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28A | Análisis de resultados

El empate infinito en el voto de las dos Españas se acentúa con el entierro del bipartidismo

Primeros votantes del colegio público Pinar del Rey de Madrid el pasado domingo 28 de abril.

El bipartidismo ha muerto. La división ideológica sobre el eje izquierda-derecha, en cambio, está más viva que nunca. El electorado se reparte de forma casi homogénea a uno y otro lado del centro ideológico. No siempre ha sido así: hasta en cinco ocasiones (1982, 1986, 1989, 1993 y 2004), la diferencia entre el apoyo electoral a los partidos de izquierdas y de derechas ha superado los 10 puntos, siempre a favor de las opciones progresistas, dominantes a lo largo del ciclo democrático.

Ahora el empate entre las dos Españas electorales tiende a la simetría total. Ha ocurrido así tanto en 2016 como en 2019. Media España vota izquierda; la otra media, derecha. Y un dato especialmente llamativo: jamás ha habido tanto voto a opciones conservadoras de ámbito estatal como en las generales del 28 de abril, las últimas celebradas, en las que la derecha sufrió el castigo de una fragmentación que hasta entonces había erosionado más la representación parlamentaria de la izquierda.

infoLibre ha repasado los resultados de las elecciones al Congreso de los Diputados desde 1977 hasta 2019, observando la evolución del voto a opciones de izquierda y derecha de ámbito estatal [ver nota metodológica al final del texto, bajo el título Inclasificables, residuales, nacionalistas...]. En total, han sido 14 citas con las urnas. En 11 de ellas el bloque progresista ha sido el más votado.

  Bipartidismo no, simetría sí

Resalta cómo el ocaso del bipartidismo coincide con una agudización del fenómeno de la simetría entre bloques. Las elecciones de 2011, las que ganó Mariano Rajoy con mayoría absoluta, son las últimas en las que puede hablarse de bipartidismo. Entre el PP y el PSOE sumaron el 73,39% del voto. El PP se hizo con un 44,63%; el PSOE, que había dejado atrás sus buenos tiempos, con un 28,76%. Desde entonces han caído entre ambos 28,01 puntos, prácticamente todos ellos imputables al PP, que sólo ha sumado el 16,7% en las últimas elecciones. Los socialistas, en cambio, han remontado tras tocar suelo en 2015 y después en 2016 y actualmente están en un 28,6%. En paralelo han surgido nuevos partidos como Podemos, Ciudadanos y ahora Vox, todos ellos con significativo apoyo parlamentario.

En 2015 el apoyo a PP y PSOE se quedó en el 50,71%; en 2016, con la repetición electoral tras el fracaso de la investidura de Pedro Sánchez y la apelación al voto útil de Rajoy, subió al 55,64%. En estas últimas elecciones, fruto del derrumbamiento del PP, el porcentaje de PP y PSOE no ha alcanzado el 50%, quedándose en el 45,38%.

Con Ciudadanos consolidado en el centro, la irrupción de la ultraderecha y un grupo a la izquierda del PSOE que mantiene 42 diputados incluso en horas bajas y enfrentándose a una eficaz campaña de apoyo al voto útil, puede hablarse ya con toda propiedad de una ruptura del viejo tablero bipartidista. Pero esta ruptura no ha decantado ideológicamente la balanza del voto ni hacia la izquierda ni hacia la derecha.

Las diferencias entre los bloques en los últimos cuatro años, coincidiendo con el ocaso del bipartidismo, son escasas.

Elecciones de 2015:

– Voto y porcentaje de partidos estatales de derechas: 10.866.566 votos, 45,25% del total.

– Voto y porcentaje de partidos estatales de izquierdas: 12.140.185 votos, 48,52%.

– Diferencia a favor de la izquierda: 1.330.578 votos, 5,32 puntos.

Elecciones de 2016:

– Voto y porcentaje de partidos estatales de derechas: 11.129.988 votos, 46,62% del total.

– Voto y porcentaje de partidos estatales de izquierdas: 10.920.240 votos, 45,74%.

– Diferencia a favor de la derecha: 209.748 votos, 0,88 puntos.

Elecciones de 2019:

– Voto y porcentaje de partidos estatales de derechas: 11.276.920 votos, 43,56% del total.

– Voto y porcentaje de partidos estatales de izquierdas: 11.616.664 votos, 44,88%.

– Diferencia a favor de la izquierda: 339.744 votos, 1,32 puntos.

  De la Transición a la crisis

La tendencia hacia el empate técnico es anterior al colapso del bipartidismo. En 2011 la derecha obtuvo 10.866.566 votos, el 45,25%; la izquierda, 10.151.668 votos, el 42,27%. La diferencia fue de 714.898 votos y sólo 2,98 puntos. Lo llamativo es que la ruptura del tablero político tradicional no sólo no ha acabado por inclinar la balanza, sino todo lo contrario. Las fuerzas se han equilibrado aún más. Las diferencias de 2016 (+1,32 a favor de la derecha) y 2019 (+0,88) son las menores en unas generales desde la recuperación de la democracia, sólo por detrás del empate casi absoluto de 1977.

