Prepublicación: 'El desorden político'

El desorden político, la nueva obra de Ignacio Sánchez-Cuenca, aborda la desintermediación social como responsable de la crisis de representación política. Según el autor, "se ha vuelto imprevisible, caótica y, en buena medida, incomprensible". En este libro se encuentran reflejados algunos de los sucesos "extraordinarios" que se han producido durante la última década, como la elección de Donald Trump, la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea o el auge de los partidos nacional-populistas en los países más prósperos de Europa. Según una de las tesis principales del ensayo, partidos políticos y medios de comunicación "han perdido buena parte de su autoridad social. Su función de intermediadores se encuentra seriamente cuestionada, de ahí que la política se desordene". infoLibre publica a continuación "Política desordenada", la introducción del libro editado por Catarata y que llega a las librerías este domingo, 20 de marzo.

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Algo pasa en la política contemporánea, que se ha desordenado: se ha vuelto imprevisible, caótica y, en buena medida, incomprensible. Si a alguien en 2005 le hubieran dicho lo que iba a suceder durante los siguientes 15 años, no lo habría creído posible. La lista de sucesos extraordinarios o altamente improbables que se han producido en este tiempo resulta asombrosa: la elección de Donald Trump en 2016; la decisión de Reino Unido de abandonar la Unión Europea tras un referéndum popular en ese mismo año; la quiebra del sistema de partidos en países como España y Francia; el auge de los partidos nacional-populistas, con una fuerte carga xenófoba, en algunos de los países más prósperos y con mejor calidad de gobierno del mundo; la llegada al poder de un partido a la izquierda de la socialdemocracia en Europa Occidental (Syriza en 2015); la aparición de líderes “radicales” en el Partido Demócrata en Estados Unidos y el Partido Laborista en Reino Unido; la involución autoritaria en Hungría y Polonia; el nacionalismo excluyente de Narendra Modi en India, que pone en peligro uno de los mayores experimentos democráticos de la historia; la elección de Jair Bolsonaro en Brasil en 2019; y la victoria electoral en 2018 del Movimiento 5 Estrellas, una formación antipolítica creada por un cómico italiano.

Si nos abstraemos de los sucesos concretos, por más llamativos que resulten, lo que observamos en términos de tendencias políticas es: (i) una fuerte polarización política, (ii) una elevada volatilidad del voto, (iii) la aparición de hiperliderazgos que trascienden las estructuras organizativas de los partidos y (iv) una extendida desafección política en muchos países, muy relacionada con la percepción de que la voz de los ciudadanos no tiene peso en las decisiones políticas.

Todo esto ha ocurrido en medio de la cacofonía de una esfera pública digitalizada, en la que la información y la opinión fluyen como un torrente a través de las redes sociales. Los más críticos hablan, con pesar, de la posverdad, los bulos (fake news) y el sectarismo que dominan el debate político de nuestro tiempo. En algunas sociedades, las distancias políticas se han ensanchado peligrosamente. Las personas con ideologías distintas cada vez tienen menos terreno común para entenderse. Se alimentan de noticias y análisis que confirman sus puntos de vista; no son capaces de ponerse en la piel de quien piensa diferente y, por lo tanto, se recluyen en comunidades virtuales cerradas desde las que los demás parecen malvados o ignorantes. A pesar de que hay más información que nunca, nos dejamos llevar por lo que los psicólogos llaman “razonamiento motivado” o “sesgo confirmatorio”: filtramos la evidencia para quedarnos con aquello que confirma nuestras ideas originales. No es de extrañar que proliferen las teorías conspirativas en sociedades que, por lo demás, nunca han sido tan prósperas ni tan abiertas ni con niveles tan altos de educación; teorías que van desde los terraplanistas a los negacionistas de la COVID-19 y los antivacunas.

La tesis central de este libro es que todos estos fenómenos están relacionados y responden a unas tendencias comunes de nuestro tiempo. Hay hilos, más o menos invisibles, que unen el desorden político de esta época con las patologías de la esfera pública. A mi juicio, la lista de sucesos extraordinarios y tendencias anómalas es un reflejo de una transformación profunda de las sociedades causada por factores tanto tecnológicos como culturales. Dicha transformación consiste en la disolución o democratización de las instancias de intermediación que ordenaban la vida social, económica y política en el pasado. En el ámbito político, los principales agentes intermediadores de las democracias representativas son los partidos políticos y los medios de comunicación. Los partidos median entre los ciudadanos y el Estado, configurando un espacio político centrado en torno a unas pocas cuestiones que permite la agregación de las preferencias populares y su conversión posterior en políticas públicas. Los medios, por su parte, son los intermediadores en la esfera pública, ordenando y organizando la transmisión de información y actuando como fiscalizadores de la actividad política.

