Òscar Camps: “Héroes son las personas a quienes rescatamos”

Òscar Camps a bordo de la que entonces era la primera embarcación de Open Arms, en Barcelona, febrero de 2020.

Jordi Pacheco

Fue gracias a autores como Homero, Píndaro y Apolonio de Rodas que llegó hasta nuestros días la historia de Jasón y los argonautas, uno de los relatos más fascinantes de la mitología griega. La epopeya comienza en Yolcos, cuando Pelias usurpa el trono a su hermano Esón y a partir de ese momento empieza a planear sobre él una profecía según la cual será destronado el día en que alguien llegue a su reino con una sola sandalia. Ese alguien resultó ser Jasón, hijo de Esón. Para deshacerse de él, Pelias le encomienda la misión de viajar hasta la Cólquida a la conquista del vellocino de oro (piel de un carnero mágico que beneficia a quien la posee) con la promesa de que, si lo consigue, será proclamado rey. Así, Jasón emprende una peligrosa travesía a bordo de la nave Argos arropado por los argonautas. El itinerario se desarrolla en una sucesión de fases (encargo previo, trayecto largo y arriesgado, duelo en el lugar de llegada, ayuda inesperada y amorosa, huida accidentada y retorno que no quita la posibilidad de una nueva aventura) y genera un patrón argumental que el cine y la literatura han reproducido infinitas veces y con múltiples variantes. 

Más de dos mil años después, el socorrista Òscar Camps (Barcelona, 1963) y su ONG Proactiva Open Arms protagonizan en la vida real una aventura que guarda notables paralelismos con esta primera gesta mítica de la Antigüedad griega. Esta vez, sin embargo, el encargo no consiste en conquistar un vellocino de oro sino en preservar la vida y la dignidad de quienes lo han perdido todo y huyen a la desesperada en busca de una nueva oportunidad, lejos de la miseria y las guerras. 

La fotografía del cuerpo sin vida del pequeño Alan Kurdi motivó su primer viaje a Lesbos junto a Gerard Canals y la posterior creación de Open Arms. Siete años después, ¿puede mirar todavía esa imagen tan dolorosa?

Si te digo la verdad, evito mirarla porque la tengo presente: si cierro los ojos, la veo. Y si aguanto con los ojos cerrados mucho rato veo muchas más imágenes como esta, que ya no son imágenes fotográficas sino vividas, imágenes que vienen acompañadas de gritos, de tensión y de clamores al cielo. Después de haber vivido situaciones tan duras, de haber visto lo que hemos visto, es difícil mirar a la cara a algunos políticos, mantener determinadas conversaciones y, sobre todo, aguantar que se nos criminalice. Este tipo de cosas te hacen pensar en lo mal que estamos y en la sociedad tan condenada que tenemos. 

¿Ha encontrado algo de empatía, a lo largo de estos casi siete años de actividad, entre la clase dirigente y las administraciones?

Sí, por descontado. Todavía hay personas que están por encima de las siglas de los partidos a los que representan y tienen sus propias ideas, principios y criterios. Las siglas solo simbolizan ideologías con las que puedes estar más o menos de acuerdo. Pero, en el fondo, lo que hay detrás de cada persona son unos valores y unos principios educacionales heredados de la familia. Yo me rijo por estos y no por ideas políticas, que me parecen más propias de charlatanes de feria. Cuando oigo hablar a ciertos políticos, pienso en aquellos vendedores de humo mentirosos y manipuladores de las películas del Oeste. Algunos políticos de ahora son igual: los problemas reales que tenemos como sociedad no son los que ellos quieren hacernos creer. Algunos partidos dicen que el gran problema de Cataluña es la inmigración, cosa que no solo es falsa sino que además es patética, porque eso es ir a por los más débiles. El problema de Cataluña está en el centro de España, con esos fascistas disfrazados de toga, de uniforme policial o militar o sentados detrás de un escaño. El racismo institucional es nuestro verdadero problema. Me acerco a ciertas tendencias de izquierda, aunque no comulgo con todas, sencillamente porque repudio los nacionalismos exacerbados y las fronteras que promueve la derecha. 

Su organización ha llevado a juicio a Matteo Salvini por bloquear el desembarco del ‘Open Arms’ en la isla de Lampedusa en agosto de 2019. ¿Cómo sigue este largo proceso?

