Los bosques en Japón
Los bosques son lugares fundamentales en la cultura japonesa. Para el sintoísmo, la antigua religión del País del Sol Naciente, los bosques son espacios sagrados porque allí habitan los kamis de la naturaleza, las deidades o espíritus a los que hay que venerar junto con el Sol —Amaterasu—, la diosa principal del panteón. Porque todo tiene alma, en todo ente animado o inanimado hay una fuerza viva, y en todo lo que percibimos, por pequeño que sea, residen los kamis: en las flores, en las plantas, las piedras, las montañas, en los ríos, en los animales, incluso insectos, en cada árbol… Sobre todo en los viejos, milenarios, que los hay.
Es decir, que al entrar en un bosque no solo oxigenamos nuestros pulmones sino que también despertamos el asombro ante la belleza que nos envuelve —aware— hasta llegar a sentir plena conexión con lo divino, como si estuviéramos en un gran templo politeísta. Desde esta mentalidad es comprensible que la fiesta del Hanami, durante los días primaverales en que los cerezos nos regalan sus flores rosas —sakura— sea un espectáculo sublime y un símbolo del país. Estética y religiosidad tradicional se dan la mano.
Lo curioso es que sintoísmo y budismo coexisten armoniosamente en el archipiélago nipón, así que sus habitantes han asimilado además el valor de la compasión, la evitación del sufrimiento y la misericordia por todos los seres de la Tierra: animales humanos, no humanos y plantas. Y eso incluye el respeto y cuidado de los ecosistemas pues sin un medioambiente sano no podemos sobrevivir.
Sin un medioambiente sano no podemos sobrevivir
Estas singularidades espirituales nos acercan a una visión animista de la naturaleza, o cuasi panteísta —spinozista—, donde en cada elemento se manifiesta la divinidad de forma inmanente, una naturaleza que nos habla de los modos de ser de la esencia sagrada: la unión entre lo natural y lo sobrenatural. Entonces, cortar un árbol o matar a un ciervo se consideraría una profanación, un sacrilegio. Un deicidio.
Tal vez nos faltó esa mística y debamos volver la mirada hacia el mundo oriental… De hecho, es en libro del Génesis donde se radicalizó la supremacía del hombre con respecto al resto de seres vivos. Y donde se condenó a la naturaleza a convertirse en un medio para nuestros fines, dando origen al prejuicio de especismo que acaba cosificando a los animales, percibidos como meros recursos al igual que los bosques y espacios naturales: una despensa sin límites aunque sea nuestra casa común… “Henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar, en las aves del cielo, y en todos los animales sobre la tierra” (Gn 1,1).
Ojalá reverdezcan pronto nuestros campos y, trasformados ya en templos, escribamos con emoción nuestros mejores haikus.
_________________________
María Luisa García Díaz es socia de infoLibre.