El artista vencido por el monumento

Vista de la sala de la exposición de Fernando Sánchez Castillo, 'La Perla Peregrina', en el Palacio de Velázquez.

"El arte es una fuerza que hace temblar las narraciones del Estado". Lo dice Fernando Sánchez Castillo (Madrid, 1970) justo al comienzo de su exposición en el Palacio Velázquez, que reabre con esta muestra tras dos años cerrado por obras de rehabilitación. La afirmación –tan de primeras, tan rotunda– contrasta con la variada colección de monumentos, pedestales y esculturas colosales que pueblan la solemne subsede del Reina Sofía en el parque del Retiro.

La muestra, articulada alrededor de la reproducción del estudio del artista, lleva por título La Perla Peregrina, joya insigne del ajuar de los Habsburgo y protagonista de un sinnúmero de azares. Cuenta la leyenda que fue hallada por un esclavo en Panamá, y que compró con ella la libertad de su amada. De ahí, al Escorial, para engalanamiento de los monarcas españoles: Velázquez la pinta ceñida al sombrero de Felipe III y en la cintura de Isabel de Borbón, consorte de Felipe IV. Robada por José Bonaparte, la joya saltó por Europa hasta embarcarse hacia las Américas, rumbo al escote de Elizabeth Taylor.

Según leemos, la perla sirve como hilván simbólico de la retrospectiva. De una parte, sus idas y venidas (y su insólito final) ejemplifican los vaivenes de la historia (el nombre, por cierto, no le viene por viajante, sino por tener una forma "peregrina", esto es, extraña). De otra, porque hablamos de un objeto valiosísimo surgido de una molestia: como se sabe, las ostras recubren con nácar la arena que se les cuela para minimizar las abrasiones. Tristemente, el título funciona más como anécdota que como asidero de una exposición que se contenta (y bien está que lo haga) con recapitular las líneas más señeras de la producción del artista madrileño. A saber, su trabajo con los monumentos, sus esfuerzos por subvertirlos y la decepcionante certeza de que las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo.

La exposición, decíamos, se compone de dos centenares de obras que van desde la acuarela hasta la escultura en bronce, pasando por el vídeo, la instalación, las obras icónicas y los trabajos en proceso. En el capítulo de lo conocido podemos mencionar Azor, Síndrome de Guernica (2012), una escultura modular hecha con los restos del barco de recreo de Franco, reconvertido ahora en una serie de cubos de metal aplastado. (La historia de la pieza, como muchas otras de Sánchez Castillo, es fascinante: Felipe González se deshizo de la embarcación porque en los periódicos le afearon su disfrute. Subastado, un señor de Burgos trató de convertirlo —sin éxito— en un motel). Comparecen también un buen número de bronces ecuestres descabezados o reconvertidos, variaciones racializadas de algunas esculturas famosas o versiones ideológicamente progresistas del monumento tradicional, como una figura de gran formato del hombre de Tiananmén.

También, muchas obras que recontextualizan artefactos represivos (por ejemplo, tanquetas antidisturbios), poniéndolos al servicio de las bellas artes. Muchos de los trabajos apuestan todo a la idea ingeniosa que los alumbra, como la gran estatua en la que un soldado carga a ciegas contra el enemigo, ya que la enorme bandera que porta se le ha enredado en la cabeza. O ese militar plegado (como bailando el limbo), cuya posición imposible sirve para sujetar un columpio.

Mirad las telas: Teresa Lanceta en el Museo Arqueológico Nacional

Mirad las telas: Teresa Lanceta en el Museo Arqueológico Nacional

La exposición nos ofrece, sin duda, una visita gustosa; resultado, supongo, de la magnificencia del espacio y de la solemnidad que permea en los trabajos del artista. Pero más allá de la impresión, me pregunto si las obras de Sánchez Castillo están a la altura de sus formidables pretensiones políticas. Si basta con remedar el vandalismo contra las estatuas (aquí, como acción calculada y estetizada) para desarmar su poder o para subrayar sus debilidades (conocidas, por cierto, por todas las culturas: la violencia contra las imágenes es tan vieja como el mundo). O si la treta de "monumentalizar" a los olvidados o los perdedores (las Madres de Plaza de Mayo, García Lorca como cliché de todos los represaliados…) logra algo más de lo que consiguieron los pintores del realismo social —esforzados retratistas de la famélica legión— hace más de un siglo. 

También, si los formidables artífices de archiduques a caballo hicieron temblar las narraciones que ellos mismos construían (el arte, me temo, sirve para una cosa y la contraria) o cómo obra tan pretendidamente contestataria se habrá colado en las salas más solemnes de un Museo Nacional o en la lista de comisionados por el Gobierno para la conmemoración del quincuagésimo aniversario del deceso del dictador (25.000 reproducciones a escala de una estatua ecuestre del Caudillo, pero sin Caudillo).

La exposición puede visitarse hasta comienzos de marzo del año próximo y el catálogo de obras irá aumentando. Con la ayuda de antropólogos forenses, Sánchez Castillo pretende reproducir el cráneo de Lorca "atravesado por la bala de sus verdugos". (Anatomía ficción).

Más sobre este tema
stats