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“El peligro es no contar las cosas: toda dictadura intenta imponer el silencio”

El escritor Benjamín Prado.

Juan Urbano, ese héroe que quiere ser todos los héroes y, en ellos, todas las personas, prosigue sus aventuras cotidianas. Acaba de presentarse en su tercera entrega, Ajuste de cuentas (Alfaguara), que firma, como siempre, Benjamín Prado. En esta ocasión, el escritor madrileñoecha la vista atrás a un pasado no muy lejano, el de la España del pelotazo, para hacerlo reverberar en un presente muy parecido aunque, quizá, incluso un poco peor. “Es la misma idea de Balzac de que las novelas son historias privadas de los países”, explica el autor. “Se trata de contar los acontecimientos de una historia reciente no desde el punto de vista de los titulares, sino del de una persona normal. Quería contar cómo afecta lo que sale en los periódicos a la gente”.

Magnates del ladrillo construidos sobre los cimientos de la corrupción y la desvergüenza, banqueros de codicia ilimitada con pose de artistas y trazas de maleantes y demás criminales de alto standing se dan cita en la novela de Prado personalizados en la figura de un triunfador hecho a sí mismo, Martín Duque, recién salido de prisión. Un personaje en cuyo nombre resuenan los ecos de otros hombres reales, como el de Mario Conde. “También tiene mucho de Luis Roldán, o de Jesús Gil”, puntualiza el escritor. “Es una suma o un desagüe al que van a parar esos seres siniestros que se convirtieron en arquetipos”.

Con la humillación de haber dado con sus huesos en la cárcel aún en caliente, el empresario estrellado pone al profesor Urbano –sumido en una profunda crisis no solo económica, sino también creativa-, en la difícil tesitura de tener que elegir entre el sustento y la moral. Sin trabajo a la vista, y con los acreedores aporreándole la puerta, le llega la oferta de escribir una novela sobre la vida de Duque. “Es una batalla ética entre los principios y las necesidades, y también una lucha entre él y su conciencia”, explica Prado. “Es como un nuevo Werther (el personaje de Goethe), que se plantea vender su alma al diablo”.

Si Urbano sufre en esta entrega (que sigue a Mala gente que camina y Operación Gladio, y que se prolongará hasta diez ediciones) el bloqueo del escritor, Prado puede afirmar que él vive una situación radicalmente contraria. Los relatos que el profesor imagina pero no puede desarrollar en la ficción, que se le acumulan pendientes en la memoria, él los ha materializado en una publicación paralela, Qué escondes en la mano, un compendio de varios cuentos cortos. "Es un juego literario que no se había hecho nunca", asegura. "También me sirve para desengrasar, porque la serie me impone un cierto corsé. Además también le vale al que esté mal de pasta, porque solo cuesta seis euros".

Junto a Urbano, aparecerán entre las páginas de Ajuste de cuentas otros personajes recurrentes en la saga, como la madre, la amante y confidente Natalia Escartín o Marconi, el emigrante uruguayo y dueño del bar al que es asiduo el protagonista. Este último, siempre dispuesto a echar una mano y apoyar cuando más hace falta, "quiere ser un reflejo -dice el escritor- de que siempre queda gente capaz de ser solidaria y de que una de las tareas más nobles es la de ayudar y no caer en el individualismo”.

En un mundo –el literario que describe Prado y, como queda patente, también el real- en el que para muchos lo único que importa es el dinero, esos Marconis escasean cada vez más. “Ahora hemos vuelto a la Edad Media o a la época de los faraones. Hay una oligarquía y los demás somos los esclavos que subimos las piedras a las pirámides, somos como bestias de carga”, dice Prado. De ahí su afán por plasmar y denunciar esa realidad, aunque sea por medio de la ficción. “El peligro es no contarlo: toda dictadura –y esto se acerca a serlo- intenta imponer el silencio. La novela lo que trata es de contar cómo esto afecta a las personas, contar sentimientos, aromas y sonidos. Si aparte la gente te dice que se ha divertido y entretenido leyéndola, ya considero que ha cumplido su función”.

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