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Rock y orquesta para acabar el verano

Imagen de archivo de una orquesta.

Cuando era un chaval –no hace tanto–, el primer fin de semana de septiembre estaba marcado a rojo en mi calendario. Tras casi dos meses de vida salvaje en el pueblo, era el momento de recoger los bártulos y regresar a la ciudad. Quizá por eso, porque marcaban el final del verano, la asistencia a las fiestas de la localidad colindante era obligada. Garrafa en mano –llena, y no precisamente de agua–, los rapaces se adentraban en la última aventura, esa que comenzaba a primera hora de la noche y se alargaba hasta la hora del desayuno. Avanzaban a pie, por una carreterita apenas transitada o por los caminos de piedra que conectan toda la zona. Los que preferían ir en bicicleta, aprovechaban los grandes campos de maíz para ocultarla mientras durase el cachondeo –no, allí no se ataban, se escondían–. Y poco a poco, la plaza se iba llenando al ritmo de la orquesta de turno.

Hace justo un par de años, coincidiendo con una semana de descanso que tenía en el periódico, volví a acercarme un rato –esta vez con mi pareja– hasta aquel pueblín. Lo que no sabía entonces es que esa sería la última verbena que vería antes de que la pandemia se encargase de apagarlas. Esta vez apenas habría una decena de rapaces. Sin embargo, la estructura del espectáculo se mantenía exactamente igual. En resumen: unos pasodobles, un poco de rumba, alguna que otra ranchera, los grandes éxitos de ayer y de hoy y, para poner la guinda al pastel, un cierre rockero. Esta última siempre fue mi parte favorita, la que llegaba cuando en la que horas antes había sido una plaza abarrotada solo quedaban unos pocos supervivientes apurando las últimas gotas de alcohol de la noche.

1. Fiesta pagana, Mägo de OzFiesta pagana

Son las cuatro de la mañana. O las cinco. El cansancio ya empieza a pesar. Cerveza en mano, charlas tranquilamente junto a una de las casitas bajas que rodean el escenario. No hay música. Si acaso, una ligera melodía de fondo, de esas que pueden sonar perfectamente cuando llamas a cualquier institución y no hay forma de que te descuelgue el teléfono la persona con la que intentas contactar. Los músicos y cantantes afrontan su último descanso antes del colofón. De pronto, la intensidad de los focos disminuye. Empieza a escucharse un violín. Se hace el silencio y las miradas se cruzan durante un segundo antes de que jóvenes –y no tan jóvenes– empiecen a corear al ritmo de la melodía: "Taaaaaaa, tararararararaaaaa". Es Mägo de Oz. Es Fiesta Pagana.

2. Flojos de pantalón, RosendoFlojos de pantalón

Quizá luego la orquesta de turno, que puede llamarse perfectamente Persuasión o Noches de Bohemia, afloje un poco con algo de Fito –me pega perfectamente un Soldadito marinero– o Celtas Cortos –me la juego con un 20 de abril–. Sin embargo, en algún momento el hilo conductor terminará desembocando en él, en Rosendo Mercado, en el de Carabanchel. En mi cabeza, llega con un Flojos de pantalón bajo el brazo: "Son la musa que inspira la ambición / Sueño de libertad / Noches al pie del cañón / Fuerza de voluntad". La verdad, no es una canción que suela sonar mucho en una orquesta. Por lo general, tiran más de un Maneras de vivir o de un Masculino singular. Pero yo la quiero en mi lista. Quizá por recordar todas esas noches que hemos pasado al pie del cañón con los nuestros. E imaginar todas las que quedan.

3. Jesucristo García, ExtremoduroJesucristo García

Desde Madrid, la orquesta viaja hacia suelo extremeño. Y entra en escena Extremoduro. En este caso, no lo hace con So Payaso, quizá una de sus canciones más reconocidas. Un ligero tintineo de campanitas acompañando a la melodía indica que nos encontramos ante Jesucristo García. El tema es una obra de arte. Una de las 200 mejores canciones del pop-rock español para la revista Rolling Stone y “la máxima expresión del estilo como letrista” de Robe Iniesta. Si uno se para a escucharla con calma, la letra, con una fuerte carga autobiográfica, es durísima. “Por conocer a cuantos se marginan / un día me vi metido en la heroína / aún hubo más, menuda pesadilla / crucificado a base de pastillas”.

4. La Rueca, MareaLa Rueca

No recuerdo bien cómo ni cuándo llegué en mi infancia a Jesucristo García. Seguramente, de la misma manera que a Marea. El grupo navarro fue una herencia musical que me dejaron mis primos mayores durante los largos veranos en la casa del pueblo. Desde que me los descubrieron, cuando probablemente tuviese menos de diez años, no he parado de quemar sus canciones. La voz rota de Kutxi Romero me enganchó desde el primer segundo. Por eso, cualquier orquesta que se precie debe incluir un tema de este grupo en su repertorio final. Yo, en este caso, voy a decantarme por un clásico: La Rueca. Creo que 28.000 puñaladas fue uno de los primeros discos del grupo con los que me hice. “¿Mi sueño dónde está? Durmiendo la tajá’ / que se ha pinchado con la rueca en el baño de un bar / que no es titiritero, ni perro cortijero / ni la cigarra ni la hormiga le han dejado entrar”.

5. Dolores se llamaba Lola, Los SuavesDolores se llamaba Lola

La verbena está a punto de terminar. Y los pocos que resisten –en pie– en la plaza no paran de desgañitarse pidiendo canciones. Uno reclama a voces Vicio, de Reincidentes. Otro, hace lo propio con Marihuana, de Los Porretas. Al fondo alguien pide que suene No hay tregua, de Barricada. Pero la orquesta decide acabar con algo gallego de finales de los ochenta. Suenan Los Suaves. Suena Dolores se llamaba Lola. Y, como uno más de los himnos que marcan las fiestas de cualquier pueblo, es coreado –a estas alturas es imposible que al unísono– por las veinte personas que aún siguen en la plaza: “Las vueltas que da la vida / el destino se burla de ti / dónde vas bala perdida / dónde vas triste de ti”.

6. Y paré Madrid, SínkopeY paré Madrid

La noche ha alcanzado su fin. Los músicos se retiran del escenario y las luces se apagan. Los chavales, igual que llegaron en procesión de todos los pueblos de alrededor, comienzan a emprender el camino de vuelta bajo un cielo que anticipa la llegada del amanecer. El verano, en mi caso, se había acabado. En unas horas no quedaba más remedio que regresar a la capital. Quizá por eso volvía para casa con otra canción –que no es de las habituales en las orquestas– resonando en mi cabeza: Y paré Madrid, de SínkopeY paré Madrid. “Avenidas invadidas por motores, con sus ruidos, sus olores y adelantos”. Era, para mi desgracia, lo que me esperaba el resto del año.

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