Carlota O’Neill: la reportera que escribió la primera crónica de la guerra civil el 17 de julio de 1936 en Melilla

Carlota O’Neill en el exilio, en Venezuela.

Eulalia Ramírez Nueda

"El grito agudo de la sirena pone en conmoción toda la Base. Son las seis y media de la tarde. Otro grito de auxilio sale de los labios de los soldados, clases, obreros, marineros y obreros, todos trabajadores de la Base. Es el nombre de un capitán de aviación".

Con estas expresivas palabras la escritora y periodista Carlota O’Neill de Lamo inicia la crónica Cómo tomaron las fuerzas de Regulares la Base del Atalayón. [En la siguiente imagen, podemos leer sábado, 17 de julio, cuando en realidad el 17 de julio de 1936 fue viernes].

Escrita el 19 de julio de 1936 y en el mismo lugar de los hechos, es la primera sobre de la guerra de España. Convertida en improvisada reportera de guerra, en esta primicia, O’Neill nos habla de los sucesos bélicos acaecidos, a partir del 17 de julio de 1936, en dicha Base, situada a medio camino entre Melilla y Nador. El capitán a quien piden auxilio no es otro que su propio marido, Virgilio Leret Ruiz, jefe accidental de la Base de Hidroaviones del Atalayón.

Este escrito, que marcó como hierro candente la vida de Carlota O’Neill, permaneció en su causa judicial sin que la propia autora volviera a verlo en su vida. Fue su hija menor, Carlota Leret O’Neill (Lotti) —a la que Melilla le concedió la medalla de oro de la ciudad en 2020— , gran luchadora por recuperar la buena imagen de sus padres, quien consiguió recuperarlo en 2003, ya que estaba entre todos los legajos del expediente judicial de su madre en el Archivo de Ceuta. La crónica le supuso un consejo de guerra, como veremos. Sobre lo vivido en la cárcel de la Fortaleza Victoria Grande de Melilla, nuestra autora escribió uno de los primeros libros sobre la represión franquista durante la guerra civil e inmediata posguerra: Una mujer en la guerra de España (1977). La secuela de esta obra es Los muertos también hablan (1964), pero ambas fueron originalmente publicadas en 1964 en el exilio; la primera con el título Una mexicana en la guerra de España.

Conspiración contra el Gobierno de España en Melilla

Antes de avanzar en la crónica de guerra, vamos a acercarnos a la tensa situación política y militar de Melilla, ya que en esta plaza militar española se había estado urdiendo una larga conspiración, fundamentalmente después de las elecciones de febrero de 1936, cuya fuerza no supo medir el propio Jefe de la Circunscripción Militar Oriental de Marruecos, el general Manuel Romerales Quintero, tal vez porque estaba rodeado de oficiales y mandos que mayoritariamente formaban parte de dicha conspiración. Tampoco detectó nada el inspector de policía Antonio Lozano, enviado desde Madrid por el director general de Seguridad, Alonso Mallol. Es más, entre el 5 y el 12 de julio, las maniobras militares que cada año se desarrollaban en Llano Amarillo, una planicie al pie de las montañas de Ketama, en el Atlas, a unos 160 kilómetros de Tetuán y 260 de Melilla, sirvieron de tapadera para ultimar detalles del golpe militar. Y el general Romerales no entendió que el 12 de julio, durante el banquete de clausura de dichas maniobras, muchos gritaron "¡Café, café, café…!", cuando realmente estaban aclamando "¡Camaradas, Arriba Falange Española!". El día anterior, el 11 de julio, el avión Havilland DH.89 Dragon Rapide, fletado por el multimillonario mallorquín Juan March, había despegado del aeropuerto de Croydon en Londres con destino a Las Palmas de Gran Canaria para recoger al general Francisco Franco y llevarlo hasta Tetuán.