Supone un desgaste enorme puesto que tienen que testificar más de cuarenta personas y las comparecencias duran muchas horas. Son vistas densas y duras, y todavía faltan muchas por celebrarse, por lo que calculamos que tenemos aún un año por delante como mínimo. Para nosotros esto genera un importante esfuerzo económico y de todo tipo, porque nos dedicamos a proteger la vida de los más vulnerables y no a invertir en defensa legal. Pero es nuestro deber denunciar. De hecho, creo que somos la única organización que ha llevado a un fascista a juicio, y seguiremos con esta acción hasta las últimas consecuencias, a pesar de que solo nos apoya el Ayuntamiento de Barcelona, que se presenta como causa civil. 

¿Qué esperan de este juicio?

Esperamos que se haga justicia y que sea barato. A ver si alguna organización antifascista se anima a ayudarnos a financiar esta causa que estamos afrontando directamente con las donaciones que recibimos para ir a rescatar a la gente. 

Las migraciones y el refugio son algunos de los temas en los que más insiste el papa Francisco. ¿Están contentos de contar con su complicidad en esta batalla contra Salvini?

El papa Francisco es un líder religioso, pero también jefe de Estado del Vaticano. Y como tal, es el único que se ha pronunciado abiertamente contra las políticas migratorias de la UE y de Italia. Por eso tiene mi simpatía, independientemente de cuál sea mi disposición a pensar en la divinidad. Evidentemente, Francisco es un aliado: cualquier persona que alce la voz como hace él ante dirigentes como Orbán, Bolsonaro, Putin o Trump, tiene mi apoyo como director de Open Arms. Por eso no dudamos en hablar y hacer cosas juntos. En este sentido, hemos llevado a cabo algunas misiones recomendadas por Migrantes y Refugiados, la sección del Dicasterio [ministerio] para el Servicio del Desarrollo Humano Integral que puso en marcha el Papa tras el encuentro que tuvo con nosotros. A través de este organismo, y con la ayuda del padre Fabio Baggio hemos trabajado conjuntamente.

Resulta evidente que, desde que dieron sus primeros pasos como organización humanitaria, se percibió la buena sintonía entre ustedes y la sociedad catalana y española. 

Sí, pese a que fueron los griegos y los estadounidenses los primeros en apoyarnos, ya que sus medios de comunicación nos dieron a conocer antes en esos países. Fue más tarde, a partir de octubre o noviembre de nuestro primer año, cuando empezamos a tener presencia en medios españoles. Luego se hizo el documental To Kyma. Rescate en el mar Egeo, y ya todo empezó a dinamizarse más. Hoy en día, recibimos tanta ayuda de Catalunya como de otras partes del Estado. En este aspecto, sin embargo, la pandemia no ha ayudado, y ahora estamos a las puertas de una enorme recesión económica que veremos qué escenario nos depara. 

¿Temen que los ingresos mengüen hasta el punto de comprometer la continuidad de las misiones de rescate?

Si el apoyo baja, también lo hará la intensidad de nuestras acciones. Pero no abandonaremos sino que seguiremos trabajando en la medida que lo permitan los recursos. Si no es en este barco, será en uno más pequeño. Cuando fuimos por primera vez a Lesbos, fuimos sin nada. No esperamos volver a ese punto, pero sí somos conscientes de que la recesión afectará a las donaciones. 

En un contexto marcado por la crisis diplomática entre España y Argelia, que está haciendo aumentar la llegada de inmigrantes argelinos a las Islas Baleares, ¿cómo ve la situación de cara al verano?

Creo que Salvamento Marítimo volverá a tener trabajo. La crisis diplomática posiblemente hará que Argelia deje de controlar las salidas irregulares y, en consecuencia, recibamos más presión migratoria sobre Baleares. Se ha visto que los acuerdos con mafiosos para externalizar fronteras no funcionan: Mohammed VI no ha demostrado ser una cosa mejor que Erdogan o las milicias libias, y todo hace pensar que Argelia querrá las mismas condiciones que Turquía o Marruecos para mantener las migraciones bajo control. Por otra parte, las consecuencias de la guerra de Ucrania también se empezarán a notar dentro de pocos meses, porque uno de los clientes más importantes de Ucrania es África. Putin lo sabe, por eso bloquea la salida del grano, para desestabilizar a la UE favoreciendo la presión migratoria que recibe por el sur.

En plena guerra de Ucrania, Open Arms se ha unido a la cadena solidaria para organizar un corredor humanitario aéreo. Hasta ahora ha sido evacuada mucha gente de manera segura gracias a ello, lo cual es fantástico, pero demuestra el doble rasero de Europa en la política migratoria: a unos se les permite viajar por aire y con todas las garantías y otros han de jugarse la vida en el mar. ¿Qué opina?

