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Librepensadores

El tiempo que dura un café doble

Cafetería de la librería La Central de Barcelona.

José Carlos Tenorio Maciá

Son las siete de la mañana. Todavía no amanece en Santiago de Compostela. A esta hora, son pocos los restos de vida. Eso sí, la lluvia no impide que como cada día el señor de la furgoneta descargue la fruta que ha traído hasta la Plaza de Cervantes o que la encargada del bar de la esquina despierte a algún vecino tratando de levantar la verja que lo sella cada noche. Es automático. La escena se repite cada mañana desde que llegué hace tres semanas. Todavía no puedo poner nombre a los protagonistas de este ritual, ni siquiera a la camarera del Agarimo que, eso sí, ya me sirve el café doble sin necesidad de que se lo pida. Éste es, sin duda, uno de los mayores placeres de la vida. Quien haya sido cómplice de esta camaradería me entenderá.

Una vez servido el café con leche, ya estoy dispuesto a escribir hasta que se me enfríe. ¿Sobre qué me apetece reflexionar esta mañana? Me enfrento a la página en blanco. La miro desafiante, esperando que me responda, y me devuelve una imagen de toda la sociedad española. Me pregunto hacia dónde iremos después del 20 de diciembre. Y me lo planteo desde la máxima incertidumbre porque, últimamente, le he perdido el respeto a las encuestas: tener que acudir a la fuente para luego interpretarlas en su justa medida demuestra que no solo es volátil el elector actual, sino también el rigor de los ingenieros estadísticos. Muchas voces se empeñan en recordarnos que Podemos cada vez puede menos. No son pocas las que nos hablan como si fuésemos meros clientes de España S.A. Desde Ferraz, por su parte, se escucha el paso ensordecedor y fulgurante de una motocicleta de gran cilindrada; muchos viandantes creímos escuchar algo así como “reforma federal”, pero el vehículo no paró a confirmárnoslo y, en tal caso, explicarnos en qué consistía aquello. Y entre tanta confusión, miedo me da hablar de Cataluña, nomenclatura que parece encerrar un todo homogéneo. Yo soy menos atrevido y prefiero hablar de Cataluñas, en plural, al igual que de mi querida España, una de las muchas que conozco. Puede que no resulte tan tentadora mi identidad, pero soy incapaz de dar un relato a mi vida que no se revise continuamente y se vaya construyendo con aportaciones de aquí y de allá.

Hay otro tema que me preocupa. Sé que la práctica política es un mundo muy particular, encorsetada en su propia lógica (muchas veces en las antípodas de la ética). Ahora bien, a mis 23 años todavía no he sentido aprecio sincero por un solo político español y empiezo a sentir frustración. Más todavía cuando continúo en el grupo de quienes se resisten a aceptar la tan manida expresión de que “son todos iguales”. Ahora que lo recuerdo, la mayor satisfacción personal con un miembro de la clase política la sentí el pasado mes de abril con el señor Javier Nart (outsider tenía que ser), que me recibió en su despacho de Bruselas para confirmarme que, más allá de la ideología y las emociones viscerales, están las personas, el diálogo y el fatigoso arte de pensar. Sobre esto último quiero hacer un comentario final, que ya empiezo a notar el café frío.

Necesito perspectiva, tiempo. Me preocupa la velocidad de la sociedad actual. Imparable. Todo viene y se va sin que apenas tengamos tiempo para disfrutar; y donde digo disfrutar digo observar, valorar, reflexionar. Nos crean (y nos creamos, aquí todos somos responsables) necesidades que, con perdón, no necesitamos. Estamos mimados. Hubo un tiempo en que la gente se preocupaba por las cuestiones más básicas. No estoy proponiendo volver a la sociedad de entonces ni renegando del progreso. Sólo creo que deberíamos ir más despacio y poner en valor la lentitud.

Mi generación ha sido educada en términos de productividad y competencia, dos conceptos muy interesantes, claro que sí, pero que nos pueden llevar a la ruina si no nos acordamos de que, ante todo, somos seres humanos. Yo le voy a decir a mi hijo que para su padre los héroes son ese señor que descarga la fruta todas las mañanas en la Plaza de Cervantes con obstinada dedicación para llevar un sueldo a casa o la mujer que se pelea día a día con la verja de su bar. Llamadme demagogo (o populista, que está más de moda), pero cada vez relaciono más la heroicidad con las pequeñas acciones, con el anonimato, el desinterés, con la sonrisa de quien me pone el primer café de la mañana, con la desnudez de una calle todavía oscura de Santiago de Compostela.

José Carlos Tenorio Maciá es socio de infoLibre

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