"Los dos primeros frentes": la ciudad de Melilla y la Base del Atalayón

La misma mañana del 17 de julio de 1936, los conspiradores habían trasladado armas al viejo caserón de Melilla la Vieja que albergaba la Comisión Geográfica de Límites de África, con el fin de repartirlas entre los falangistas a primera hora de la tarde. A las dos y media, Jaime Fernández Gil, Delegado del Gobierno en Melilla, es avisado de dicho reparto. Informado el general Romerales, convoca una reunión con los oficiales y mandos cuya lealtad cree asegurada. Se decide hacer un registro en dicho edificio —donde en esos momentos estaba reunido el Comité de la rebelión militar, que también contaba con falangistas— y envía un grupo de policías protegidos por guardias de seguridad al mando del teniente Juan Zaro Fraguas. Los conspiradores piden ayuda a un Tercio de la Legión, y los policías y guardias civiles son reducidos. A las cinco de la tarde, el general Romerales es destituido por el coronel Luis Solans Labedán. Por las calles de la ciudad hay tiroteos por parte de elementos de la Falange Española y pequeñas manifestaciones de obreros, desarmados, intentando convocar una huelga general. Mientras tanto, se producen los hechos en la Base de Hidroaviones del Atalayón. Así da comienzo una guerra que arrasará España en todas sus dimensiones: social, económica, cultural...

Una mujer en la guerra de España… y en la cárcel

Carlota O’Neill (1905-2000) se encontraba desde el 1 de julio de 1936 en Melilla, porque el capitán de aviación Virgilio Leret (1902-1936) había tenido, en palabras de la propia periodista, "la feliz ocurrencia de un hombre enamorado" de que su mujer y sus dos hijas, Mariela y Lotti, de 9 y 7 años respectivamente, pasaran el verano de 1936 en Melilla. Leret estaba destinado en esta plaza militar temporalmente, al parecer, por propia decisión del propio presidente la República, Manuel Azaña, por ser hombre de su confianza: "En el mes de junio de 1936, Manuel Azaña pidió a Virgilio, como favor especial, fuera a encargarse de la jefatura de Aviación de Melilla, ─norte de África─ solo por tres meses, julio, agosto y septiembre, debido a quién sabe qué cambio de personal".

En septiembre, se probaría el prototipo del innovador Mototurbocompresor a reacción, que había diseñado y patentado el propio Leret, y que revolucionaría el mundo de la aeronáutica. La familia iba a permanecer, como en 1933, en la misma draga anclada a unos cien o doscientos metros de la orilla, en la paradisíaca ensenada de la Mar Chica de Nador, ubicación de la base aeronaval española El Atalayón, a pocos kilómetros de Melilla. Como es bien conocido, en 1936 Nador pertenecía al Protectorado Español de Marruecos, con capital en Tetuán, que abarcaba el norte de Marruecos desde la costa atlántica hasta Argelia, exceptuando la ciudad internacional de Tánger.

Ese aciago 17 de julio, por la tarde, Carlota O’Neill, el capitán Virgilio Leret y sus dos hijas,estaban paseando de regreso a casa después de haber visitado un cementerio antiguo árabe en la zona cuando sonó "el grito agudo de la sirena de alarma" de la Base de Hidroaviones. El capitán Leret se preparó para ir inmediatamente a su base dejando a su familia en la draga.

Cuando llegó a la Base de Hidros, como jefe accidental de la misma se opuso a la sublevación defendiéndola con escasos hombres —recordemos que parte de la tropa y de mandos estaba de permiso veraniego, y otros ya estaban en sus casas para pasar el fin de semana— del ataque de las Fuerzas de Regulares Indígenas de Melilla número 2. Entre ellas estaban la Primera Compañía del I Tabor de Infantería y el Tabor de Caballería. Leret y sus hombres, tras un intenso tiroteo, mataron a dos de los atacantes (un soldado y un sargento marroquíes), aunque otras fuentes indican que las bajas fueron muy superiores. Los sublevados pidieron refuerzos. Llegó, entre otras unidades, la Segunda Compañía del I Tabor de Infantería. Al verse tan superados por las fuerzas enemigas y con escasa munición, los soldados leales al Gobierno se rindieron, siendo trasladados al fuerte de Rostrogordo. Horas más tarde, ya en la madrugada del 18 de julio, lo hicieron el capitán Virgilio Leret, semidesnudo y con un brazo roto , y los alféreces Armando González Corral y Luis Calvo Calavia.

