El mercado del arte va a la huelga
La próxima semana, las galerías españolas cerrarán a modo de protesta. ¿El motivo? Un agravio comparativo: el mercado del arte soporta un IVA muy superior al del resto de industrias culturales. Concretamente, el 21% versus el 4%. La petición, que suena cabal (si vale para los libreros y los músicos, ¿por qué no para los marchantes?), choca una y otra vez con dos escollos en apariencia inamovibles. El primero, la indolencia del Ministerio de Cultura. La segunda, la percepción general que tiene el contribuyente promedio del "producto artes plásticas": chorradas caras que compran ricos horteras.
En alguna ocasión (y en estas mismas páginas) nos hemos asombrado de la pésima labor comunicativa efectuada por la patronal artística. Quiero decir: en un país donde tantísima gente protestó para que se bajaran los impuestos de las entradas de cine (industria multimillonaria cuyas estrellas alardean sin ningún problema de mansiones y fragatas), muy mal hay que hacerlo para caer tan mal vendiendo acuarelas a cuatrocientos machacantes.
En su comunicado, el consorcio de galerías motiva su reivindicación señalando el perjuicio que la diferencia impositiva les causa frente a sus colegas internacionales. Es cierto: si en el ARCO pasado vimos cómo un museo español cancelaba la adquisición de la obra de un artista español representado por una galería española al verla impositivamente rebajada en el stand de cierta galería centroeuropea, cuánto más sucederá con los compradores particulares. "Por una semana", prosigue el comunicado, "todas las galerías de España dejamos de ser espacios culturales gratuitos abiertos a toda la ciudadanía como forma de protesta y llamar la atención". Siendo que ambas cosas son ciertas, me pregunto qué impacto tendrá el cierre más allá de las estrechas lindes del mundillo. Los profesionales del arte ya sabemos que mantener el 21% es injusto para un sector donde la mayoría de las transacciones no pasan de un montante pequeño; que eso dificulta que los artistas más jóvenes comiencen a vender y que si nadie colecciona los pintores cuelgan la brocha y a ver con qué llenamos los museos dentro de un par de décadas. Los que vamos a las galerías, ya sea por oficio o por afición, conocemos el papel que juegan en la promoción de las carreras de sus representados y el fantástico beneficio que nos brindan a los interesados, dejándonos ver —sin pasar por taquilla y sin exigir compras— qué se cuece en el arte de nuestro tiempo. Me pregunto, sin embargo, si esto lo sabrá alguien más: si ese servicio a la ciudadanía ha sido suficientemente divulgado.
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Recuerdo aquella campaña contra la piratería que aparecía al comienzo de los deuvedés. Cada vez que te descargas una película, un figurinista, un técnico de luces y un utilero se van al paro. Lo mismo sucede si colapsa el sistema del arte: no me preocupa si Yoko Ono pasa apuros para llenar el depósito del Rolls-Royce, sino la de montadores, comisarios, asistentes y jornaleros del cincel y el daguerrotipo van a quedarse sin paga. (Tampoco soy ingenuo, y dudo que —de conseguirse la mejora— las galerías repartiesen los beneficios entre sus plantillas. Esta semana leía en un informe sobre las condiciones laborales del sector que el 45% de los encuestados jamás ha tenido una revisión salarial, que los ascensos apenas conllevan mejoras retributivas y que un gran número de los empleados del sector está deseando que le salga trabajo en otro lado. También les digo, durante un tiempo trabajé en una productora de cine —trabajo infernal y alimenticio— y nunca vi que los taquillazos se transformasen en aguinaldos).
Disponer de doscientos, mil o un millón de euros para gastar en un cuadro es un privilegio del que no todo el mundo disfruta; como lo es irse de puente o zamparse un arroz con gambas (delicia que, por cierto, padece un IVA del 10%, el mismito en Casa Paco que en el Celler de Can Roca). La cuestión es, a mi juicio, si es de recibo que haya unos sectores culturales privilegiados y otros castigados por el Estado. Como dijimos en otra ocasión, todos entendemos que las políticas para favorecer a la industria musical no están pensadas para Bad Bunny ni las destinadas al cine se piensan mirando a Harrison Ford. Haríamos bien, como sector, en dedicar algún esfuerzo en explicar que, aunque Felipe IV le encargó las Meninas a Velázquez, la dotación presupuestaria del Prado no es para beneficio de la casa de Habsburgo.
Sobre el Ministerio, espero poco. ¿El estatuto del artista? Lo están peinando. No me imagino a Urtasun (un señor que se lamenta del cierre de librerías como si las penurias del gremio no fuesen competencia suya), padeciendo ningún escrache en la sede de su negociado. La escena sería preciosa: miríadas de ciudadanos exasperados al verse privados de su paseíto artístico por Lavapiés. Como medida de presión, quizás hubiese sido más directo darle plantón en ARCO.