Lo que se está haciendo con Ucrania es lo que se debería hacer siempre en todos los casos. La gente que huye de una guerra tiene derecho a solicitar asilo y refugio, y se le ha de facilitar porque así lo dicen los convenios internacionales. Como Estado, como Unión Europea, tenemos unos compromisos con estos convenios y por lo tanto hay que respetarlos. Lo que no podemos hacer es dar un trato desigual a las personas. Hay más de cincuenta conflictos armados en el mundo y no tenemos la misma predisposición para todos. Todas las vidas cuentan, por eso nosotros queremos estar en las dos bandas, en avión por un lado, porque nos lo permiten, y en barco por otro, porque no nos dejan hacer otra cosa. Es lamentable, pero es así.

En otoño de 2021 se estrenó Mediterráneo, el film de Marcel Barrena que recrea sus primeras semanas en Lesbos salvando vidas. ¿Cómo se ve llevado a la gran pantalla?

Hay una parte del cine que es ficción, y que es necesaria para llevar a cabo una película. Más allá de esto, lo que nos preocupaba sobre todo era el enfoque que había que dar al contexto, a la situación de los refugiados. Así que para favorecer este aspecto, se contrató a sirios y afganos que se interpretaron a sí mismos en el papel de refugiados. Una vez visto que se trataba con dignidad y respeto a todas esas personas, que eran los verdaderos protagonistas de la historia, el tratamiento que hicieran o dejaran de hacer de mi figura ya era algo secundario. En cualquier caso, la película refleja bien lo que pasó en aquellas semanas. 

Después de siete años de misiones, ¿tiene la impresión de haber ayudado a que cambien las cosas a mejor? 

Políticamente no creo que haya cambiado nada: los políticos babyboomers tienen la mentalidad que tienen y harán falta varias generaciones para que algo cambie en este terreno. Pero como socorristas hemos apreciado cambios a otros niveles: cuando llegamos por primera vez a Grecia, los barcos de la guardia costera griega tenían cañones de agua y cuando nos marchamos ya tenían instalados CentiFloat, un sistema de rescate parecido a un churro inflable con unas cuerdas para que la gente pueda agarrarse en caso de naufragio. Ese cambio de mentalidad en un cuerpo militar como es la Guardia Costera griega fue un mérito que nos atribuimos porque ese material se lo proporcionamos nosotros tras uno de los naufragios más dramáticos que vivimos y en el que ellos no pudieron hacer prácticamente nada por no ir preparados. Por otra parte, en el Mediterráneo central, la Guardia Costera italiana no tenía socorristas en sus patrulleras, y ahora sí los tiene. 

Sin embargo, en los últimos meses, como se sabe, los guardacostas griegos han llevado a cabo devoluciones en caliente en balsas, en el mar Egeo. ¿Se habla poco de esto?

Cada país hace lo suyo: Grecia los abandona en el mar a la deriva; Italia paga a milicias libias para que intercepten embarcaciones en medio del mar y las devuelvan a la fuerza; y España realiza devoluciones en caliente incluso desde tierra y con menores. Toda la frontera sur europea está vulnerando la Carta de Derechos Humanos. 

Habiéndose criado a orillas del Mediterráneo, ¿le cuesta asimilar que el mar de su infancia se haya convertido en una fosa común? 

Llegó un momento en que tuve que hacer las paces con el mar. El Mediterráneo no tiene la culpa. Sin embargo, hay que saber que quienes se echan al mar en condiciones tan precarias y sabiendo que tienen tan pocas posibilidades de sobrevivir, lo hacen empujados por situaciones y contextos de los que en parte somos responsables, ya que hace 70 u 80 años África era todo colonias europeas y buena parte de la inestabilidad que sufre en la actualidad vino tras el proceso de descolonización del continente. 

Tras tantos rescates, y tantas vidas salvadas, muchos les consideran héroes. ¿Lo son? 

En absoluto. Los verdaderos héroes son las personas a quienes rescatamos, que no dan por vencida su vida ni en medio de terribles conflictos y se juegan todo lo que tienen para intentar salir de allí y encontrar un lugar donde vivir en paz y ser ellos mismos. Ellos son héroes porque no se rinden ante la guerra, ni ante las fronteras, ni ante las mafias, ni ante otras situaciones denigrantes de tortura o esclavitud. Y ellas son más heroínas, porque además soportan vejaciones y violaciones y son utilizadas como objeto sexual de clanes armados y prostituidas. Aun así, son capaces de levantarse para seguir adelante y buscar un futuro para ellas y para sus hijos.   

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