Fueron fusilados por un pelotón que se formó con varios de los mismos soldados de Leret, y posiblemente enterrados en una fosa común. Estos tres militares eran los primeros caídos por el Gobierno legítimo y constitucional de España, fruto de las elecciones legislativas del 16 de febrero de 1936. Carlota Leret O’Neill tiene confirmación de estos hechos gracias a una carta que le envió la escritora Angelina Gatell, viuda de uno de los soldados de la Base de Hidros.

Mientras se producían todos estos acontecimientos, Carlota O’Neill y sus dos hijas, en compañía de Librada Jiménez, una empleada que se había venido con la familia desde Madrid, permanecieron escondidas en la draga. Es entonces cuando la periodista, testigo excepcional, no pudo evitar ponerse a escribir y plasmar en unas cuartillas todo lo que estaba viviendo, es decir, la primera crónica de la guerra, como ya hemos dicho. Desde el navío, O’Neill puede ver, además de la propia base, una barriada obrera, en estos días ya muy dañada por los sucesos, donde viven las familias de los marineros y de los trabajadores de los talleres de la base, "llena de algarabía y alegría de los niños". Sin embargo, el 17 de julio, según constata su crónica:

"Toda esta vida sencilla de alegría y trabajo se paraliza instantáneamente al toque de alarma. ¿Qué pasa? Las mujeres al quedarse solas, los hombres todos como uno solo se fueron a la Base –lívidos los rostros, chillan y gritan desoladas llamando a sus hijos como las gallinas a sus polluelos–. Nosotros nos refugiamos en la cámara del barco, desde las escotillas los ojos llenos de terror, oteamos la Base. Mientras a escasos metros vemos avanzar el ejército de gatos salvajes, las trágicas chichías [o tarbuch, gorro rojo, con forma de cono truncado, del que cuelga una borla negra] y los uniformes de regulares que ensangrentaron Asturias. Hay un silencio espantoso, calma trágica. mientras, estos hombres de (…) manos y ojos de sangre se deslizan".

Por una parte, vemos la brutalidad con que los sublevados tomaron la base, siguiendo la 1ª Instrucción Reservada, del 25 de mayo, del director del golpe militar, el general Emilio Mola: "Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado". Por otra, en su crónica, la autora nos evoca que, durante el llamado Bienio Negro (noviembre 1933-febrero 1936), la revolución de los mineros asturianos de 1934 había sido aplastada por los experimentados generales en reprimir a la población civil, Francisco Franco y Manuel Goded, enviados allí por el entonces presidente del Consejo de Ministros, Alejandro Lerroux. Los militares trajeron de África a la Legión y a los Regulares, y desplegaron bombarderos y artillería causando miles de víctimas entre muertos, heridos y detenidos, y dejando una sangrienta herida que todavía perduraba en la sociedad española. "Imágenes tenebrosas de los episodios de Asturias surgen en la memoria. Y continúa, a medida que transcurren los momentos, con persistencia feroz a medias, el tiroteo", escribirá la periodista más adelante en esta misma crónica.

Además, en sus cuartillas, Carlota se queja de la falta de personal y también de la falta de medios aéreos en la propia Base de Hidroaviones para parar la rebelión:

"¡Si hubiera siquiera un par de hidros en vuelo! Pero nada, en la Mar Chica flotan desconsoladas las grandes boyas en que hace unos meses amarraban los aparatos hoy encerrados en los hangares con alas estériles y sin motores (…). Si volaran los aeroplanos no estarían los moros (otra palabra ilegible) (...) ¿cómo no los tienen siempre en el agua por si ocurre esto? Entonces haber oído decir que los iban a cambiar los motores… Pero, ¿todos a la vez? ¿por qué no pueden ir mudándolos uno por uno sin dejar completamente huérfana de aparatos de un solo golpe todas las Bases? Solamente hay un solo hidro en vuelo en toda España que, en la actualidad, debe estar en la Base de los Alcázares".

Parece que la autora está dando a entender que no era casualidad que el ejército de España en África no dispusiera de ningún hidroavión en funcionamiento, por lo que los sublevados no encontraron resistencia aérea. De hecho, como ya hemos adelantado, Melilla era una de las ciudades españolas donde la conspiración contra el Gobierno de la República tenía más adeptos, no solo entre los militares sino también entre la población civil, con amplia presencia falangista. Hablaremos más delante de las funestas y falsas acusaciones del jefe de Falange Española en Melilla, Manuel Requena Cañones, que llevarán a Carlota O’Neill a la cárcel.

