El asunto de Gibraltar

Manuel María Garcés Puerto

Una de las circunstancias más curiosas, desde mi punto de vista, que he vivido a lo largo de mi vida, cuando se ha puesto en primer plano de actualidad el asunto de Gibraltar, es la diferencia tan radical de la valoración en función de que esta la hiciera lo que aquí, en el Campo de Gibraltar, llamamos “gente de fuera” o “gente de aquí”.

Otros criterios como solvencia profesional, erudición académica, conocimientos geoestratégicos, etc. no lograban superar en intensidad la visión cercana, por muy sesudos que fueran.

Por una parte, pienso que es lógico que así sea, pero, por otra parte, al poder tratarse de un asunto de Estado, entiendo que podía suscitarse la duda.

Cuando me pregunto por qué no se suscita, quizás esté la razón en la percepción de que somos una zona olvidada de España que, a duras penas, aparece en los telediarios cuando se habla de marginalidad.

Coincido en la calificación de momento histórico o, por lo menos, peculiar.

Evidentemente, el Brexit y el paso cambiado de Gibraltar ante la metrópoli han sido el detonante del estado de la cuestión actual.

Pero vayamos a un paso anterior. La metrópoli no atraviesa su mejor momento. La globalización ha laminado los imperios, la economía del Reino Unido se trastoca de tal manera que la población, con o sin maniobra conspiranoica, ve el Brexit como una salida. Los acontecimientos se encargan, a estas alturas, de evidenciar que no era solución.

En esta tesitura, la metrópoli hace ver a la colonia que tiene que buscarse la vida autónomamente porque no hay recursos ni para pintar los colegios.

Gibraltar, y el poder allí instalado por conveniencia, entienden el mensaje a la primera, listos con pedigrí como son.

España, también aplazando lo intocable, busca una salida a la degradada zona del Campo de Gibraltar

España, que lee sagazmente, desde mi punto de vista, la ocasión, se pone a la tarea.

Sabe que si intenta llegar a un acuerdo con los de “a lo que sea, NO”, el tema no sale y decide que el negociador visible sea la UE, bajo su atenta mirada y su veto.

Todos están de acuerdo en que notoriedad la mínima, discreción total.

En esas estamos: Reino Unido se quita un lastre económico inasumible, Gibraltar se asegura de que no se toque lo intocable y entra en una dinámica de “mantente mientras cobro” que tan acreditadamente maneja, y España, también aplazando lo intocable, busca una salida a la degradada zona del Campo de Gibraltar, en la idea de inyectar parte del PIB de Gibraltar en el entorno, sin ningún ánimo de ocultarlo, bautizando la situación como de prosperidad compartida.

Veremos cómo rueda el invento porque, para los habitantes del Peñón, eternos becarios de la metrópoli, la fluidez y la libertad de movimientos van a tener un coste al que se irán incorporando paulatinamente, pero a cuya mejora de calidad de vida les va a ser difícil renunciar.

Es posible que del lado español surjan increíbles equilibrios, sesudos análisis de Derecho internacional, cutreces varias, etc., en la derecha extrema y en la extrema derecha para aparentar el pataleo sin modificar la situación creada de facto, que estabiliza una parte muy sensible del Estado español.

Puedo entender que alguien de Cuenca, con todos mis respetos para los conquenses, no vea el pragmatismo y empiece su razonamiento en Utrecht o Castilla, pero debe comprender que ni España es China, aunque abunden los bazares, ni Gibraltar es Hong Kong.

Solo deseo, desde este rincón del mundo, que sea para bien.

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Manuel María Garcés Puerto es socio de infoLibre.

Manuel María Garcés Puerto

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