Luces en la oscuridad

Harald Edelstam, el diplomático que se negó a hacerse el sueco ante la barbarie

El diplomático sueco Harald Edelstam.

“En una ocasión tuvo a 12 refugiados en el sótano de su casa, al mismo tiempo que hacía gala de anfitrión y agasajaba a los jerarcas nazis, entre los que se contaba el mismísimo jefe local de la Gestapo. Se cuenta que solo les pedía a sus huéspedes clandestinos que permanecieran en silencio”. Y no. Lo anterior no pertenece al relato de una voz en off que describe a un protagonista similar al Liam Neeson de La lista de Schindler: sonrisa que seduce, elegancia impoluta y sangre fría hasta donde resulte necesario para arrebatar gente a la barbarie. El entrecomillado que abre este texto forma parte del libro Harald Edelstam, héroe del humanismo, defensor de la vida, un apasionado homenaje del escritor Germán Perotti y el periodista Jan Sandqvist al diplomático sueco que logró, primero, engañar y burlar a los nazis desde la legación de Oslo. El mismo que, tres décadas más tarde, salvó con audacia cientos de vidas tras el golpe que a partir del 11 de septiembre de 1973 masacró Chile con Augusto Pinochet al frente y con el apoyo de EEUU, como miles de documentos desclasificados terminaron por confirmar. Muerto Salvador Allende, derribado aquel intento de país igualitario pero libre, Edelstam aceptó graves riesgos, muchos más de los asumibles por cualquier embajador. Y soportó reproches de colegas y compatriotas por su rapidez en la toma de decisiones. Pero, desde luego e hilvanando un juego de palabras entre su nacionalidad y una frase hecha, jamás cayó en la tentación de hacerse el sueco cuando estaba en juego la supervivencia de los otros. 

Seguidor del carismático líder socialdemócrata Olof Palme, asesinado en 1986 en Estocolmo en un crimen siempre rodeado de incógnitas, Edelstam (1913-1989) ya mostró de qué era capaz durante su estancia como embajador en Noruega bajo un gobierno colaboracionista que aplicó con Hitler el führerprinzip: la obediencia absoluta y ciega al jefe supremo. Su trabajo en favor de la resistencia local y de la población judía le convirtió en El clavel negro. El sobrenombre nació inspirado por el personaje ficticio de La Pimpinela Escarlata, aquel noble bajo cuyo disfraz de frívolo a la moda vivía el espadachín que libraba de la guillotina a huidos de Robespierre.

Ahora bien, las fotografías de Edelstam que circulan por la red en absoluto dibujan a un bon vivant de apariencia ajena a lo que sucediese a su alrededor. Todo lo contrario. Lo que se ve es un individuo firme y erguido, fibroso, cráneo dolicocéfalo, mirada amable en un rostro atractivo pero con un mentón capaz de lanzar un proyectil. 

No parece, desde luego, que ese mentón fuera un mero accidente de su geografía física sino más bien un reflejo de su audacia. Corresponsal en Chile de la televisión pública sueca cuando se produjo el golpe, uno de los episodios relatados en tercera persona por Jan Sandqvist detalla esa mezcla de imaginación y valentía propia de Edelstam: “(…) Le había pedido a Jan que lo acompañara en su auto a buscar a un parlamentario socialista que estaba en peligro de ser arrestado. Al llegar al lugar convenido, vieron que se acercaba un camión con militares fuertemente armados. Harald comprendió inmediatamente que se proponían llevar a efecto el arresto del parlamentario que ellos iban a buscar. Se adelantó entonces con su credencial en ristre y, presentándose como el embajador de Suecia, les dijo que de seguro iban allí con el mismo propósito, pero que por desgracia el personaje acababa de salir. Les indicó hacia dónde, supuestamente, iba caminando. Mientras los soldados se apresuraban en volver al camión y se marchaban a toda velocidad en la dirección indicada, Harald entró tranquilamente a la casa llevándose al parlamentario escondido en la maleta de su Mercedes Benz color marfil hasta un refugio seguro”. 

Sucesos como el anterior se repitieron hasta que, en un hecho inédito para la diplomacia sueca, acabó expulsado de Chile. Ocurrió a los dos meses y medio de aquel golpe que originó una diáspora de exiliados e hizo de la tortura una liturgia difícil de creer si no existiera el relato de los supervivientes; e, incluso, el de algunos torturadores. La expulsión ocurrió después de lo que, sin detalles y de forma sucinta, relata la web de la fundación homónima de Edelstam: “Tras una pelea en un hospital con el ejército chileno en relación a una mujer chilena enferma que estaba bajo protección sueca, fue expulsado del país”.