Carlota O’Neill, encarcelada por una acusación falsa

Entre el 17 y el 22 de julio, mientras permaneció en la draga, la periodista mantuvo discretamente ocultas las cuartillas que había escrito sobre los primeros episodios de la guerra civil, ya que diariamente, un marinero, vigilado por Regulares, le llevaba todos los días agua y algunos alimentos. Cuando el 22 de julio tuvo la posibilidad de trasladarse a una vivienda en Melilla, las guardó en un baúl entre las ropas y enseres suyos, de sus hijas y de la empleada. Ese día, el marinero que le había llevado el agua le pasó secretamente un papelito: "Señora; no siga más tiempo ahí… Trasládese usted y su familia a mi casa, que está situada (aquí la dirección). Yo soy amigo de su esposo". No tiene firma, pero hoy sabemos que se trataba del alférez José Luis Proaño. Antes de mudarse, las dos mujeres y las dos niñas habían ido a conocer a las familiares del alférez amigo de Virgilio Leret que se habían ofrecido a acogerlas, comprobando que eran unas personas muy amables y atentas. Carlota, para tener más sitio en el coche que habían alquilado, dejó a sus hijas con estas mujeres tan cariñosas y se fue a la «casa flotante», en compañía solo de Librada:

─¿Volverás pronto, mamá?

─Dentro de una hora estoy aquí con vosotras.

─Adiós, Mamá...─. Me siguieron sus voces después de haber doblado la esquina.

─¡¡¡Adiós!!!

Recogió sus pertenencias, incluidos dos pollos que tenían en el barco, siempre bajo la vigilancia de los militares sublevados. Sin embargo, cuando Carlota se disponía a reunirse con sus hijas, en el coche puesto a su disposición por el capitán Joaquín Soler, jefe de la Base que había sustituido a Virgilio Leret, vio que dos soldados marroquíes se habían sentado junto al conductor y que estaban custodiados por otro vehículo. El automóvil se desvió de su ruta y dejó a las dos mujeres en la Comandancia Militar de Melilla. Allí permanecieron toda la noche, hasta que la escritora y su criada, tras intensos interrogatorios individuales por parte de militares y falangistas, acabaron con sus huesos en la cárcel de mujeres de la Fortaleza de Victoria Grande. Aunque, en realidad, el delito de O’Neill consistía en ser una mujer moderna, emancipada, "de ideas avanzadas", oficialmente fue acusada de infracción de bando de guerra. El propio capitán Soler reconoce que había sido instigado por Manuel Requeña Cañones, quien hizo unas acusaciones difusas y cargadas de maledicencia contra Carlota O’Neill: "...Conociendo sus avanzadas ideas, suponía que podía estar en contacto con elementos extremistas de la Ciudad (…); la detenida es mujer en extremo peligrosa, comunista de ideología y que ha mantenido también contacto con los demás elementos de aquella idea, sin que pueda concretar a qué acto se ha contraído dicha actividad".

El 21 de agosto, tras innumerables pesquisas e interrogatorios a más de 20 personas, incluido un niño de 11 años, Carlota O’Neill y Librada Jiménez fueron absueltas, pero sin ser liberadas, puesto que permanecieron en presidio como detenidas gubernativas. La escritora recoge muy bien este momento en Una mujer en la guerra de España:

─¡Bien, como faltan pruebas contra Vd., como en las averiguaciones que se han hecho no se ha descubierto que perteneciera a ningún partido político ni tuviera actividades de ninguna clase, vengo a notificarle que tanto usted como su sirvienta, quedan absueltas! (…) Eso no quiere decir que usted y su sirvienta salgan en libertad.

─¿Y… la inocencia?

─Eso no es obstáculo para que queden aquí en calidad de detenidas gubernativas.

Vemos, una vez más, la arbitrariedad del sistema judicial de los rebeldes, que ya había comenzado cuando Librada es conducida a la cárcel con Carlota, simplemente por el hecho de ser su empleada. En febrero de 1937, un juez y un escribano fueron a la cárcel a tomarle declaración sobre unas cuartillas que habían encontrado en el baúl, el cual había sido confiscado por el ejército. O’Neill confiesa que, efectivamente, ella es la autora de esas cuartillas "delatoras".

