'La vida clandestina': la novela de los que sobreviven en los márgenes, lejos de la mirada de los demás
Una tarde de lluvia el agua comienza a filtrarse por la escalera de un edificio de nueva construcción. El origen, al parecer, está en el piso piloto, donde se encontrará el cadáver de una mujer. Pronto el inspector Mauricio Tedesco, encargado de investigar el caso, comprenderá que más allá de las apariencias, que apuntan a un suicidio, ese fallecimiento entraña historias y motivos mucho más complejos y profundos.
Mientras la investigación avanza, salen a la luz las vidas de quienes sobreviven en los márgenes, lejos de la mirada de los demás: un inmigrante sin papeles obligado a hacerse invisible, una mujer que libra una batalla diaria contra sí misma y un hermano que lleva años sosteniéndose precariamente en un equilibrio imposible. Pero en una ciudad donde la soledad y el miedo forman parte del día a día, también hay hueco para la generosidad, la esperanza y, después de todo, pese a todo, el amor.
Con la intensidad emocional y la mirada social que caracterizan su trayectoria, Empar Fernández construye en La vida clandestina un noir profundamente humano sobre la fragilidad de esas vidas clandestinas que transcurren a nuestro lado sin que apenas reparemos en ellas. Una novela valiente, empática, humana y luminosa, que llegará a las librerías el próximo 21 de septiembre de la mano de la editorial AlRevés y de la que infoLibre adelanta un fragmento en exclusiva.
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RUBÉN
Carpio no se molesta en escucharla, aparca la cortesía y se aproxima a la habitación principal, la destinada a la pareja que adquiera el piso. La misma que Natalia tiene prohibido pisar porque da a la calle y alguien podría advertir su presencia.
La recuerda perfectamente: cama de matrimonio, mesitas y armario empotrado del mismo color que el parqué. En la ventana, un estor blanco y liviano de los que dejan pasar la luz y que permanece siempre levantado. En un piso piloto no se bajan persianas ni estores a no ser que las vistas sean espantosas: una autopista, un vertedero, un cementerio o un polígono industrial humeante. Nunca. Son las primeras cosas que se aprenden. La primera clase. No enseñar nunca un piso oscuro. Y si está muy nublado y los compradores parecen interesados: postergar la visita con cualquier excusa y esperar a un día radiante.
Abre la puerta y, acto seguido, se lleva la mano libre a la boca para sofocar el horror. Como puede, retiene un grito. Un aullido de pavor. Siente que todo él cae, se precipita. Sigue sujetando la maneta de la puerta como si una trampilla acabara de abrirse bajo sus pies y pudiera resistir aferrándose a ella. La vecina, un par de pasos detrás de él, ni tan siquiera lo intenta. Marisol Morgades grita y salta hacia atrás golpeándose con la pared del pasillo y perdiendo una de las zapatillas rojas que, al caer, salpica la pared más próxima.
Sigue gritando. No logra hacer otra cosa.
Una mujer completamente vestida yace desmadejada sobre la cama. Inmóvil, muy pálida, los brazos y las piernas abiertos, las palmas de las manos en dirección al techo y el rostro inclinado hacia la ventana como persiguiendo la poca luz que no velan las nubes. El cabello, rubio y largo, parece algo sucio y mal teñido, y le oculta los ojos. Es una mujer muy delgada y, a simple vista, ambos comprenden que está muerta.
Carpio se abalanza sobre ella, la sacude, aproxima los labios a su cara. Lo está. Definitivamente muerta. El gesto relajado, las manos desmayadas. Consigue como puede no susurrar su nombre, no apoyar sus labios sobre su frente, no abrazarla, no maldecirla, no decirle que lo siente, no reprocharle que le esté arruinando la vida. No asegurarle que la querrá siempre.
En el umbral, la mujer ha dejado de gritar, pero respira con esfuerzo y se agita visiblemente como si soportara un calambre. Ha dejado de frotarse los dedos. Cierra los ojos unos instantes y respira profundamente. Cuando los abre, algo más calmada, anuncia:
—Voy a llamar a la Policía.
Se aleja chapoteando en dirección a su piso.
—¡Usted quédese aquí! —le grita a Rubén desde el rellano, haciendo entrechocar las llaves en el aire. Ha tomado el mando.
Carpio, paralizado por el espanto, asiente en el vacío. La ha perdido de vista.
El comercial, sentado sobre la cama con la cabeza de la mujer sobre las piernas, no consigue controlar sus emociones. Tiembla. Desaparecida la vecina escaleras abajo, las lágrimas resbalan por sus mejillas y caen sobre sus manos y sobre los ojos cerrados de ella. Las retira como puede. Necesita pensar.
