La Luna
Hace más de cincuenta años, cuando los fervores lunáticos estaban a flor de piel, porque nos decían que el hombre había pisado la Luna, le preguntamos a Fidel Habib si él iría a la Luna. La respuesta fue, además de sensata, plena de buen humor y sin meterse con nadie. Nos contestó a todos, presentes y no presentes (no precisamente ausentes) que él no había estado allí nunca y que por lo tanto no se le había perdido nada en la Luna.
Ahora que volvemos a las andadas y además, como podría decir cualquiera, en volandas, se nos ocurre repetir la gesta, ya que de gestos andamos más que sobrados.
Nos hemos comprometido hasta en ver la cara oculta de la Luna, por curiosear si nos dice algo más. También por si podemos sacarle algo más que simples y frías fotografías.
Esta vez no nos hemos atrevido, con mucha y mejor tecnología que antaño, en meter la pata y no nos hemos tomado el lujo de bajar como la otra vez (si es que entonces pisamos Luna firme, en un mar de grandes dudas).
Nos puede dar la impresión de que nos han medio obligado, una vez más, a mirar a la Luna para que no reparemos en lo que nos están haciendo a los humanos aquí, en la Tierra, que da la impresión de que quieren hundir nuestros pies, cada vez más, en arenas demasiado movedizas, que están preñadas de petróleo.
Selene nos contempla, sobre todo de noche, cuando algunos inhumanos aprovechan para bombardear más, si cabe. Selene no dice nada o no la escuchamos, porque está bastante lejos. Tampoco podemos escucharla, porque el ruido de las guerras es demasiado ensordecedor.
Nos puede dar la impresión de que nos han medio obligado, una vez más, a mirar a la Luna para que no reparemos en lo que nos están haciendo a los humanos aquí, en la Tierra
De lo que sí estamos seguros es de que Selene no nos engaña; siempre nos muestra la misma cara. Y que, aunque “el camino sea largo”, aunque demos muchas vueltas a nuestras cosas, Artemisa nos guía durante las noches, como a los cazadores nocturnos, pero no como a asesinos nocturnos, y nos ilumina el camino de vuelta, aunque estemos rodeados de oscuridades. Igual que la nave espacial nos ha entregado, sanos y salvos, a los nuestros en uno de estos últimos días.
Selene no nos engaña; igual que “Ítaca, que nunca nos engañó ni nunca tampoco nos metió prisa”, como suelen hacer muchos belicosos y beligerantes con sus “malditas guerras”, que nos obligan a precipitarnos y a “no aprender”, sobre todo, los caminos y senderos de la paz.
La Luna no nos engaña, porque además de mostrarnos siempre la misma cara, da siempre las espaldas a todo el Universo, incluso como metáfora de que nuestro destino está cercano, sin ir más lejos en el espacio ni ir más rápido en nuestros acontecimientos. Con un silencio clamoroso nos dice que arreglemos antes nuestra casa, ese pequeño hogar que todos conocen como la Tierra.
Los caminos de la paz se nos iluminan de día y de noche y no necesitan de teloneros bélicos, que no saben hacer otra cosa que aislarnos de todas las esperanzas.
Ya que no podemos detenernos tampoco en "los emporios de Fenicia”, porque nos los están destrozando, podemos dedicar nuestros días y nuestras noches a construirnos una paz, total y universal, con la experiencia que nos han dado tantos siglos y, sobre todo, tantos días de frenéticas destrucciones, especialmente de vidas humanas totalmente inocentes.
Si nos volvemos verdaderamente sabios por todas las experiencias que nos han arañado hasta la conciencia, la Luna nos alumbrará mejor, y sin humos y sin negras sombras, para poder seguir nuestros caminos terrenales en buena compañía.
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José María Barrionuevo Gil es socio de infoLibre.