Arte, corporeidad y estatus: "Siempre nos han gustado los cuerpos bellos, pero no siempre los mismos"

Pintura de 'Las tres gracias'.

Desde las Venus de Willendorf hasta las performances contemporáneas, la representación del cuerpo ha acompañado al arte desde sus orígenes. Pintores, escultores y artistas de todas las épocas han recurrido a él para narrar mitos y escenas religiosas, retratar a quienes ostentaban el poder o cuestionar las normas de su tiempo.

Pero esos cuerpos nunca han sido los mismos. Han cambiado las formas, los gestos, los ideales de belleza, aquello que merecía ser mostrado y aquello que permanecía oculto. Porque el arte no solo ha representado los cuerpos: también ha reflejado la manera en que cada sociedad los entiende, los valora y los mira.

Esa relación entre el cuerpo y el arte será una de las cuestiones que se abordarán en la próxima edición del Festival de las Ideas —en Madrid, entre el 17 y el 20 de septiembre—, a través de conversaciones como Por la cara, Poner el cuerpo, El cuerpo de Venus, en el arte y en la ciencia o La difícil tarea de ser uno mismo.

Cómo cada época ha ensalzado unos cuerpos sobre otros

El arte constituye uno de los mejores archivos para entender cómo cada sociedad ha representado, valorado, visibilizado o invisibilizado los cuerpos, ya que, como señala a infoLibre Javier Moscoso, filósofo, investigador del CSIC y codirector del Festival de las Ideas, “no siempre han estado valoradas las mismas formas de corporeidad”. De hecho, sostiene que “no hay una historia del cuerpo o un conocimiento del cuerpo que no incluya una reflexión sobre su representación”.

Ana González Mozo, jefa de Colección de Pintura Italiana del Renacimiento en el Museo del Prado, coincide en que la manera de representar el cuerpo ha cambiado a lo largo de la historia, porque también se ha ido transformando la forma de verlo y concebirlo. La manera en la que los artistas eligen plasmar el cuerpo dice mucho de la época en la que se enmarcan las obras.

La historia y la biografía del ser humano ha sido sostenida, representada, escrita y construida por hombres

Cristina Consuegra

La doctora en Bellas Artes, que también participará en el Festival de las Ideas, explica cómo en la Edad Media no se prestaba atención a las representaciones fidedignas de la piel o el cabello —porque se trataba de un arte iconográfico o simbólico—, mientras que durante el Renacimiento se volvió imprescindible la verosimilitud de los cuerpos, atendiendo a elementos como “la expresión de la cara, las proporciones o la representación de una piel que pareciera viva”.

Es por ello por lo que en las salas de los museos y los libros de historia del arte conviven cuerpos muy distintos, pero amparados bajo el ideal de belleza de su tiempo. Las tres Gracias —divinidades que representaban la belleza, la alegría y la fertilidad— han sido representadas de maneras muy distintas según el canon de belleza de la época. Los cuerpos de Las tres Gracias de Rubens, una de las representaciones más conocidas de estas diosas, son mucho más voluptuosos que las que pintó Botticelli en La Primavera. Épocas distintas, maneras distintas de mirar los cuerpos y representar la belleza.

Y es que, para González Mozo, es la concepción que la sociedad tiene del cuerpo y lo que valora en cada momento lo que determina cómo y qué pintan los artistas, adaptándose a los cánones, restricciones y modas de su tiempo.

No hay una historia del cuerpo o un conocimiento del cuerpo que no incluya una reflexión sobre su representación

Javier Moscoso

De igual manera, las formas de “adornarnos y presentarnos” al mundo también han ido variando. Para Moscoso, un claro ejemplo lo encontramos en la piel. Durante siglos, las familias reales y las clases nobles se han escondido del sol para mantener su piel lo más pálida posible, ya que una tez morena era sinónimo de pobreza, de trabajo en el campo. Sin embargo, y a pesar de las advertencias de los dermatólogos, en los últimos años los cuerpos bronceados se han asociado a la salud. Una idea que, en realidad, refleja un privilegio: el de quienes pueden permitirse viajar a destinos soleados y exponerse al sol durante todo el año.

Lo mismo ha ocurrido con los tatuajes; a lo largo de la historia han tenido significaciones muy distintas que han ido desde la vinculación a clases excluyentes —antes se tatuaban los presos, prostitutas o marineros— hasta la aceptación e identificación con un estilo de vida desenfadado.

Un legado sesgado

Las obras de arte a las que hemos mirado para observar cómo se han reflejado los cuerpos a lo largo de la historia constituyen un “canon incompleto”. según Cristina Consuegra, gestora, programadora y comisaria cultural. Integrante también del Festival de las Ideas, apunta que “la historia y la biografía del ser humano ha sido sostenida, representada, escrita y construida por hombres”, lo que ha dejado fuera la experiencia y perspectiva de la mitad de la población.

La riqueza siempre ha sido, y sigue siendo, una de las características y signos propios de la belleza

Javier Moscoso

Para Consuegra, ese sesgo no solo está presente en quiénes aparecen representados en las obras, sino también en la forma en la que hemos aprendido a interpretarlas. El canon artístico no es únicamente una selección de imágenes, sino también una manera de mirar heredada durante siglos. Por eso, considera necesario revisar los relatos que acompañan a determinadas representaciones: “No debemos obviar que todo rapto es una violación”. Así, escenas mitológicas como El rapto de las Sabinas o El rapto de Perséfone, han sido tradicionalmente contempladas desde la belleza de la composición o su destreza técnica, pero también contienen una violencia que durante mucho tiempo quedó desplazada del análisis.