Pues bien, ambos tipos de intermediación atraviesan una crisis de credibilidad o, si se prefiere, de autoridad. Los partidos políticos siempre han tenido mala prensa, pero en muchos países la confianza de los ciudadanos en los partidos está por los suelos. Las razones son múltiples. Por un lado, los escándalos de corrupción (que en sociedades transparentes son más visibles) erosionan el vínculo representativo entre políticos y ciudadanos. Por otro, los partidos se han acostumbrado a exagerar o distorsionar sus mensajes en las campañas electorales y, cuando llegan al poder, no están en condiciones de cumplir lo prometido. Además, en una época caracterizada por la complejidad y la incertidumbre, los partidos aparecen como maquinarias burocráticas manejadas por unos profesionales cuyos intereses personales se desvían de los de sus votantes. Por si todo esto no fuera suficiente, el hecho de que el espacio de la política se haya estrechado, de modo que un número creciente de asuntos, sobre todo económicos, queden al margen de las instituciones representativas, en beneficio de agencias tecnocráticas independientes y no electas (despolitización de la economía), no contribuye precisamente al prestigio de la política.

En el caso de los medios de comunicación, su grado de dependencia de los grandes intereses financieros compromete su imparcialidad y los vuelve sospechosos a ojos de muchos ciudadanos que piensan que tienen agendas ideológicas. A su vez, la digitalización de la información vuelve innecesaria la labor de filtrado, procesado y empaquetado de las noticias que realizan los medios tradicionales. La información se disemina ahora a través de las redes sociales por canales que los propios medios no controlan. Así, hay cada vez más lectores que se interesan por una noticia, un reportaje o un artículo de opinión no por el medio que lo publica, sino por la recomendación de algún conocido del que se fía.

Partidos y medios han perdido buena parte de su autoridad social. Su función de intermediadores se encuentra seriamente cuestionada, de ahí que la política se desordene. Los procesos de agregación de preferencias y configuración de la opinión pública han dejado de operar como en el pasado, se encuentran averiados y no hemos encontrado aún la manera de repararlos. El problema se concentra en estos dos actores, partidos y medios, y no tanto en el régimen democrático. De hecho, en el terreno de las ideas no han surgido alternativas a la democracia. Incluso en los casos en que observamos una deriva autoritaria (Hungría, India, Turquía, Venezuela), se sigue hablando en nombre del pueblo y la democracia. Lo que se cuestiona no es la democracia en sí misma, sino más bien su mecanismo representativo. Más que una crisis de régimen, vivimos una crisis de representación, que afecta fundamentalmente a los sistemas de  partidos. Esta es la razón por la que no hay un paralelismo claro con la época de entreguerras, en la que las democracias europeas se enfrentaban a competidores formidables como el comunismo y el fascismo.

Prácticamente en todos los casos de crisis políticas recientes es posible encontrar en el origen una quiebra de la confianza en la representación, ya sea por escándalos de corrupción, por incoherencias ideológicas de los partidos en el poder o por colusión de los partidos tradicionales, que dejan desatendidas ciertas demandas populares. Cuando falla la representación, la política se sale de sus cauces habituales, se rompen los vínculos tradicionales entre votantes y partidos y se observan fenómenos de realineamiento electoral, una elevada volatilidad, así como una desestabilización de los sistemas de partidos. Surgen entonces competidores nuevos, que se suben a la ola de indignación y desafección para denunciar la vieja política y ofrecer una nueva forma de relación con el electorado, una relación directa, sin intermediarios, en la que el líder establece una conexión especial con sus votantes al margen de las estructuras internas de las organizaciones partidistas y de las instituciones que controlan y mantienen a raya a los partidos (los frenos y contrapesos propios de las democracias liberales). El líder debe presentarse como “uno de los nuestros”, como una encarnación del pueblo al que quiere defender, dignificar y proteger. Frente a este tipo de líder, los dirigentes de los partidos tradicionales aparecen como unos “funcionarios” incapaces de romper con ciertas rutinas, deferentes con los poderosos y dispuestos a dejar de lado las promesas con las que se ganaron la confianza de los votantes. Por eso, los nuevos partidos adoptan nombres que les diferencian claramente de sus competidores tradicionales: en la actualidad, suelen adoptar expresiones que indican acción o identidad, no ideología, ocultando su condición de partido: Podemos, En Marche!, Francia Insumisa, Forza Italia, Ciudadanos, Movimiento 5 Estrellas, Vox, etc.

