Portugal, ante un posible Gobierno de ultraderecha: por qué el auge de Chega no es exportable a Vox

Portugal acude este domingo, 18 de enero, a las urnas para elegir, en una primera vuelta que se prevé de infarto, a su nuevo presidente de la República. El país llega a esta cita tras un ciclo de inestabilidad crónica que ha encadenado cinco grandes citas con las urnas desde 2022 —legislativas en 2022 y 2024, europeas en 2024, locales en 2025 y estas presidenciales—, lo que ha generado una fatiga democrática que el líder de Chega, André Ventura, ha sabido capitalizar con maestría. 

Los últimos datos publicados por el radar de sondeos del diario Observador sitúan a Ventura en un empate técnico (22,5%) con el socialista António José Seguro (20,9%), lo que apunta a una segunda vuelta inédita donde la derecha radical dispute la jefatura del Estado cara a cara con el sistema tradicional. 

Sin embargo, la lectura de una "ola ibérica" trasladable a nuestro país por parte de Vox es superficial: Ventura opera en un vacío de poder que Santiago Abascal no tiene en España.

Dos modelos de control férreo

La columna vertebral de ambos proyectos es el hiperliderazgo. Tanto en Vox como en Chega, el partido ha dejado de ser un órgano de debate para convertirse en una herramienta de mando vertical concentrada en el número uno. En España, Vox ha completado en el último año su metamorfosis hacia un partido de cuadros controlados por el líder. 

El ascenso de la “generación ISSEP”, con figuras como Carlos Hernández Quero —en detrimento de históricos del partido como Espinosa de los Monteros— ha consolidado un aparato con el poder fuertemente concentrado en Abascal, que también ejerce la presidencia de Disenso, la fundación del partido, apoyado en el denominado “clan de Intereconomía”, que opera las terminales mediáticas. Este control se ha manifestado recientemente en el desmantelamiento de la organización juvenil Revuelta tras las irregularidades detectadas en la gestión de donaciones para la dana, y la revelación de unos audios que demuestran cómo bajo el mando de Abascal no se tolera ninguna estructura que no sea satélite del núcleo central.

En Portugal, Ventura ha replicado este autoritarismo mediante un sistema de "plebiscito permanente". El líder de Chega utiliza sistemáticamente los congresos relámpago y las dimisiones tácticas para forzar a sus bases a renovar su confianza cada vez que asoma una crítica interna, logrando revalidar su cargo con mayorías del 98%

Mientras Abascal ejerce el poder a través de una estructura centralizada, Ventura lo hace mediante el puro personalismo mesiánico, —herencia de su etapa como comentarista deportivo—, que también encuentra su eco en el protagonismo de Abascal en las campañas electorales autonómicas, por encima de los propios candidatos. En ambos casos, el resultado es una estructura donde la disidencia es sinónimo de expulsión y el líder es el único capital político real.

Inmigración e identidad: el enemigo común bajo distintas capas

Donde la comparación suele simplificarse es en la elección del "enemigo". Ambos partidos comparten una base inamovible: el rechazo frontal al multiculturalismo y la construcción de una identidad nacional excluyente frente a lo que consideran una "invasión" migratoria. En su mensaje de Año Nuevo de 2026, Abascal volvió a situar la inmigración ilegal como la principal amenaza para la supervivencia de España, un discurso que mimetiza el programa de "remigración" que Ventura ha elevado al Parlamento luso para facilitar expulsiones masivas de residentes.

Sobre este cimiento xenófobo, cada formación añade una capa de hostilidad adaptada a su realidad nacional. En España, además de la inmigración, Vox agita el conflicto territorial como motor de voto; su retórica contra el Estado de las Autonomías y los partidos nacionalistas le permite presentarse como el último baluarte frente al “separatismo golpista”. 

Portugal, al ser un Estado unitario con una centralización histórica sin fisuras, carece de ese "enemigo periférico". Por ello, Ventura ha tenido que fabricar su propia diana interna: la comunidad gitana y los beneficiarios de ayudas sociales. Su discurso, tachado de racista por organizaciones internacionales, no busca la unidad territorial, sino una limpieza del sistema frente a los “dependientes de subsidios”.

Mientras Vox añade la capa del antiseparatismo, Chega explota el clasismo identitario, pero ambos mantienen el rechazo al inmigrante y la defensa de la "cultura occidental" como su principal bandera.

El naufragio del centro portugués frente a la resistencia del PP

La gran tesis de este análisis reside en la incomparecencia de los rivales. En España, el Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo ha logrado mantener la hegemonía del bloque conservador, actuando como un muro de contención que, de momento, pone techo al crecimiento de Vox, aunque el impulso de este en el último año es más que notable. 

En cambio, el centroderecha portugués (PSD) llega a estas presidenciales en estado de demolición tras el colapso del Gobierno de Luís Montenegro en 2025 por el caso Spinumviva. El escándalo de corrupción familiar ha dejado al candidato tradicional, Luís Marques Mendes, hundido en la quinta plaza de los sondeos (14,9%), cediendo todo el protagonismo de la derecha a Ventura.

A esto se suma el desplome de la opción liberal de João Cotrim de Figueiredo (18,4%), cuya campaña ha saltado por los aires esta semana tras la admisión a trámite de una denuncia de acoso sexual contra él interpuesta por una antigua asesora. 

En Portugal, la ultraderecha no está ganando solo por la fuerza de sus ideas, sino por la debilidad de sus adversarios. El resultado del domingo dirá si el populismo de Ventura logra asaltar el Palacio de Belém, pero la lección para España es clara: el riesgo de la descomposición de las fuerzas tradicionales que sirven de dique frente al radicalismo.

Portugal acude este domingo, 18 de enero, a las urnas para elegir, en una primera vuelta que se prevé de infarto, a su nuevo presidente de la República. El país llega a esta cita tras un ciclo de inestabilidad crónica que ha encadenado cinco grandes citas con las urnas desde 2022 —legislativas en 2022 y 2024, europeas en 2024, locales en 2025 y estas presidenciales—, lo que ha generado una fatiga democrática que el líder de Chega, André Ventura, ha sabido capitalizar con maestría. 

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