Libros

Una sola familia para explicar toda Grecia

Retrato de la familia Tyrakis.

Cuando Ana R. Cañil (que fue directora de Informe Semanal y pasó por El Siglo y Cinco Días, antes de hacer crónica política para eldiario.es y el Huffington Post) y Joaquín Estefanía (periodista de El País, del que fue director entre 1988 y 1993) viajaron a Grecia el pasado junio, no estaban de servicio. Si es que eso es posible. Eran una pareja más que quería caminar por la Acrópolis, probar el auténtico queso feta y también ver de primera mano aquella crisis que, según sus compañeros, era como la española a una escala mayor. Pero Tsipras decidió convocar el referéndum sobre el acuerdo con la Troika. Entonces, Cañil y Estefanía se quitaron sus ropas de veraneantes para dejar ver su verdadera identidad de periodistas, y se echaron a la calle. A contarlo. De ese primer contacto, crecido a través de los meses, nació Los Tyrakis (Galaxia Gutenberg), un intento de narrar lo que se agita en la cuna de la civilización occidental. La historia grande, y la historia pequeña.

Porque allí, en la calle, estaba la familia Tyrakis. Primero, Manolis, pluriempleado como tantos otros que hace de intérprete para turistas y periodistas hispanoparlantes. Él les habla de su madre, Penélope, que a sus ochenta años sabe cómo se pronuncia el apellido Schäuble y sabe también que hay muy poca verdad en esa idea que blanden los alemanes –los mismos que les ocuparon en los cuarenta— de que los griegos han vivido por encima de sus posibilidades. Cañil y Estefanía huelen la historia. Y cuanto más saben de los nueve hijos de Penélope, más ven en ellos un arquetipo de las últimas décadas de la historia griega. Los Tyrakis forman parte de esa clase media nacida del esfuerzo y el hambre de los que hoy han visto recortada su pensión hasta los 400 euros. Son parte de ese pueblo ahogado por un paro del 27% y una deuda pública que asciende hasta suponer el 180% del PIB y en cuyo nombre se sacrifica la sanidad, la educación, los subsidios. A Cañil y Estefanía se les encendió la bombilla: los Tyrakis, con su historia pequeña, sus dolores y sus festejos, no eran solo una parte de Grecia. En cierta medida, eran Grecia.

Así que volvieron. Volvieron en septiembre, después de esa primera experiencia sobre el terreno que se alargó más de lo previsto y después de llamadas telefónicas y cruces de e-mails. Ese mes en otoño les permitió conocer a Yannis, a Anna, a Stella… Cada uno con su pedacito de vida, en ocasiones dolorosos, que aportar a la larga línea de la historia. Cada uno con su existencia de hormiga. Porque este libro es una defensa de las hormigas, que en el caso griego han sido confundidas por las instituciones europeas con cigarras. La parte central del libro, un conjunto de crónicas nacidas de las entrevistas con distintos miembros de la familia, crónicas de la cigarra y la hormiga, siguiendo una cita de Yannis Varoufakis: “Desgraciadamente, en Europa predomina la extrañísima idea de que todas las cigarras viven en el sur y todas las hormigas en el norte, cuando en realidad lo que tienes son hormigas y cigarras en todas partes”. Las cigarras, para el ex ministro de Finanzas, se aliaron para crear una burbuja que las enriqueciera, y acto seguido decidieron que la culpa era de las hormigas. Este es un libro en defensa de las hormigas.

“Son como nosotros. Tienen unas casas como las nuestras, vienen de ser unos luchadores. No es esa pobreza que parece que hay que enseñarles a los del norte. Viven en ciudades, en casa bien, y la miseria se esconde detrás de las puertas”, resume Aña R. Cañil. En las vidas de los Tyrakis no hay nada que no pueda encontrarse en la vida del español medio. Una madre o una abuela que sufrió la guerra, que tuvo que emigrar, que trabajó duramente toda su vida; unos hijos y unos nietos que estudiaron en la medida de sus posibilidades y creyeron que iban a vivir mejor que sus padres. No siempre fue así. Una de las hermanas, música, comenzó a perder clases cuando empezaron a cerrar los conservatorios y tuvo que abandonar su piso: ahora vive en un camastro en el estudio donde trabaja. Yannis, oficial de la Marina, se entrampó en un préstamo cuando su sueldo superaba los 3.000 euros, y le embargaron la casa cuando le rebajaron el salario a la mitad y no pudo continuar pagando. Quizás todo esto le suene al lector.

