'Nadie merece nada': por qué la izquierda necesita la meritocracia
La izquierda reniega de la meritocracia porque la ve como una coartada de los privilegios. Pero ¿y si esto fuera un error intelectual y estratégico? ¿Y si estuviera entregando a la derecha una de sus propias ideas más poderosas?
Jahel Queralt sostiene que la izquierda no debe abandonar la meritocracia, sino rescatarla de sus versiones más simplistas. Para ello, propone desactivar la moral del éxito, cuestionar la identificación entre meritocracia y capitalismo, y reconocer que el azar tiene un peso en nuestras vidas mayor del que queremos creer.
Entre el ensayo y la autobiografía, infoLibre publica un adelanto exclusivo de Nadie merece nada, que llega a las librerías el 16 de septiembre de la mano de Anagrama y ofrece una defensa original de la meritocracia. Una que obliga a limitar las desigualdades, no a pesar del mérito, sino en su nombre.
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Cuando funciona, la meritocracia trae desclasamiento, y el desclasamiento trae a veces algún trastorno. Quienes se alejan mucho de sus orígenes humildes pueden acabar renegando de ellos, como Julien Sorel, el héroe de Rojo y negro, que, al empezar a codearse con la alta sociedad, se esfuerza por ocultar que viene de pobre.
Esta especie de repudio de clase tiende a amplificar un sentimiento de vergüenza muy anterior, tan anterior como el momento en el que uno adquiere conciencia del lugar del escalafón en el que vino al mundo. El instante en el que Pip, el huérfano de Grandes esperanzas, se da cuenta por vez primera de que sus manos son toscas y sus botas demasiado gruesas. En los peores casos, el repudio de clase se acaba traduciendo en desdén hacia quienes no pasan de los primeros escalafones. Sorel desprecia a los pobres, incluidos su padre y sus hermanos, porque los ve como inútiles que se empeñan en perpetuar su miseria.
Para otros, venir de pobre supone un orgullo igual de desnortado. Una especie de superioridad moral respecto a quienes vienen de rico fundada en la creencia de que la riqueza trabajada es más legítima que la heredada. El rico nace o se hace. Pero los que se hacen insisten en que ellos tienen todo el mérito y los que nacen no tienen ninguno. Incluso tratan de convencernos de que haberse hecho ricos les da un derecho sobre el fruto de su trabajo muy superior al que tienen quienes nacen ricos sobre aquello que tan generosamente les fue dado. Y, por ende, que la mano impositiva del Estado debe alcanzar antes al rentista que al esforzado hombre de negocios. Porque nobleza obliga, pero destreza, no tanto.
Los desclasados también padecen una sensación de no pertenencia: de no conocer los códigos, de no haber leído lo que tocaba leer (o haberlo leído tarde), de haber viajado poco, de no saber exactamente dónde van los cubiertos, de haberse colado en una fiesta; de llevar unos zapatos que los delatan, como los de Pip. Un nuevo rico es siempre un rico de segunda. La sociología contemporánea ha descrito con precisión este fenómeno, pero cualquiera que haya vivido un salto de clase reconoce ese vértigo sin necesidad de aparatos conceptuales. Porque, aparte del dinero, se heredan otras cosas.
Dice Juan Marsé que los ricos heredan la «sonrisa perenne» y los pobres «dientes roídos, frentes aplastadas y piernas torcidas». Cada vez es menos así. Pero los ricos siguen heredando seguridad en sí mismos, savoir faire y otros intangibles útiles. Lo percibo cada año en mis alumnos. Y lo ven los encargados de las entrevistas para ser admitidos en Oxbridge —Oxford y Cambridge, para entendernos—, en las que la pronunciación de los candidatos se convierte en un GPS muy fiable en el mapa de las clases sociales.
No siento ni orgullo ni vergüenza de mis orígenes. Los míos, como los de cualquiera, son accidentes biográficos, nada más. Pero sí que he tenido más de una vez la sensación de haberme colado en una fiesta con los zapatos equivocados. Como la primera vez que fui a Oxford a conocer a uno de mis mentores, Gerald A. Cohen —Jerry para todo el mundo—, una figura prominente del marxismo analítico. Era primavera de 2007: yo estaba empezando mi tesis doctoral y él en el último tramo de su trayectoria académica. Recorriendo los pasillos laberínticos de All Souls, el más elitista de los colleges oxonienses, viendo todos esos retratos, grabados y tumbas ilustres, mientras ensayaba qué le diría, excitada y temerosa, me sentía realmente como una hormiga a punto de ser aplastada por el peso del conocimiento, la tradición y el privilegio. Hasta que Jerry me abrió la puerta y con un gesto excéntrico, casi pueril, me pidió que, antes de hablar de mis cosas, le ayudase a traducir «¡Ay, Carmela!» y otras canciones del bando republicano que sonaban en un radiocasete en aquel despacho oscuro que había sido de Isaiah Berlin.
Me sentí tan cómoda que bajé la guardia y cuando luego fuimos a comer con el resto de los fellows, en medio de una explicación desordenada sobre políticas universitarias, terminé diciendo: «You do this in Spain and you are totally FUCKED». No me di cuenta de las miradas cruzadas, las cejas levantadas y los carraspeos de los comensales. Nada. Solo fui consciente de mi atropellado debut más tarde. Fue cuando, sin querer, derramé el café sobre una de esas alfombras centenarias que adornan el lugar, y Jerry, viendo que no sabía dónde meterme, se acercó sonriendo y me susurró: «Tranquila, no es lo peor que has hecho hoy». Silencio. «Nunca había oído a nadie decir la F-word en esa mesa». Silencio. La F-word. El riesgo de aprender inglés con The Wire. Seguí sin saber dónde meterme durante un buen rato, hasta que él me invitó a volver en otoño para asistir a sus seminarios, y nos despedimos con un abrazo.
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Algún tiempo después, en un evento académico, se me acerca alguien por detrás y me pregunta: «¿Eres la chica que dijo “fucked” en el comedor de All Souls?». «Sí, soy yo, una perra de siete leches desclasada, aquí me tienes», quise decir. Pero en esa ocasión mi inglés precario me protegió y mi respuesta se quedó en un: «Yes, I am».
Escribo este libro pensando en todas las perras de siete leches por desclasar, en las niñas, y los niños, que han heredado el non-savoir-faire, en los que alguna vez se han avergonzado del oficio de sus padres, en los que aprenden inglés con las series de Netflix porque no hay academia, en los que empiezan a darse cuenta de que tampoco hay colchón. Chicas, chicos: fuera del crimen, la lotería o el braguetazo, solo podréis prosperar si conseguimos diseñar nuestras instituciones para asegurar que vuestro punto de partida no determine el de llegada. Si cumplimos la promesa meritocrática y os permitimos jugar vuestras mejores cartas.
Porque con la meritocracia, tan denostada estos días, pasa lo mismo que con la democracia: es el único juego posible. El problema es que hay demasiada gente haciendo trampas. Tanta que hemos llegado a convencernos de que no vale la pena seguir jugando, mientras ellos se adueñan de la partida.