Miguel Ruiz Díaz-Reixa

Hace varias semanas acompañé a Miguelito a servicios sociales porque tenía miedo de que no le atendieran. Al día siguiente tenía un desahucio y no quería quedarse en la calle. Llegamos a primera hora y esperamos un buen rato porque la trabajadora social estaba desayunando o, al menos, eso fue lo que nos dijo la recepcionista. Mientras esperábamos, hablamos con las personas que llegaban, algunas conocidas del barrio, y otras recién llegadas a aquel nuevo mundo. Hablaban de sus vidas, de sus países de origen, de cuándo llegaron, de cómo hablar con la trabajadora social, y se reían recreando aquel desayuno que no acababa. 

Era mi primera vez en aquel centro de servicios sociales de Hospitalet de Llobregat, y la sala de espera me tenía absorto. Era un cuarto pequeño, escondido del pasillo por el que entraban y salían las trabajadoras sociales, en un semisótano por el que entraba una bonita luz de invierno. Las paredes amarillas y pálidas estaban pintadas de arriba a abajo con lápices de colores. Los y las autoras de aquellos garabatos, entre los que destacaba un sol amarillo, un corazón roto rojo, y un claro FUCK U azul, parecían ser los niños y las niñas que, resignados, tenían que esperar a que sus familias resolvieran lo que las había llevado hasta allí. 

Me los imaginaba subiéndose a la mesa, a las sillas y a los muretes para pintar cada vez más alto, mientras los adultos esperaban y las trabajadoras sociales no se atrevían a decir nada. Porque, ¿cómo decirle a un niño o una niña que deje de pintar, si no tienes nada más que ofrecerle que tres noches en un albergue de mala muerte cuando pierdan su casa?

Llegó la trabajadora social y se dispuso a atender a Miguelito, pero cuando quisimos entrar con él a la sala, nos dijo que tenía que hablarlo con la directora. A los pocos minutos la directora se acercó a nosotros visiblemente cabreada y nos comunicó que no podíamos entrar. Protesté, pero repetía que eran las normas del centro, que las personas usuarias debían entrar solas y que tenía asuntos más urgentes que atender. Como abogado, pensé que era ilegal y que no debían tenerlo recogido por escrito. Luego pensé que era normal: hay cosas que no pueden decirse con testigos delante

¿Cómo decirle a un niño o una niña que deje de pintar, si no tienes nada más que ofrecerle que tres noches en un albergue de mala muerte cuando pierdan su casa?

Miguelito salió de la sala optimista, siempre lo hace, incluso cuando casi muere por el Covid, o cuando fue consciente de que no podría volver a trabajar de lampista por las secuelas persistentes. La realidad es que solo había conseguido un informe de vulnerabilidad. En el caso de que al día siguiente lo desalojaran de su casa, junto a su mujer y el hijo de esta, los servicios sociales no le podían ofrecer ninguna alternativa. 

Afortunadamente, aquel informe de vulnerabilidad, junto al escrito que la abogada de oficio presentó ante el Juzgado, consiguió suspender el desahucio de Miguelito. Después de unos meses quizás vuelva a tener una nueva fecha programada para el desalojo. Será entonces el turno de regresar a aquella sala a esperar, a ver si, por casualidad, de pronto hay alguna alternativa, alguna solución. 

Durante semanas mi imaginación ha vuelto a esa sala de espera, con la sensación de que, entre aquellos garabatos infantiles, podía esconderse algún mensaje escrito en tiza en la pared. Hasta que entendí que, como casi todo, solo era una metáfora de estos tiempos extraños que nos ha tocado vivir

Como dicen mis compañeras de la Red Global de Abogades de Movimientos Sociales, ahora mismo en el mundo solo hay dos formas de gobernar la crisis del sistema capitalista: la versión autoritaria que responde a la crisis a través de la represión, o los gobiernos moderados que gestionan la misma de forma social. O, mejor dicho, como en servicios sociales: con normas no escritas, con listas de espera, sin poder impugnar el reparto desigual de la riqueza, con insuficiencia de recursos, y con niños y niñas que, a la espera de una solución real que transforme sus vidas, pintan con garabatos las paredes y muros digitales con soles amarillos, corazones rojos rotos, y un claro FUCK U azul.

¿Ustedes también ven de entre los garabatos una especie de casa o de elefante que se repite? A mí me parecen los velos, las kufiyas, y las capuchas coloridas de una generación de niños y niñas que hoy sufren el autoritarismo y la gestión social de una crisis estructural, y que mañana formarán una fuerza democrática y revolucionaria que dirá alto y claro FUCK U.

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Miguel Ruiz Díaz-Reixa es abogado y técnico de Vivienda y Ciudad del Observatorio DESCA y miembro de la Red Global de Abogadxs de Movimientos Sociales. 

Miguel Ruiz Díaz-Reixa

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