo Meijón es exdiputado del PSOE en el Congreso.

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