En el suelo, un frasco vacío de pastillas, y en los brazos de la mujer y en sus muslos, cerca de sus rodillas, algunos cortes aparentemente recientes, pero ya cicatrizados, que no le sorprenden. Los ha visto otras veces. Muchas.
No puede explicar su presencia en el piso. Nadie lo entendería, nadie lo disculparía. Estaría en la calle en un abrir y cerrar de ojos. Puede hablar de una intrusa, puede asegurar que no la conoce, que la mujer una vez había visitado el piso, que quizás había podido copiar la llave, que…
Puede…
¡Adorada Natalia! Maldita. Frágil.
¡Siempre adorada Natalia!
La Policía no tardará en llegar. Unos minutos. Pocos. Estas cosas son rápidas. Necesita tomar una decisión. Es urgente, muy, muy urgente. Solo concibe dos opciones: puede hablar desde el primer momento y reconocer la identidad de la mujer y explicar cómo había entrado en el piso, o puede negar cualquier relación y jurar que no la ha visto nunca. Quizá no lleguen a establecer una conexión entre ambos, los primeros apellidos no coinciden y pueden despistar a cualquiera. No ve otra salida.
Carpio no conoce a fondo el procedimiento policial, pero sabe, como todo el mundo, que la Policía no resuelve todos los casos, que muchos quedan abiertos a la espera de que, pasados unos años, sean olvidados. Se cierran en falso. Un caso de suicidio quizá se olvide pronto.
Sabe que si la identifica está perdido. Mejor intentar…
IDRISSA
Idrissa Seidy alcanza el andén en la estación de Hospital Clínico. Queda poco más de una hora para poder llegar a lo más parecido a una casa que ha tenido nunca. No quiere esperar sentado en una plaza ni en las escaleras de una iglesia como un indigente. Y menos si sigue lloviendo, aunque sea poco. No necesita caridad. No por el momento. No quiere verse así, suplicando unos euros para seguir viviendo. Tiene un techo, incluso una mujer guapa, aunque algo desconcertante. Y, sobre todo, conserva un resto de dignidad que le impide alargar la mano y mendigar.
Entrará en el café diminuto regentado por Ji Bo, el chino joven y sonriente con el que simpatiza a pesar de que no consiguen cruzar más de tres palabras. El establecimiento, que alguien decidió llamar Pequeño Singapur, parece intentar pasar desapercibido en un barrio de renta media-alta. Por la falta de parroquianos, es evidente que lo logra. Parece pensado para gente de paso, para asistentas y repartidores de Glovo. A Ji Bo no le importa que con sus bicicletas dificulten la entrada o el acceso a los lavabos. En el Pequeño Singapur coincide a veces con Baakir y con Moussa, un par de senegaleses en parecida situación, sus únicos amigos en la ciudad, sus iguales. Si tiene ocasión, a Idrissa le resulta agradable volver a utilizar la propia lengua y recordar entre risas los lugares comunes.
Uno de sus compatriotas, Baakir, se busca la vida en la construcción, aprendió cuatro cosas cuando era un crío, pero no le hace ascos a descargar camiones o arrancar malas hierbas. El otro, Moussa, el más hablador, es mantero. Ambos duermen desde hace semanas en un almacén recientemente abandonado a pocos pasos del Pequeño Singapur. Siempre van juntos, la suerte de Baakir corre pareja a la de Moussa. Son, el uno para el otro, casi todo lo que ambos tienen en la ciudad hostil. Emigraron juntos. Juntos arriesgaron la vida y juntos consiguen subsistir desde hace meses. Carecen de electricidad y no logran calentar la desvencijada nave si el día es frío, pero, por el momento y mientras la compañía no se moleste en cortarla, disponen de agua y de un lavabo en condiciones aceptables.
A veces, Idrissa envidia la complicidad que los une y entonces piensa en la cama, en la ducha y en la mujer que lo espera y que habla a menudo de un futuro juntos en el que dejará de ser invisible. Una mujer inestable, rara, voluble, pero irresistible en sus buenos días.
