Los muertos y nosotros (Lo sublime ordinario)

Un cartel publicitario que muestra al actor Jeremy Allen White ('The Bear') comiendo una manzana en calzoncillos.

Marina Perezagua

La primera vez que sonó la alarma antiaérea yo estaba tomando notas junto a un adolescente al que acababan de abrir el cráneo. Una bata verde demasiado grande para mí, fundas en los zapatos, gorro, mascarilla. Ninguno de los olores del quirófano remitía a un cuerpo humano. Los antisépticos ocultaban el hueso que se sierra, la sangre recién expuesta y el sudor acumulado en el personal médico.

Pero sí vi todo. El cerebro respiraba bajo la luz blanca como un platillo volante detenido sobre el paciente, aquella masa gris y brillante se elevaba apenas unos milímetros y volvía a descender, como una marea. El anestesista vigilaba las pantallas. Una enfermera contaba instrumental. Henry Marsh tocaba, pinchaba, movía aquel cerebro como algo rutinario. En realidad, no tengo una palabra para esto; si hubiera alguna, sería un término que definiera la unión entre lo sublime, que ocurre pocas veces en la vida, si ocurre, y lo cotidiano, diario, común. Lo sublime del día a día. Lo sublime ordinario.

El mundo podía derrumbarse al otro lado de las paredes, los teléfonos no dejaban de emitir alertas aéreas, el cielo artillado volvía a cazar cuerpos y, sin embargo, allí dentro el universo se reducía a unos pocos centímetros de materia gris. Pensé que aquel cerebro era lo más vulnerable que había visto nunca. Me equivocaba. La vulnerabilidad vendría después

Cuando salimos del hospital, Kiev volvía a golpearme con el aspecto de una ciudad que había dejado de sorprenderse por la violencia desde la última vez que había estado. Los escaparates protegidos con tablones. Los sacos terreros. Las ventanas cruzadas con cinta adhesiva. Los carteles indicando refugios. La gente caminando deprisa. La gente caminando despacio. La gente caminando como si no hubiera guerra. En el suelo me encontré la hebilla de un cinturón. Al principio pensé que era una pieza cualquiera de metal. Estaba ennegrecida por el fuego. Conservaba parte del cierre y un fragmento de la correa militar, endurecida por las fibras sintéticas que el calor había fundido. 

La guardé. Sabía que su cuerpo estaría en algún lugar, pero en qué estado. Consideré que tenía que guardarla. El metal estaba frío. Qué rápido se enfría todo en la guerra. Pensé en el soldado. Pensé en su cintura. Pensé en la explosión. Pensé que, para ciertas familias, un objeto así podía convertirse en la diferencia entre una desaparición y una muerte. La hebilla como piedra fundacional para una tumba. Una hebilla no es un cuerpo, pero a veces es más de lo que queda de uno.

Durante todo el tiempo que estuve en Ucrania llevaba la hebilla en el bolsillo. A veces la tocaba mientras caminaba. Su borde afilado me arañaba la yema del dedo. Yo misma buscaba el arañazo para no sentirme culpable, para no pensar en el deseo que también portaba conmigo cada día, en el sexo inminente, en ese estado de incandescencia en el que uno se encuentra cuando sabe que muy pronto va a arder. La hebilla se convirtió en una pequeña herida portátil. Una forma de recordar dónde estaba. Pero era inútil. El deseo tiene algo de fiebre y algo de infestación. Entra por una rendija mínima y después aparece en todas partes. En el rastro tibio que alguien deja en un sofá. En una camisa colgada sobre una silla. En una vena visible bajo la piel de una mano. El cuerpo empieza a comportarse como territorio ocupado. Me arañaba el dedo porque era más fácil soportar un dolor pequeño que la evidencia de que mi cuerpo seguía funcionando exactamente igual que si no hubiera guerra. Seguía acelerándose. Seguía esperando. Seguía fantaseando. El deseo se había instalado en mí como una esquirla demasiado pequeña para extraerla. Todo lo rozaba. Todo lo inflamaba.

La guerra. El día anterior había estado con un grupo de jóvenes mutilados que se recuperaban levantando peso, haciendo abdominales. A algunos sólo les quedaba un brazo, una pierna. Pensaba que era rehabilitación, y lo era, pero para poder regresar a la guerra. No había suficientes hombres. Y yo pensando sólo en uno, que hasta ese momento mantenía todas sus extremidades. ¿Pero acaso no me deseaba también él? ¿No se acostaba pensando en mi cuerpo mientras a pocos kilómetros seguían recogiendo fragmentos de otros cuerpos? ¿No imaginaba ese primer aliento de mi boca aproximándose hacia la suya mientras las sirenas de las ambulancias atravesaban la ciudad? Quizá el deseo sea precisamente eso: la incapacidad de repartir el sufrimiento de manera justa. Me parecía obsceno desearle. Más obsceno aún imaginar que él podía desearme. Pero la mayor obscenidad no era el deseo. La obscenidad era descubrir que ninguna de las dos cosas anulaba a la otra.