Ante el descrédito de los partidos, las nuevas formaciones políticas nacen como plataformas, muchas veces en torno a un líder. Algunas, como Ciudadanos o En Marche!, se mueven en posiciones liberales, aunque son excepciones. A la mayoría de ellas se les aplica el calificativo de “populistas”. Por razones que luego expondré con mayor detalle, creo que el término está gastado, aunque solo sea por la intención política con la que se emplea. Es de gran valor lo que se ha escrito sobre populismo, pero, aun así, recurro a la expresión “partidos antiestablishment”, que considero más neutral y, también, más genérica. Creo que la idea de actitudes antiestablishment refleja con precisión la crisis de intermediación que está en la base de las transformaciones políticas a las que he hecho referencia.

Según la tesis principal que defiendo, la crisis que afecta a partidos y medios es parte de una tendencia más amplia de desarticulación de las instancias intermediadoras. Frente a la mayor parte de los estudios sobre populismo y crisis política, que intentan encontrar las causas del fenómeno en factores económicos (paro, desigualdad de ingresos, desindustrialización, inseguridad económica, pérdida de poder adquisitivo, etc.), en este libro trato de conectar las mutaciones de la política, y más específicamente de la democracia representativa, con esta tendencia general a la desintermediación.

Por supuesto, las condiciones económicas pueden tener gran importancia, pero están lejos de poder ofrecer una explicación integral del fenómeno de estudio. Las razones para realizar esta afirmación aparecen detalladamente en varios de los capítulos del libro; por no cansar al lector con repeticiones innecesarias, me limito ahora a enumerar esas razones de forma muy esquemática. En primer lugar, muchos de los indicadores de desgaste democrático (mayor volatilidad, mayor polarización, menor participación electoral) muestran una tendencia creciente que es muy anterior a la Gran Recesión de 2008. Algunos casos muy notables de populismo son, desde luego, previos a la Gran Recesión, incluyendo la experiencia pionera de Silvio Berlusconi a mediados de la década de los noventa y la ola de populismos de izquierda latinoamericanos que se inicia a finales de esa misma década. En segundo lugar, el ascenso de fuerzas antiestablishment fuera de Europa Occidental (en Hungría, en India, etc.), no está relacionado con los problemas económicos de los que se habla a propósito del primer mundo. En tercer lugar, si las causas principales del apoyo a partidos antiestablishment fueran las económicas, deberíamos observar que las personas afectadas por las condiciones antes indicadas optan por partidos antiestablishment de izquierda, pues son los que explotan estos temas y proponen medidas redistributivas más ambiciosas. Sin embargo, los partidos que más crecen en este tiempo son los de la derecha nacionalpopulista, lo que casa mal con las motivaciones económicas. Por todas estas razones, creo que los factores económicos pueden haber acelerado ciertas tendencias, pero no son necesariamente los causantes de las mismas.

Descartadas las condiciones económicas como causa principal de los fenómenos políticos de interés, me centro en la tendencia general a la desintermediación, es decir, los procesos tecnológicos y culturales que o bien hacen innecesaria la intermediación o bien la transforman, convirtiéndola en un mecanismo horizontal y descentralizado. Permítanme que ilustre la idea general mediante un caso muy sencillo. Antes de la llegada de internet, cuando alguien quería viajar en avión al extranjero, acudía a una agencia de viajes. Allí, el personal preguntaba por las preferencias (fechas, precio, itinerario, etc.), ofrecía varias opciones y el cliente una sobre la marcha. Tras realizar diversas gestiones, la agencia emitía un billete de avión, de formato rectangular, con un papel especial de IATA (International Air Transport Association). Hoy en día, los billetes de avión son meras transacciones electrónicas y el viajero puede obtenerlos directamente a través de internet, sin necesidad de una agencia de viajes. El viajero se beneficia de los buscadores, que permiten elegir horarios y precios a conveniencia del consumidor. La agencia de viajes era un mediador entre la compañía aérea y el viajero. El billete de avión en papel desapareció en 2008 y el sector de las agencias de viaje se ha reducido enormemente.

Procesos similares se observan en múltiples ámbitos de la vida social y económica, desde los mercados financieros hasta la cultura, donde el papel intermediador de la crítica ha disminuido mucho como consecuencia de la democratización de las opiniones y valoraciones que los usuarios dejan en las redes acerca del valor de los productos culturales. Por lo demás, las nuevas tecnologías van a acelerar este proceso al poder certificarse las transacciones de todo tipo sin la intervención de los intermediadores tradicionales (fedatarios públicos, agencias de la administración dedicadas a verificar derechos de propiedad, títulos educativos, etc.).