“El canon que hemos recibido tiene un sesgo de género. Ese canon tiene que ser cuestionado, desafiado, y en caso de que sea necesario, reescrito y re-representado”, afirma. Consuegra ve clave conocer el canon, su legado y su historia “para apropiarnos de su intención y replantear una nueva desde el ahora”: “No tiene sentido que el legado se muestre como algo inmutable e intocable”. Cree, por ello, que frente a la cultura de la cancelación y la censura “debemos educar la mirada”, que nos debe servir para “saber si, cuando observamos un lienzo, eso que representa está dialogando con el legado o con la contemporaneidad”.

La belleza: más allá del físico

Durante siglos, el arte y la representación de los cuerpos ha estado ligada a las clases sociales más influyentes. En este contexto, la belleza ha funcionado como una herramienta fundamental de comunicación y atracción visual, especialmente en épocas en las que el arte constituía el principal medio de difusión.

La doctora en Bellas Artes González Mozo señala cómo cualquier observador, sea especializado o no, siempre prestará más atención a una obra si las historias se narran a través de cuerpos bellos. En diferentes épocas del pasado, esta búsqueda de la belleza no solo ha respondido a un fin estético, sino a una necesidad de comunicación —ejemplo de ello son las figuras de vírgenes o ángeles en las representaciones religiosas—. De este modo, si el objetivo era captar la mirada del espectador para relatar una historia sagrada, cuanto más bello y mejor pintado estuviera el cuerpo, más se lograba asegurar su atención.

Para Moscoso, es evidente que “siempre nos han gustado los cuerpos bellos”, aunque matiza: “No siempre los mismos cuerpos, ni de las mismas personas, ni de los mismos géneros”.

En otra línea, el filósofo recuerda que la idea de belleza no siempre ha estado ligada a lo que hoy entendemos por un cuerpo bello, sino a “lo que entendemos por un cuerpo sano y, sobre todo, un cuerpo elevado en el sentido social”. Históricamente, la belleza ha estado definida por el estatus social y la disposición moral más que por el físico en sí. Como ejemplo, Moscoso cita El Decamerón, donde la belleza de los personajes venía determinada por su condición de nobles, príncipes o princesas y por su moralidad, independientemente de cómo fueran sus cuerpos.

Aun así, las clases más acomodadas de todas las épocas han disfrutado de mejores condiciones higiénicas y de vida, lo que les ha proporcionado “más oportunidades de embellecimiento”. Esta dinámica continúa en la actualidad pues, según Moscoso, cualquier persona con recursos económicos puede convertirse en "una persona hermosa".

En ese sentido, la riqueza sigue siendo un atributo de belleza que trasciende la corporalidad. Como ejemplo, el filósofo señala lo habitual que resulta ver parejas formadas por un hombre de edad avanzada, pero con un elevado estatus social, y una mujer joven y atractiva. Una muestra de que “la riqueza siempre ha sido, y sigue siendo, una de las características y signos propios de la belleza”.

El codirector del Festival de las Ideas reflexiona sobre cómo, en la actualidad, quienes no pueden alcanzar la belleza asociada a la nobleza, la aristocracia o el dinero encuentran una alternativa más accesible: “esculpir su propio cuerpo”. En un contexto en el que aumentan las suscripciones a los gimnasios, y los gurús del deporte ganan cada vez más seguidores, moldear el cuerpo se convierte en una decisión personal que, para Moscoso, puede generar una "idea de ambición" en cualquier sentido, ya sea para lograr una “atracción física o de cualquier otra forma”.

Del cuerpo representado al cuerpo que crea

Hasta ahora, el recorrido por la historia del arte ha mostrado cómo los cuerpos han sido representados, juzgados y convertidos en reflejo de los valores de cada época. Sin embargo, el cuerpo no solo ha sido objeto de representación, sino también la herramienta con la que el propio arte se crea. Para Cristina Consuegra, gestora, programadora y comisaria cultural, ambas dimensiones son inseparables: “Es al mismo tiempo un medio y un fin”.

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La restauradora González Mozo recuerda, por su parte, que artes como la pintura o la escultura requieren de un movimiento corporal constante. El gesto de la mano, la postura o la fuerza del cuerpo forman parte del propio proceso creativo. Esa relación se hace todavía más evidente en disciplinas como la danza, en cuyo ámbito concreto destaca Consuegra el flamenco, donde el cuerpo deja de ser únicamente un objeto de contemplación para convertirse en el lenguaje con el que el arte se expresa.

“El cuerpo es el lenguaje, el vehículo o la partitura”, explica. Es el instrumento con el que se ejecutan el cante y el baile, pero también “el fin último”, porque es en él donde la obra se muestra, se representa y cobra sentido: “En el flamenco, todo tiene que ver con el cuerpo”. Esta reflexión será precisamente el punto de partida de la conversación que Consuegra mantendrá en el Festival de las Ideas junto a Luz Arcas, Niño de Elche y Rocío Molina. Los tres artistas proponen pensar el cuerpo “no como un vehículo para el lucimiento, sino como un territorio de resistencia, memoria y desobediencia frente a las normas de la tradición”.

Al fin y al cabo, el cuerpo atraviesa toda la historia del arte desde una doble condición. Ha sido el lienzo sobre el que cada sociedad ha proyectado sus ideales de belleza, poder o moral, pero también el instrumento con el que esos mismos ideales se han cuestionado, transformado y, en muchas ocasiones, desafiado. Quizá por eso, entender cómo representamos los cuerpos siga siendo una de las mejores formas de comprender la sociedad que los mira.

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