No pensaba en él constantemente. Peor. A intervalos. Como las alertas aéreas. Aparecía mientras escuchaba testimonios de madres que habían perdido a sus hijos. Mientras observaba radiografías de pulmones atravesados por metralla. Mientras Henry explicaba a una familia que debían elegir entre una despedida y una esperanza. Si no la operaban, podrían decirle adiós. Si la operaban, quizá viviría, pero con mucha probabilidad la niña podría irse con el alma dormida. Pensaba en él de manera intrusiva, las imágenes llegaban sin permiso. Sus manos. Su voz. La forma en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba. La manera en que se quitaba las gafas para limpiarlas con el borde de la camisa. Nada extraordinario. Absolutamente nada digno de competir con una guerra. Y, sin embargo, competía.

Esa fue la parte más vergonzosa. No que le deseara. Sino que el deseo fuera capaz de imponerse. 

Aquella noche volvió a sonar la alarma. Veinte plantas. No había tiempo para bajar al búnker. Nos refugiamos en la bañera, el lugar más seguro. Recuerdo la porcelana. Su frialdad. El olor del cuarto de baño. Tuberías antiguas. Polvo. Nuestras rodillas que se rozaban. La oscuridad. El teléfono iluminando fragmentos de su rostro. Recuerdo pensar que un misil podía atravesar el edificio. Que podíamos morir allí mismo. Y recuerdo algo peor, y es que aquella idea no logró apartarme de él. La muerte estaba sentada con nosotros en la bañera, y aun así mi atención seguía desviándose hacia lo más frágil y efímero, la vida. En un fogonazo, me fijé en la sombra de la barba que le aparecía al final del día. El espacio era insuficiente. Las piernas encogidas. Los brazos formando una bóveda precaria sobre nuestras cabezas, como alas replegadas. La guerra había reducido el mundo y todos sus muertos a una bañera. Mientras los misiles buscaban vidas desde el cielo, nosotros seguíamos atrapados en la antigua costumbre de buscarlos sobre la tierra. Mientras el cielo elegía víctimas al azar, nosotros estábamos empeñados en elegirnos. Él para mí, yo para él, entre todos los vivos.

La proximidad modifica las proporciones. Eso ocurre en la guerra. Y también ocurre en el deseo. Una rodilla deja de ser una rodilla. Una respiración deja de ser una respiración. Un silencio deja de ser un silencio. Todo adquiere un tamaño desmesurado. Todo se vuelve importante. Todo parece definitivo. La muerte. Y el amor, la vida que sigue regando el humus de la carne, el rocío del amanecer de dos cuerpos coordinados.

Afuera sonó una explosión. Luego otra. El edificio tembló apenas un segundo. Pensé en los soldados del centro de rehabilitación. En el chico con un mechón rasta –vestigio de su vida anterior a la guerra– en la cabeza rapada, y que aprendía a caminar sobre una prótesis nueva. En la manga vacía colgando junto al torso de otro. En los tatuajes desfigurados. En las cicatrices superpuestas a otras cicatrices como estratos sedimentarios en los yacimientos del dolor. Pensé en todos ellos. Personajes secundarios que no lograban alejarme de la importancia de una única vida, la suya; o una única muerte, la nuestra. Y esa otra muerte, la muerte chiquita, la que nos hilvana de orgasmo en orgasmo, la que nos recuerda que toda entrega contiene una forma de desaparición. La pequeña aniquilación privada frente a la gran aniquilación colectiva.

El deseo tiene algo profundamente inmoral. No acepta jerarquías. No respeta contextos. No entiende de guerras. No entiende de amputaciones. No entiende de muertos. Sigue avanzando igual que una raíz bajo el cemento. Igual que un incendio. 

La guerra me enseñó muchas cosas. Pero quizá la más perturbadora fue esta: que incluso rodeados por la muerte seguimos buscando señales de vida. Y que a veces confundimos esas señales con el amor. O no. 

De todas las explosiones de las que me salvé, recuerdo especialmente las nuestras: la lenta combustión del sexo, la presión acumulándose en silencio, como en un submarino que desciende más allá de la profundidad recomendada mientras el casco empieza a crujir, los tornillos protestan gemidos de acero, la necesidad de acercar un cuerpo a otro mientras el mundo se empeñaba en desmembrar a individuos por separado. Quizá el amor no sea más que eso: líquido para apagar un fuego que, en realidad, viene de dentro.

El cuerpo es un traidor. O quizá no. Quizá simplemente conoce prioridades más antiguas que la moral. Creo que el sentimiento que me había llevado una y otra vez a un país en guerra era el mismo que encendía mis alas: la pulsión de vida. No recuerdo cuántos misiles cayeron sobre Kiev aquella semana. Pero recuerdo exactamente cuánto deseaba que el mundo tardara un poco más en acabarse. Cuánto deseaba que la muerte siguiera ocupándose de otros.

*Los últimos libros de Marina Perezagua han sido ‘La playa’ (Pre-Textos, 2024) y ‘Luna Park’ (Páginas de Espuma, 2025).

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