La desintermediación se ve en buena medida favorecida por los avances tecnológicos en digitalización de múltiples servicios y actividades, pero también por el avance del individualismo. Tecnología y cultura van a la par. Las sociedades occidentales, desde el siglo XVI al menos, con distintas velocidades, se caracterizan por el desarrollo progresivo de la autonomía personal y la libertad del individuo. Como es bien sabido, la Reforma protestante consistió, ante todo, en la eliminación de la Iglesia como intermediadora entre el creyente y dios. Al establecerse una relación más “inmediata” con la divinidad, se abrió el espacio para una vivencia individualista de la religión. A medida que las sociedades se han hecho más prósperas, los valores dominantes han ido cambiando, siempre a favor de esferas mayores de autonomía y libertad personales. Como ha mostrado Ronald Inglehart, en las sociedades postmaterialistas, en las que las necesidades básicas están cubiertas para la mayor parte de la población, la identidad cobra un protagonismo cada vez mayor. Las personas atribuyen gran importancia a sus estilos de vida, al tipo de decisiones que deben tomar para ser una cierta clase de individuo. A la vez, surgen preocupaciones por temas como la paz, el medioambiente, la igualdad de género, la emancipación de las minorías oprimidas y, en general, todo lo que afecta a la dignidad de las personas.

Esta forma contemporánea de individualismo puede entrar en colisión con las estructuras verticales y jerárquicas de intermediación. El partido político clásico aspira a establecer unas relaciones duraderas con sus electores, quienes se supone que han de seguir a la organización con lealtad y deferencia: todo esto cuadra mal con una época basada en la soberanía individual. Los lazos ciudadanos con los partidos se han debilitado notablemente. Ahora hay menor resistencia a cambiar de partido y a desconfiar de las medidas tomadas por los aparatos partidistas. La alternativa a la intermediación de los partidos no ha sido hasta el momento la eliminación de estos actores políticos, sino más bien el abandono paulatino de los mismos en favor de nuevas organizaciones políticas con liderazgos fuertes que reclaman una relación directa con sus seguidores, una relación que no es exactamente la de la representación clásica, sino que se articula como una encarnación de los valores que dan sentido y unidad al grupo político, es decir, como una forma de identidad. Frente a los partidos tradicionales, a los que se acusa de haber abandonado a sus electores, se erigen líderes nuevos que prometen devolver la voz a la ciudadanía y ser sus portavoces en el sistema. Es esta una relación “inmediata”, en el sentido de que la mediación queda suprimida, y por ello, al final del libro, hablo de “democracias inmediatas”, esto es, democracias en las que ni los partidos ni los medios tradicionales son capaces de ordenar y estabilizar el espacio político. La inmediatez, pues, no refiere al cortoplacismo que frecuentemente se atribuye a la política de nuestros días, sino al hecho de que las mediaciones queden canceladas. No es este el uso habitual del término, pero no soy el único en emplearlo de este modo: Daniel Innerarity también habla de “inmediatez” como ausencia de mediaciones.

Sería extraño que las transformaciones que afectan a los procesos de intermediación sociales no acabaran teniendo repercusiones sobre el orden político. Hay una demanda potente de que la voz de los ciudadanos se escuche tal como es, sin pasar por el tamiz de los partidos y los medios. El fenómeno populista puede interpretarse, de este modo, como el resultado del proceso de desintermediación política. En la amplia literatura sobre populismo no se ha tratado suficientemente esta cuestión y, sobre todo, no se ha establecido la conexión entre la desintermediación política y los otros procesos de desintermediación fuera del ámbito político . En este libro defiendo que lo que habitualmente se denomina populismo es una consecuencia directa del proceso de desintermediación que se está produciendo en la democracia representativa. Son los nuevos partidos y liderazgos políticos (lo que llamo fuerzas antiestablishment) una de las manifestaciones más visibles en el orden político de dicho proceso, pero no son la única. Creo que el llamado populismo forma parte de un cambio social de mayor alcance cuyos efectos estamos solamente comenzando a percibir.

Este libro no trata de perfilar el futuro. Precisamente porque estamos inmersos en una transformación del sistema, resulta muy incierto cualquier vaticinio sobre las nuevas formas que irá adquiriendo la democracia. Puede que lo que estemos viviendo sea un desajuste temporal antes de que se recompongan las piezas en una nueva configuración política de las democracias. O puede que estemos asistiendo a los primeros síntomas de una degradación que acabe con algunos de los elementos fundamentales que asociamos con el ideal democrático. No dispongo de herramientas analíticas para anticipar el tipo de democracia que vendrá (o si la democracia tal y como la hemos conocido sobrevivirá mucho tiempo). Pero aunque no pueda ver más allá del presente, este libro quizá ayude a dar sentido a los fenómenos tan desconcertantes de los que estamos siendo sido testigos desde el cambio de siglo y que pueden describirse genéricamente como un nuevo desorden político.

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