Al salir del metro y alcanzar la calle, comprueba con satisfacción que ha dejado de llover. En el bar, el sitio más barato y discreto en muchas manzanas a la redonda, solo es un cliente solitario. Un habitual. Un anciano ojea el diario deportivo en la mesa más alejada de la entrada, justo bajo el televisor. Lo ha visto otras veces. Pasa horas y horas ante un café y una copa de coñac. Primero La Vanguardia, luego el Mundo Deportivo. Todo el tiempo por delante y siempre las mismas palabras a flor de labios:
—Perras, pocas, las justas. Una pensión miserable, pero uno no puede andar a oscuras por la vida, uno tiene que saber lo que tiene que saber. —Ji Bo asiente y sonríe. Lo haría aunque acabara de pronunciar una sentencia de muerte.
Idrissa cree entender que un perro es un animal que ladra. Incomprensiblemente, en este país algunos los llevan sujetos con una correa, por eso no consigue entender. ¿«Perras»? Quizás el anciano empiece ya a confundir las cosas, piensa. Aunque lo sospecha, tampoco le queda muy claro qué quiere decir con «andar a oscuras». Cree haber comprendido que «a oscuras» es como pasan las noches Natalia y él al no poder encender la luz en las habitaciones no seguras.
Idrissa recuerda entonces los últimos meses de su abuelo, cuando confundía los nombres de sus hijos, cuando no recordaba haber comido, no reconocía a sus vecinos y parecía hablar con personas que nadie más veía. Por eso asiente y sonríe cuando el viejo del diario se empecina en repetir siempre lo mismo, en hablar sin sentido:
—Uno tiene que saber lo que tiene que saber.
Ji Bo, el muchacho chino que atiende la barra desde el amanecer hasta casi la medianoche, lo saluda alzando levemente las cejas. El pelo hirsuto, la piel muy blanca y las pupilas casi totalmente ocultas por sus párpados, como si mirase por una ranura muy fina. Habla lo justo, pero resulta siempre una presencia amable. Nunca mira mal a nadie, no hace preguntas y, a falta de mejor discurso, acostumbra a sonreír a la clientela con el menor pretexto. Y sin él.
Idrissa juraría que Ji Bo tampoco comprende las palabras del viejo que siempre habla de perros hembra y de andar sin luz.
—Un café —pide, pronunciando lo mejor posible, mientras se sienta en un taburete junto a la barra y abre el diario que el viejo acaba de liberar.
Comprueba que alguien, quizás el anciano del rincón aunque no le parece muy probable, dado que parece haber perdido el juicio, ha resuelto el sudoku y dejado a medias el crucigrama. Piensa en el día en el que podrá intentar rellenar los cuadros vacíos, el día en el que domine la lengua. Por no entender, Idrissa no entiende ni el significado del nombre del rotativo, La Vanguardia, pero sí en líneas generales el contenido de algunos titulares de la portada que aparecen acompañados de imágenes alusivas:
«Última oportunidad para frenar el cambio climático».
«La crisis energética no remite. La descarbonización avanza lentamente. La UE lo tiene cada vez más difícil».
«La diplomacia resulta determinante en la resolución de los conflictos armados».
«Avance imparable de la ultraderecha».
Nada parece ir bien en el mundo. En ninguna parte. A veces resulta un consuelo, un alivio. Mal de muchos... Mire hacia donde mire, siempre puede encontrar a alguien que está peor, basta con echar una ojeada. En general, las condiciones laborales están en regresión, los enfrentamientos armados son cada vez más numerosos, el volumen de refugiados y de desplazados sigue aumentando y las revueltas, las detenciones, los atentados y los conflictos enquistados tienden a eternizarse. Por otra parte, los derechos civiles están en franco retroceso. Un mundo complejo en el que las cosas no andan bien. Nada bien.
«Uno tiene que saber lo que tiene que saber», repite el hombre cargado de años y de dolencias. Quizá sea cierto, aunque, a juicio de Idrissa Seidy, lo más justo sería que todos, la humanidad entera, no uno solo como cree entender, sepan de la miseria y de las injusticias de este mundo.
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—Tú, cansado —aprecia Ji Bo, situando la taza de café junto al diario abierto y señalando a Idrissa con el índice.
Este asiente con la cabeza. Cansado, muy cansado. Pero la fatiga es menor si se alcanza trabajando. Peor es patear las calles para nada, eso sí que cansa, agota, corrompe todos y cada uno de los pensamientos y envenena la sangre. No dice nada, su vocabulario es limitado, pero, de haber podido hacerlo, le habría hablado del buen cansancio.
En silencio, sorbe el café al que ha añadido el sobre entero de azúcar y fija la vista en la pantalla del televisor durante unos instantes. Se suceden las imágenes de las manifestaciones, los gráficos indescifrables de indicadores económicos y las declaraciones de personas presuntamente importantes, políticos nacionales, que empiezan a resultarle vagamente familiares.