‘Ridiculous’, de Louis C.K. o cómo se vuelve de la cancelación
Louis C.K. se había labrado una reputación como uno de los mejores cómicos en Estados Unidos con monólogos y series adorados por la crítica y por sus colegas cuando en 2017 estalló el escándalo.
El New York Times publicó las denuncias de cinco mujeres que le acusaban, en distintas ocasiones, de haberse masturbado delante de ellas (o por teléfono). C.K. había negado denuncias parecidas cuando eran rumores, pero esta vez admitió los hechos.
Mucho humor sobre sexo
La cancelación fue total para un humorista que siempre rozaba el poste con su material. La masturbación era uno de sus temas, también otros muchos aspectos de la sexualidad.
El retorno de Louis C.K. a los escenarios y al resto de su trabajo ha sido progresivo y aún no completo, pero uno de los hitos en su redención es este especial porque supone su regreso a Netflix, nueve años después de su última colaboración, previa al bombazo.
Un especial clásico en su carrera
Este programa es un clásico de su autor, la grabación de su monólogo actual ejecutado ante el público. C.K. salta de asuntos como su propio envejecimiento al de sus padres y lo que supone ingresar a un progenitor en una residencia.
Señala lo extraño de compartir un momento tan íntimo como es el despertar con el desconocido vecino de asiento de un avión. Argumenta que el paño que absorbe líquido en las pechugas de pollo del supermercado es la prueba de que no vivimos en una simulación.
Habla de las citas con mujeres de su edad y critica la revista erótica Barely legal, (legal por los pelos), que fotografía mujeres que acaban de cumplir los 18 años, reflexionando sobre la línea entre la pedofilia y lo normativo.
Muy en su línea
A los fans de C.K. les gustará. Quizá no sea el más loco y radical de sus espectáculos, pero desde luego contiene su esencia. A quienes solo ven ya un tipo poderoso de la industria poniendo a mujeres profesionales en situaciones muy complicadas les resultará difícil olvidar esa faceta privada mientras habla de sexo o hipocresía.
Y, desde luego, muy pocas personas podrán esquivar el pensamiento recurrente de lo que ha pasado fuera del escenario. Patriarcado y abuso, sin duda. También, para otros, mojigatería y metomendismo. ¿Por qué tenemos que ser parte de un asunto que, al no ser judicial, solo implica a sus protagonistas y seres cercanos?
No se puede dejar de saber lo que se sabe
Podríamos argumentar que porque “no quería saber, pero he sabido”, como escribía Javier Marías para empezar su novela Corazón tan blanco. Y porque después de saber ya nada es igual. La memoria tiene plazos más duros que el código penal.
La carrera previa del cancelado puede contener agravantes. ¿Cuántas reposiciones se habrían emitido de un exitazo como El show de Bill Cosby si no hubiéramos sabido que su creador, que aparecía como un hombre familia modelo, era un violador en serie?
Humor al límite
En el caso de C.K. tiene el agravante de que sus chistes ya rozaban el límite de lo tolerable en cuestión de sexo y crueldad. Esa era su gracia. Mantener al público sin respiración hasta que acaba el gag.
Sin saber si se va a pasar, si se va a hundir, para suspirar de alivio viendo que se ha producido el milagro, se ha llegado a un nuevo rincón de lo permitido sin que haya que lamentar víctimas.
C.K. se convertía así en el más listo del patio del colegio. El que podía decir la mayor burrada sin hundirse y caer en el ridículo. Un tipo de victoria muy respetada entre iguales, porque es lo que cualquier humorista quiere hacer. Y ahora que sabemos, ¿cómo vuelve ese respeto?
Cuándo y cómo perdonar
Por otro lado, ¿qué dice de nosotros un rencor eterno a un buen profesional? Compraríamos encantados una lámpara hecha por reclusas. Apoyaríamos sin dudar la reinserción social y nos puede llegar a cegar el fuego eterno de la venganza cuando no hay condena.
