Los diablos azules

Todas las novelas no hablaban de mí

Varios libros de literatura gay.

Jesús Generelo

Difícil aceptar la propia identidad ante la inmensidad del silencio sobre diversidad sexual que acompañaba mi tardío despertar en los ochenta. Prácticamente nada en mi entorno cultural me hablaba de mí. Y lo que se aproximaba, aterraba más que reconfortaba.

Y eso que mis cinco sentidos buscaban desesperada e incansablemente signos de mí en cualquier imagen, en cualquier relato. Apenas en la provocación de la novela erótica encontré esas relaciones entre personas del mismo sexo que me alejaban de la terrible idea de estar solo en el universo. Solo autores capaces de enfrentarse a la sociedad de su tiempo con sus relatos de sexualidades disidentes podían imaginar y describir el contacto homosexual: Sade, Choderlos de Laclos… La colección La sonrisa vertical fue fundamental, pues, en mi educación sentimental. Y en esa colección apareció un buen día Siete contra Georgia, esa delicia de sarcasmo y protesta que reivindicaba el derecho y el gozo de la sodomía.

Desde entonces, Eduardo Mendicutti se convirtió en un autor imprescindible en mi vida. Su pluma, tan afilada como cercana, reconocible en la cotidianeidad de la España de sus personajes, me ha alimentado, novela tras novela, el orgullo de ser, las Ganas de hablar.

Más adelante apareció David Leavitt. Él me acercaba a hombres y mujeres geográficamente lejanos, del otro lado del Atlántico, pero, para mi sorpresa, emocionalmente muy próximos. Personas con problemas cercanos a los que yo conocía o que podía llegar a conocer sin sentir ninguna extrañeza. En su primer libro, Baile en familia, esa madre que apoya a su hijo gay pero que encuentra su límite al verlo coger la mano de su pareja, se convirtió en la imagen exacta de aceptación con reparos, de ciudadanía de segunda en la que nos encontrábamos incluso los homosexuales más afortunados.

La valentía de un director de cine con capacidad innata para el desafío, Rainer Werner Fassbinder, me condujo al Brest portuario donde conocí a Genet. Con él encontré otra forma de ser homosexual. Su literatura me demostró que se puede ser homosexual sin cargar con la obligación de presentarse como un modelo positivo, sin pedir permiso a la sociedad burguesa y normalizadora. Pero también sin estar abocado a un final dramático ejemplarizante. Poco me importaba tenerme que identificar con sus personajes patibularios, o con los chicos de los arroyos pasolinianos. En las páginas de esos autores encontré lo que tanto necesitaba: la belleza convulsa a través de amores entre hombres, de relaciones entre cuerpos iguales.

En realidad, los amores prohibidos, los espacios marginales y turbios, fueron durante años mucho más comunes que las historias cotidianas. Con frecuencia, esas obras aparecían con la etiqueta de “obra censurada u oculta durante más de 30 años”. Pero es que en los años ochenta la vivencia de una homosexualidad desproblematizada era pura ciencia ficción (tal vez solo el genio de Pedro Almodóvar alcanzó a imaginarla). A todos esos autores se unieron las confesiones íntimas de Roland Barthes en Incidentes, o las muy inquietantes El cuarto de Giovanni, de James Baldwin, Diario de un inocente, de Tony Duvert, Le petit galopin de nos corps, de Yves Navarro o, más adelante, las turbadoras y destructivas historias de Dennis Cooper (Cacheo, Contacto).

Abrumadora presencia de autores masculinos con historias de hombres que evidenciaba que la invisibilidad de la homosexualidad masculina no era la peor de las situaciones, y que solo era interrumpida por el lirismo de Carson McCullers. La autora estadounidense, sin entrar en derroteros tan manifiestamente sexuales, extraía belleza del aislamiento espiritual de un puñado de inadaptados de la América profunda .

Según pasaban los años, la literatura que hablaba de mí me ayudaba a vivirme con más seguridad, con menos vergüenza, con más Orgullo. Pero ese aumento de la confianza y la autoestima nunca interrumpió la búsqueda constante de más relatos, de más vidas que me acompañaran, que borraran la sensación de extravagancia a la que la sociedad heterosexista nos seguía avocando, que me ayudaran a explicarme, a comprenderme o, al menos, a formular las preguntas correctas. Búsqueda que, en buena medida, debía hacerse en capitales europeas o en editoriales iberoamericanas. Por eso estaré siempre agradecido a la editorial Anagrama, que tanta atención dedicó a la diversidad sexual en sus publicaciones. Y, por supuesto, a la apertura, en 1993, de la librería Berkana, así como de su editorial hermana llamada Egales. En buena parte contribuyeron a que la literatura sobre personas, e incluso sobre animales (¿por qué renunciar a las fábulas?) que sienten, aman, tienen sexo como tantas personas teníamos en esa época en secreto, se multiplicó, se hizo accesible, encontró un espacio fácilmente localizable para que yo y otros muchos, miles como yo, no tuviéramos que buscar tan desesperadamente nuestro lugar en el mundo de la narración.

Sirvan estas líneas, pues, como homenaje a todas y todos los que osaron escribir, publicar, distribuir o vender esos libros que quemaban en las manos y calentaban tan vitalmente el corazón.

*Jesús Generelo es el presidente de la Federación estatal de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales (FELGTB). Jesús Generelo

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