Las primeras elecciones generales de la Transición, antes incluso de la aprobación de la Constitución, arrojaron el resultado más igualado. Las opciones de izquierdas obtuvieron 8.272.783 votos, el 45,26%, mientras las de derechas se quedaron en 8.209.128, un 44,91%. La diferencia fue sólo de 63.655 papeletas y 0,65 puntos. Nunca ha habido tanta igualdad. Ahora estamos otra vez casi en ese punto.

La extrema igualdad coincide precisamente con la atomización de la oferta electoral y un clima de convulsión política, vinculado a la crisis del modelo territorial y el procés. El hecho de que los periodos de máxima igualdad entre izquierda y derecha coincidan con la Transición –en 1979 la diferencia fue sólo de 1,74 puntos– y con la crisis económica –periodo de resultados parejos a partir de 2011– indica que la simetría es un fenómeno que, al menos hasta ahora en el caso español, se produce en contextos convulsos.

  Hegemonía felipista

Durante toda la fase de lo que podríamos llamar expansión económica y consolidación democrática, las diferencias han sido mayores. En 1982, con la primera victoria electoral de Felipe González, con mayoría absoluta, se produjo el mayor vapuleo electoral de un bloque ideológico al otro, tanto en diferencia de votos como en porcentaje. La izquierda obtuvo 3,6 millones de votos más que la derecha, 17,22 puntos más sobre el total de papeletas a los distintos candidatos (es decir, sin contar voto blanco ni nulo).

Las diferencias siguieron siendo notables, siempre a favor de la izquierda, en los tres siguientes comicios, saldados con dos mayorías absolutas (1986 y 1989) y una mayoría simple (1993) de Felipe González.

– 1986: 2,8 millones de votos de diferencia y 14,3 puntos más.

– 1989: 3,3 millones y 16,58 puntos.

– 1993: 3,01 millones y 12,89 puntos.

Esta hegemonía izquierdista no duraría siempre.

  Primera mayoría derechista

En 1996 no se produjo un vuelco ideológico. En lo que respecta a los partidos de ámbito estatal, la izquierda volvió a ganar a la derecha: 12.127.141 votos (48,89%) a 9.760.777 (39,35%). ¿Qué pasó entonces para que José María Aznar se hiciera con el poder? El PP concentró prácticamente todo el voto derechista: 9.716.006. En el campo conservador, sólo Unión Centrista logró más de 30.000 votos (44.771). Esto le permitió al PP adelantar al PSOE, que obtuvo 9.425.678 papeletas. Izquierda Unida, que recogió votantes cabreados por la corrupción del PSOE, alcanzó su mejor resultado histórico: 2.639.774 votos, el 10,54%, y 21 diputados (ojo, la mitad de los que tiene ahora Unidas Podemos). A pesar de que la candidatura liderada entonces por Julio Anguita sufrió el castigo de la ley electoral, el bloque progresista de ámbito estatal dominó no sólo en votos (2,3 millones más), sino también escaños (162 de PSOE-IU frente a 141 del PP). Pero había otro factor, que empezó a ser determinante aquel 1996 y ya casi siempre lo ha sido ya hasta ahora: los partidos nacionalistas. Esos inclinaron la balanza a favor de Aznar.

 

El candidato del PP logró el apoyo a su investidura de CiU (16 escaños), PNV (5) y Coalición Canaria (4). Total: 181 diputados. Le sobraron 6. Se inauguraba así la etapa de poder de la derecha democrática en España sin que hubiera logrado acumular más votos como bloque electoral. Sí que lo consiguió cuatro años después. Aznar salió reforzado de su primera legislatura y en 2000, con Joaquín Almunia como candidato del PSOE, el PP cosechó la ansiada mayoría absoluta. Fue la primera vez en que el bloque conservador superó en votos al progresista: 10.393.340 (45,56%) a 9.371.991 (41,08%). Y decir "bloque conservador" es en realidad decir PP, porque únicamente el GIL (de Jesús Gil) obtuvo más de 30.000 votos de entre los partidos estatales de derechas. La diferencia a favor de la derecha fue de 1,02 millones de votos y 4,48 puntos. Nunca el bloque progresista ha obtenido un porcentaje menor del voto, un 41,08%.

  Las últimas tundas electorales

Las elecciones de 2004, celebradas bajo la conmoción de los atentados del 11M y la ocultación de información sobre su autoría por parte del Gobierno del PP, supuso una vuelta a la mayoría de los partidos progresistas de ámbito estatal. El voto de izquierdas, muy concentrado en el PSOE, alcanzó la cifra de 12.347.743 (48,45%). Fue el máximo histórico de la izquierda en voto (no en porcentaje, que fue en 1982, con el 53,39%). En 2004, con José Luis Rodríguez Zapatero concentrando la gran mayoría del voto de rechazo al PP, el bloque progresista sacó al conservador 2,55 millones de papeletas y 10 puntos. Ya no ha vuelto a haber una diferencia tan amplia.