Esa mujer, pero esto lo cuenta la obra ya referida en el primer párrafo, era Mirta Fernández. Y en realidad pertenecía al grupo de  tupamaros —movimiento guerrillero contra la dictadura uruguaya y del que llegó a ser líder Pepe Mujica, luego presidente del país— que habían buscado refugio en Chile cuando nadie esperaba el mazazo asestado por Pinochet. 

Mirta había sido hospitalizada para una operación de urgencia. Y según el periodista Jan Sandqvist, rescatarla implicó literalmente para Edelstam una pelea física con militares. El incidente a punto estuvo de estallar sin remisión: porque los milicos que pretendían hacerse con la paciente para ejecutarla de inmediato iban armados. “El embajador se enfureció y comenzó a gritarles a los soldados ‘No tienen derecho a golpear a un embajador’ y comenzó a golpearlos de vuelta. Fue su temperamento francés el que explotó ahí”. Ese fue su final en Chile. El 4 de diciembre de 1973, la dictadura lo declaró persona non grata y ordenó su salida inmediata del país. 

Detrás dejó una etapa llena de muescas que casi nadie espera en el mundo de las embajadas. Muescas grabadas en la memoria por gente a la que escondió y logró sacar del país. O relacionadas con gestos públicos difícilmente tolerables para el pinochetismo como situarse en cabeza del cortejo fúnebre de Pablo Neruda. O con decisiones propias de un activista que le costaron el reproche o el silencio como castigo entre algunos de sus compañeros de la diplomacia sueca.

Por ejemplo, la tarde del golpe, Edelstam fue a la legación cubana. Allí, distintos embajadores se encontraban reunidos en presencia de un coronel del bando golpista. “Al llegar Harald y yo —narra uno de los miembros de la representación sueca de aquel momento, el agregado Peter Ahlgren—, discutían sobre el estatus de Cuba, sobre qué derechos y deberes ambas partes tenían bajo esas circunstancias. Estaba claro que los militares querían que los cubanos salieran del país lo antes posible”. A Edelstam se le notó de inmediato irritado por la actitud de los otros embajadores, entre ellos los de México y Perú. De pronto, “sacó su famosa sonrisa sardónica”, se dirigió al jefe de la diplomacia cubana en Chile, Mario García Incháustegui, y le habló en voz alta: “No te preocupes por estos cobardes. Tú eres mi amigo y yo voy a resolverte el problema. Suecia se hace cargo de los intereses cubanos”. Al día siguiente, izó allí “personalmente” la bandera sueca sin autorización de sus superiores. El que hasta entonces había sido recinto diplomático cubano se erigió en territorio sueco, así como las casas en que se alojaban los funcionarios. “Fueron los lugares —prosigue Ahlgren— que (…) recibieron a los refugiados que iban llegando en busca de asilo”.

De puertas afuera, el embajador siguió igualmente adelante. Uno de los perseguidos a los que libró de la muerte es Henrik Janbell, un ingeniero químico que llevaba un año trabajando en Chile como voluntario sueco y que ofrece su testimonio en el libro de Germán Perotti. “Fue personalmente al Estadio Nacional en forma diaria a verificar y volvió hasta con buses para sacar presos; pudo ver y prever los centros de tortura y los campos de concentración que pronto aparecieron”.

Pero por si alguien albergaba aún dudas sobre quién era Edelstam, también el entonces primer secretario de la embajada sueca en Chile, Martin Wilkens, aportó su visión. Y la envolvió en un relato que, pese a lo abyecto de las circunstancias, provoca una sonrisa. “A pesar de la enorme presión que se ceñía sobre él —contó Wilkens— no faltaron los detalles sabrosos. A Harald le gustaba desconcertar a los guardianes del poder, especialmente a los obtusos policías de menor rango; los sorprendía a menudo con preguntas sorpresivas o planteando absurdos como: “Donde yo voy caminando es territorio sueco”. Le encantaba sortear barreras apoyado en la simpatía, mentiras o simplemente coimas (pequeños sobornos). Los cigarros que habían quedado en la Embajada cubana sirvieron enormemente para esos casos; cuando lograba traspasar un control con la ayuda de estos, solía volverse y decir a los guardias: “Cuidado, esos tabacos son revolucionarios”. Tal vez en momentos como aquel la sonrisa sardónica de Edelstam que muestra la portada del libro se aliaba con aquel mentón prominente. Básicamente, por si en cuestión de segundos las circunstancias exigían disparar el proyectil de un carácter que, a tenor de lo que sabemos, seguía a rajatabla estos dos versos de Lorca: "¡Qué blando con las espigas! /¡Qué duro con las espuelas!"

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