Que pidan perdón

Francisco Rodríguez Consuegra

Desde el inicio de la guerra de Ucrania ha habido personas que han “comprendido”, justificado, e incluso defendido a Putin, el psicópata más peligroso y el más cruel asesino en serie desde Hitler y Stalin. Tras siete meses de las mayores atrocidades contra civiles desde el Holocausto, y en vista de que el empecinamiento del dictador en destruir y matar no se detiene sino que aumenta con una gran movilización, ha llegado el momento de que esas personas rectifiquen y pidan perdón. Ya no hay excusa posible.

Sí, que pidan perdón quienes sostenían que no había que enviar armas a Ucrania, para no alargar la guerra, aunque ello implicara dejar morir a los ucranianos que deseaban defenderse, pero nunca denunciaron los envíos de armas a Rusia, ni exigieron a Putin detener la invasión.

Y quienes rechazaban las sanciones a Rusia, alegando que el pueblo ruso sufriría, especialmente los niños, pero jamás han denunciado el sufrimiento real de los ucranianos, ni de los doce millones de refugiados, ni de los más de mil niños ucranianos asesinados o malheridos por Putin.

Y quienes se burlaban del presidente Zelenski, previendo que escaparía como una rata en cuanto los rusos se acercaran, pero ahora callan ante su férrea resistencia y la del sufrido pueblo ucraniano, cuando arriesgan sus vidas para no caer en manos de la dictadura rusa.

Y quienes decían que las armas de Occidente irían a parar a bandas nazis, con las que cometerían atentados en Europa, pero ahora se esconden en sus cavernas para no admitir su error, vistos los resultados logrados con esa ayuda militar.

Y quienes aseguraban que las sanciones infringirían graves daños al pobre pueblo ruso, pero ahora callan ante la destrucción y la muerte que siembra Putin en Ucrania, especialmente contra civiles, y ante los cientos de miles de ucranianos deportados forzosos a Rusia y diseminados por regiones apartadas y deprimidas.

Y quienes afirmaban que Putin no es el culpable último de la guerra, sino los EEUU, la OTAN y Zelenski, pero silenciaban el afán imperialista de Putin, olvidando el tratado de Budapest de 1994, y callando sobre los antecedentes expansionistas en Transnistria, Chechenia y Georgia.

Y quienes agitaban el espantajo del “batallón de Azov”, que cometía supuestos crímenes contra los habitantes del Donbás, pero permanecen mudos ante los miles de crímenes de guerra cometidos por Putin en Ucrania, muchos ya acreditados por organizaciones internacionales neutrales.

Y quienes tanto se preocupaban por el sufrimiento que la guerra causaría al pueblo ruso, pero no han dicho ni una sola palabra ante el secuestro de más de mil niños ucranianos, separados de sus familias y dados en adopción ilegal a familias rusas.

Y quienes avisaban de las atrocidades que Ucrania cometería contra los separatistas prorrusos, pero se ponen de perfil ante el modo en que Putin utiliza sistemáticamente la tortura, la violación, el saqueo, el robo de grano y el chantaje nuclear como armas de guerra.

Y quienes se rasgaban las vestiduras denunciando que en Ucrania existían grupos de patriotas de extrema derecha combatiendo, y ahora no se inmutan ante las fechorías del grupo ruso Wagner, reconocidos mercenarios de inspiración neonazi, y cierran ojos y oídos ante los “fichajes” del líder del grupo en las cárceles rusas, donde liberan sobre todo a los asesinos, para que maten ucranianos.

Y quienes dicen que Ucrania debe rendirse, a fin de parar la guerra, en nombre de un pacifismo fariseo, aunque sea al precio de ceder territorios, como si los territorios no contuvieran millones de ciudadanos, aterrorizados de caer en manos rusas, en vista de las atrocidades que están teniendo lugar.

Dicen que Ucrania debe rendirse, a fin de parar la guerra, en nombre de un pacifismo fariseo, aunque sea al precio de ceder territorios

Y quienes continúan sosteniendo, contra la masiva evidencia en contra, que las sanciones contra Rusia no están surtiendo efecto. Piden detenerlas y dicen defender la paz a cualquier precio, pero no parece importarles el destino de Ucrania en ese caso, por negro que sea.

Y quienes señalaban al Partido Comunista de Rusia como parte de la oposición a Putin, y ahora no denuncian la intervención de su líder en la Duma, exigiendo a Putin que se deje de operación especial militar y vaya a la guerra total contra Ucrania, incluida la movilización general.

Y quienes callaron cuando se descubrieron las atrocidades en la zona de Kiev, tras la liberación, en Bucha, Irpin, etc., con fosas comunes de cadáveres maniatados, y continúan callando al aparecer lo mismo en Izium (Járkov), con múltiples testimonios de torturas y saqueos sistemáticos.

Finalmente, que pidan perdón quienes aseguraban que los ucranianos prohibían hablar ruso en el Donbás, lo que se ha demostrado falso, pero guardan ahora un clamoroso silencio sobre la forma en que Putin está destruyendo la lengua y la cultura ucranianas en los territorios ocupados. Queman libros en ucraniano, secuestran docenas de maestros ucranianos, ya desaparecidos o en cárceles rusas, reemplazan los currículos ucranianos por rusos, y envían maestros rusos con la orden de llevar a cabo un auténtico genocidio cultural. Sí, que pidan perdón. Que lo hagan públicamente. Que usen sus partidos y sus medios para ello. Y ¿ante quién deben pedir perdón? Ante el pueblo ucraniano, ante sus niños, mujeres y hombres, y ante las familias de los al menos nueve mil soldados ucranianos muertos defendiendo su pueblo, su tierra y su libertad.

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Francisco Rodríguez Consuegra es catedrático retirado de Lógica y Filosofía de la Ciencia

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