Similar tunda electoral, aunque algo menor, se produjo en 2008, cuando Zapatero revalidó mandato y Rajoy fracasó por segunda vez. Ahí la diferencia entre bloques fue de 2,38 millones de votos y 9,27 puntos.

  De Zapatero a Rajoy

La crisis se llevó por delante la mayoría del bloque de izquierdas. Y de qué manera. En las elecciones de 2011, después de que Zapatero empezara a hacer recortes tras haber negado obstinadamente la crisis, el PP obtuvo la mayoría absoluta subido a la segunda victoria electoral del bloque de la derecha –fuertemente cohesionado en torno al PP– frente al de la izquierda: 10.866.566 votos (45,25%) frente a 10.151.668 (42,27%). El margen fue de 714.898 y 2,98 puntos.

A partir de entonces han llegado las peores consecuencias sociales de la crisis, los recortes, los cuatro años de mayoría absoluta del PP, el surgimiento de Podemos, después el auge de Ciudadanos, la aparición de Vox... En 2015 el bloque más votado fue el progresista (1,3 millones de votos más y 5,32 puntos de diferencia), si bien se produjo una situación de bloqueo que derivó en una repetición electoral. Ahí, por tercera y última vez hasta la fecha, obtuvieron más votos los partidos estatales de ideología conservadora, concretamente 209.748 papeletas más (0,88 puntos).

  Un récord sin premio

Rajoy logró formar gobierno gracias a la abstención del PSOE tras la dimisión de Pedro Sánchez, derrotado en el comité federal socialista. Aunque entonces pudo parecerlo, aquello no fue el fin de Sánchez, como es sabido. Logró recuperar la secretaría general en unas primarias en 2017 y un año después se aupó a la presidencia gracias a una moción de censura apoyada por Unidos Podemos y los partidos nacionalistas. Entre ellos estaban ERC y PDeCAT, que defienden –cierto que ya sin plasmación práctica– un proyecto independentista unilateral que hacía difícil la estabilidad del gobierno salido de la moción. Finalmente, tras fracasar en su intento de sacar adelante los presupuestos, Sánchez convocó elecciones, que se celebraron el 28 de abril. Y los españoles distribuyeron su voto de forma casi homogénea a uno y otro lado del eje de ordenadas.

Los partidos progresistas de ámbito estatal, con el PSOE a la cabeza, obtuvieron en las elecciones del pasado domingo 11.616.664 votos, un 44,88%. Los conservadores, 11.276.920 papeletas, un 43,56%. Es curioso. Nunca el bloque de partidos estatales de ideología conservadora ha obtenido mayor número de votos. La cifra de 11.276.920 supone un máximo histórico. Pero la dispersión del electorado en tres candidaturas diferentes ha dejado su representación en 147. El voto progresista de ámbito estatal, en cambio, se ha concentrado en torno a dos candidaturas: el PSOE y Unidas Podemos-En Comú Podem, a excepción de los más de 320.000 votos del Pacma [ver nota metodológica] y los casi 46.500 de Recortes Cero.

PSOE y Unidas Podemos suman 165 escaños. Pero no es eso lo más relevante a efectos de formación de gobierno, sino el hecho de que todos los partidos de nacionalistas y autonomistas se encuentran más predispuestos a la investidura de Sánchez que a la de un hipotético candidato de la derecha. Es el negativo de la fotografía de 1996, cuando nacionalistas catalanes y vascos auparon a Aznar. Sólo que entonces no había mayoría electoral conservadora de ámbito estatal, y ahora sí la hay progresista.

  La izquierda, suelo y techo más altos

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El repaso de los resultados de las elecciones generales desde 1977 a 2019 permite observar, al hacer el análisis sobre la plantilla de la división ideológica, que la izquierda tiene en España el suelo y el techo electoral más alto.

Por arriba, el bloque progresista ha llegado a obtener más votos que el conservador: 12.682.526 la izquierda en 2008 frente a 11.276.920 la derecha en 2019. En porcentaje, el máximo de la derecha fue en 2016, con un 46,62%; el de la izquierda, en 1982, con un 53,39%.

Por abajo, el mínimo en votos de la izquierda se produjo en 1979: 8.135.219. En el campo conservador fue en 1989: 7.123.571 papeletas. Jamás ha caído el bloque progresista por debajo del 40% del total del voto a candidaturas. En cambio, el bloque conservador lo hizo en todas las elecciones entre 1982 y 1996, así como en 2004. Desde entonces, no le ha vuelto a ocurrir. El mínimo de la izquierda fue en 2000 (41,08%); el de su opuesto, en 1989 (35%). Aquellos desequilibrios quedaron atrás. Ahora hay más partidos de ámbito estatal con grupo propio –hasta cinco–, pero nos hemos instalado en una especie de empate irresoluble entre las dos Españas electorales.

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