OBITUARIO

Javier Marías camino de la posteridad

Javier Marías, en una imagen de archivo.

Fernando Valls

Cuando esta mañana ojeaba El País Semanal, en el que no aparecía el artículo de Javier Marías, tras finalizar el verano, cuando se tomaba el descanso de agosto, pensé que algo fuera de lo habitual habría sucedido, sin sospechar ni saber qué. Recordé el reciente artículo que le había dedicado Juan Gabriel Vásquez, en El País, ponderando su trilogía, y mi inquietud aumentó.

La última vez que tuve contacto con Marías (electrónico) fue a raíz de la publicación de su novela Tomás Nevinson (2021), pues en mi crítica, muy elogiosa, publicada en este diario, le hacía algunos leves reproches sobre los neologismos que utilizaba. Él me respondió con paciencia, dándome unas explicaciones que aunque no acabaran de convencerme, le agradecí. Marías era así, pues parecía más hosco y pagado de sí mismo de lo que luego resultaba ser en realidad en el trato —digamos— directo. Siempre respondía y te ayudaba cuando le planteabas alguna cuestión o duda relativa a su obra. Y siempre te decía que no, con las correspondientes razones o sinrazones, cuando pretendías invitarlo a algún acto, aquí o allá, aunque fuera en la misma calle Covarrubias, donde había nacido. Durante muchos años, utilizó el fax para comunicarse, y luego, a través de una intermediaria de su confianza, el correo electrónico, pero sea como fuere, nunca faltaba su respuesta.

Fue un escritor precoz (publicó su primera novela, Los dominios del lobo, 1970, con 19 años) y un joven profesor universitario, en Oxford, Wellesley College y la Complutense; y pudo serlo también de la Universidad de Padua, durante el tiempo que vivió en Venecia. En cierta forma, nunca dejó de ser aquel joven Marías, como le llamaba su maestro Juan Benet, a quien le gustaba la gente risueña. Nunca se plegó a las componendas del mundo literario ni a las triquiñuelas de los premios, aunque logró muchos y muy importantes, pues obtuvo el Premio de la Crítica española, el Herralde, los Nacionales de Traducción y Narrativa (este último lo rechazó); el Rómulo Gallegos y el José Donoso, que se conceden en Venezuela y Chile, pero no el Cervantes, ni el Príncipe de Asturias, ni tampoco el Premio de las Letras Españolas, que probablemente hubiera rechazado, ni el Nobel, a pesar de que algún año que otro apareció entre los candidatos favoritos, ni le gustaba andar de acá para allá dando conferencias o participando en coloquios, sobre todo si los organizaban instituciones del Estado. Obtuvo un gran reconocimiento tanto nacional como internacional, pues su obra se tradujo a numerosos idiomas, siempre acogida con halagos, no sólo de los lectores y de los críticos, sino también de grandes escritores.

Le debemos respeto y admiración por su compromiso cívico, su actitud siempre crítica con el independentismo catalán, que sufría en la distancia, así como en sus frecuentes estancias en Sant Cugat, donde era vecino del profesor Rico, o con las tropelías del Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, además de por la importante obra literaria que nos ha dejado. Por su labor como traductor y editor, por sus artículos, novelas y cuentos.

Sin haber estado nunca en su casa, a través de numerosas fotografías llegó a sernos familiar, al menos su mesa de trabajo, los objetos que coleccionaba (soldaditos de plomo, pitilleras, alfileres de corbata, insignias, como la de Shakespeare que solía llevar puesta), las estanterías plagadas de libros y los cuadros, la vieja máquina de escribir, las fotos de sus amigos y seres queridos. Para mí, sus grandes libros, los que yo prefiero, al menos, son Corazón tan blanco (1992), Negra espalda del tiempo (1998), la trilogía Tu rostro mañana (2002-2007), Mala índole. Cuentos aceptados y aceptables (2012) y siento especial debilidad por las biografías y retratos literarios que componen sus Vidas escritas (1992) y sus Miramientos (1997), sin desdeñar por ello sus novelas más recientes. Le debemos, además, la invención y consolidación del Reino de Redonda, con toda su correspondiente parafernalia, incluido un premio que se concedió a personalidades muy notables en los distintos campos de las artes. Solía decir que la novela que había acabado podría ser la última. Nunca lo creímos, porque tras una buena novela llegaba otra que también nos complacía, y aún otra y otra más… Marías trajo a la literatura española un estilo, un fraseo distinto, peculiar, y unos personajes y situaciones que lo distinguen de sus contemporáneos. Sus novelas tienen mucho de reflexivas, son novelas de pensamiento, sin que a veces falte la acción, el humor o las complejas relaciones que entablan sus personajes, algunos de ellos gentes sin escrúpulos, con sus dudas y dilemas morales.    

Javier Marías formó parte de un grupo de personas, cada vez más menguado, que disfrutaba conversando con un grupo reducido de amigos, leyendo, viendo una buena película, oyendo la mejor música o visitando un museo, pues para él estos eran los mayores consuelos que la gente puede tener en un mundo desquiciado como el nuestro, según le confiesa en un libro entrevista (en la editorial R que R, Barcelona, 2005, que debería reeditarse), muy recomendable, a Elide Pittarello, la persona que mejor conoce su obra, la que le ha dedicado comentarios más inteligentes y sutiles.

Él, que nunca creyó en la posteridad, tiene ya asegurado un lugar de privilegio en la historia de la narrativa española de estas últimas cinco décadas.  

Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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