Jerry Seinfeld, cómico y colega de C.K., decía, ya en 2018, sobre el caso: “Conocemos el procedimiento: la persona hace algo mal. La persona es humillada. Es exiliada. Sufre, queremos que sufra. Adoramos la caída. Adoramos el golpe y el ruido de la caída. Y después adoramos que se arrastre. La súplica. ¿Te vas a arrodillar? ¿Cuánto tiempo te vas a arrodillar?” La cita es de Wikipedia, pero demasiado pertinente como para dejarla pasar.
Juicio a la petición de disculpas
Seinfeld afeaba a la gente, nosotros, la necesidad de oír personalmente las disculpas y ese es todo un tema en la actualidad, donde impecables comunicados pidiendo perdón se emiten todos los días para solucionar crisis de reputación. Tan impecables que suenan a diseño de publicista o de inteligencia artificial.
Y por otro lado, si no aceptamos ni una disculpa perfecta, ¿qué queremos? ¿Un paseo de la vergüenza, como el que le hacían a Cersei Lannister en Juego de Tronos?
En el caso de C.K., su primera respuesta tenía algo de insufrible. “Nunca enseñé el pene a una mujer sin pedir permiso antes”. “El poder que tenía sobre esas mujeres era que me admiraban”. Venga ya.
Varios años y entrevistas después, el cómico ha admitido asistir regularmente a reuniones de Adictos al sexo y al amor anónimos. A saber si es verdad, y si lo es, vaya filón para un analista del comportamiento humano.
La amarga cosecha de 2017
El mismo 2017 que supimos cómo se las gastaba C.K. en la intimidad fue cancelado Kevin Spacey por numerosas denuncias de acoso sexual. Parte de su camino de regreso ha sido pasar de protagonizar películas como las que le dieron dos Óscar a hacer un cameo en Torrente presidente.
Sobre Netflix y su varita mágica del perdón, Spacey ha atacado a la plataforma por haber enterrado la biografía que había filmado sobre Gore Vidal. “Una de las mejores películas que he hecho”, dijo el actor en una conversación con Bill Maher.
El infame director de Melania
2017 fue también el año de la caída de Brett Ratner, director de series como Prison Break. Fue acusado por numerosas mujeres de conducta sexual inapropiada y de violaciones.
Warner Bros rompió relaciones con él y, a pesar de que en 2025 salieron fotos suyas con Jeffrey Epstein, fue elegido para rodar el publirreportaje en forma de película sobre Melania Trump.
La cinta se pegó una monumental bofetada en la taquilla. Costó más de 65 millones de euros entre producción y promoción y recaudó 14 millones de euros en todo el mundo.
Cineasta elegido por Trump
Sirve para representar los movimientos de cancelación. El Me Too buscaba reparación desde las víctimas hacia los poderosos. Trump ha querido que, entre todos los cineastas, fuera uno odiado por docenas de sus compañeras mujeres quien se vinculase a él a través de esta película. Lo hizo nada más volver al poder mientras enterraba los prometidos archivos del caso Epstein.
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Da mucho gusto pensar que, aunque Trump y Jeff Bezos, patrocinador de la película, acumulen el poder y el dinero no han podido convencer a la sociedad de que ofrecen un producto digno e interesante.
Recuperar el prestigio
El sociólogo francés Pierre Bourdieu establecía el capital simbólico de un individuo como el reconocimiento, prestigio y legitimidad que se le otorga. La persona con ese “aura” de autoridad tiene la capacidad de imponer definiciones sobre lo válido, verdadero o respetable.
Falta tiempo para valorar si el Me Too ha creado crisis de prestigio diferentes a las anteriores. No es lo mismo drogarse, conducir borracho, ser cleptómano o evadir impuestos, como ha pasado en ocasiones a figuras de la industria audiovisual, que ser denunciado por abuso sexual en el trabajo. Especialmente en casos como el de C.K., a quien le gusta arañar bajo la superficie de lo que se considera respetable.