En mayo de 1937, Librada sale del presidio, pero Carlota allí continuó sin cargos. Durante su cautiverio, sobreponiéndose al hambre, al hacinamiento insalubre, a la enfermedad, a las causas judiciales… escribió Romanza de las Rejas, una colección de bellísimos poemas en prosa donde muy sutilmente, para vencer la censura, describe las crudas penalidades de las internas:

"Mis páginas, olientes a la fortaleza de Victoria Grande, en Melilla, donde nacieron y pernoctaron, con humedad y salitre, también terror, cumplieron su misión entre aquellos hermanos, habituados al trato con los libros".

Durante largos meses, continuaron las indagaciones ─una suerte de investigación prospectiva─ sobre su escrito, hasta que desembocaron en un consejo de guerra, en cuya sentencia del 13 de noviembre de 1937, "segundo año triunfal", podemos leer: "en aplicación del artículo 258 del Código Militar por injurias al ejército ya que «lanza insultos sobre las Fuerzas de Regulares, calificándolas de “tropas salvajes” y de “trágicas chichías que ensangrentaron Asturias», siendo condenada a seis años de prisión correccional".

Dado que ya llevaba desde el 23 de julio de 1936 y aplicándole la Ley de Redención de pena por el trabajo, Carlota O’Neill sale de la cárcel en marzo de 1940, pero bajo libertad condicional, tras casi cuatro años de cruel, e injusto, internamiento. "Mi tía, Carlota O’Neill, la esposa de Leret, (…) pasó cinco (sic: cuatro) años, como aprendiza de muerta, en el penal de Victoria Grande, una prisión medieval donde se amontonaron cientos de mujeres republicanas".

La escritora pasó toda la guerra civil y la inmediata posguerra encarcelada arbitrariamente. Su marido, Virgilio Leret O’Neill, fue fusilado en la misma madrugada del 17 al 18 de julio de 1936, asesinato que frustró una gran carrera científica como ingeniero aeronáutico español. Y sus hijas —recordemos, con tan solo 7 y 9 años— tuvieron que pasar la guerra con unas personas extrañas hasta que Carlos Leret Úbeda, su abuelo paterno, las internó, en 1939, en el inhumano Colegio de Huérfanas de Oficiales de Infantería, en el pueblo de Aranjuez, cerca de Madrid. Una vez liberada, su madre luchó denodadamente para recuperar a sus hijas. En 1949, con ellas se exilió de España, un país donde los barrios obreros "olían a patio de cárcel, con los mismos rostros de cárcel, que es hambre y pánico".

Carlota O’Neill cierra la primera crónica de la guerra civil anticipando, dos días después del golpe de Estado, cuál será el futuro de las dos mujeres y las dos niñas que habían quedado arrumbadas en la bodega de un barco el 17 de julio de 1936:

"…si no fuera porque huimos tenazmente de hacer literatura, diríamos que nos parecían siglos las horas pasadas en la bodega del barco. El crepúsculo se ha iniciado y vamos sumiéndonos en tinieblas".

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Y, de alguna manera, también España quedó entre tinieblas durante la guerra civil y la dictadura. Cuando se cumplen noventa años de la destrucción a sangre y fuego de una España nueva que, por fin, se estaba modernizando, de una España repleta de maestros, intelectuales, científicos, artistas, escritores y de obreros y campesinos que quieren una vida mejor, de una España que estaba empezando a construir un Estado social y de derecho y, sobre todo, cuando se estaban intentando desmantelar los poderes fácticos (militarismo, catolicismo y caciquismo) que tanto habían oprimido a nuestro país durante largo tiempo, tenemos que conocer cómo se produjo esa destrucción, y rememorar a los cientos de miles de víctimas que padecieron el zarpazo de los retrógrados. La misma Carlota O’Neill tuvo que publicar sus obras en el exilio. Conocerlas puede ayudarnos a conocer de primera mano y a rememorar a todas aquellas personas, sean célebres o anónimas, que fueron víctimas de un cruento golpe de Estado que trajo la barbarie a España.

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Eulalia Ramírez Nueda es miembro del Grupo de Estudios del Frente de Madrid .

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