Joaquín Estefanía incide en la falsedad de la idea que se esgrime en Europa de que los recortes que se obligó a acometer al Estado griego venían a equilibrar un derroche cometido durante años. “Más que ser un producto de elevados déficits en los Presupuestos del Estado, el aumento de la deuda está relacionado claramente con el incremento del pago de intereses”, explica el periodista en la primera parte del título —se lee en ella, y en otros fragmentos, su mano de economista, igual que se lee el pulso de reportera de Cañil en otras secciones—, citando a la Comisión para la Verdad sobre la Deuda Pública Griega que llevó a cabo un comité integrado por representantes de distintos organismos públicos, a petición del Parlamento heleno. Y precisa: “El gasto público era menor que el de otros grupos de la eurozona. El únido gasto público (exceptuando los pagos de la deuda) que era mayor, en relación al PIB, era el militar”. ¿Dónde está, entonces, el origen de ese discurso que ve en los griegos a unos despilfarradores: “Ha habido abusos. Aunque entraran en la UE o se celebraran los Juegos de Atenas, unos Juegos ejemplares, ha seguido habiendo abusos en las pensiones, y una evasión fiscal tremenda [por parte sobre todo de empresarios]. Pero eso no es la norma”, dice Estefanía.

“Es el país del mundo que más ha sufrido la crisis”, dice Manolis en un momento dado. Y el periodista añade: “Es como si hubiera sufrido una guerra”. En ese sentido, cada vez está más lejano el fantasma de que España podía seguir la caída de Grecia, precisa: “La sociedad civil griega es muy parecida a la española, pero el Estado griego funciona menos bien que el español”. Y España vuelve a crecer, mientras que Grecia tiene que hacer frente a una deuda monstruosa que “nunca podrá pagar”.

Sí ven, sin embargo, un rasgo común en ambas sociedades, además de esos relatos de empobrecimiento que se ocultan por vergüenza. Es la desilusión respecto a la política. La victoria de Syriza les dio esperanzas, pero la claudicación de Tsipras frente a la troika, incluso después de que el referéndum obtuviera un no, ha sido devastadora en el ánimo de la sociedad griega. “Penélope me dijo: 'Voy a ir a votar no al referéndum con las dos manos”, narra Cañil, “Ahora intenta justificarlo… Y todos están decepcionados. Su frase más común es: 'No esperamos nada de los políticos. Estamos sometidos a nuestra propia suerte”. Ese sentimiento —“Parece que sonríen menos, y Atenas está incluso más desvencijada”, observa Estefanía”— se une al preocupante ascenso del partido nazi Amanecer Dorado, que ya figura como segunda fuerza en algunos sondeos.

Pero la reflexión en torno a la situación de los griegos y su futuro como sociedad se ha visto arrasada por la urgencia. Los miles de refugiados que llegan a las islas huyendo de la guerra y duermen en las plazas de las ciudades ha puesto en stand by todo eso que parecía de vital importancia hace solo unos meses. “En algún momento va a pasar algo. No sabemos en qué momento, pero eso va a reventar con seguridad”, vaticina Estefanía, resumiendo una de las ideas principales del libro. ¿Cuánto tiempo puede aguantar una sociedad empobrecida que debe atender a miles de personas aún más desposeídos y con más hambre que ellos?

Hay otra pregunta que la pareja de periodistas se hace, observando la solidaridad exhibida por los griegos, habitantes de “un país de emigraciones y de invasiones”, incluso “más mestizos que nosotros” y educados históricamente en el auxilio de los náufragos. Han podido comprobarlo en un viaje reciente a las islas, del que regresaron hace solo una semanas, y en el que han podido ver con espanto cómo en el Pireo se agolpan 4.000 personas con comida solo para mil. Muchos griegos, golpeados por la crisis, arrastrando secuelas económicas pero también psicológicas, se desviven por atender a los refugiados. “¿Qué haríamos los españoles si por España pasasen 4 millones de personas, el equivalente al aluvión que ha pasado por Grecia?”, se preguntan. “Nuestra respuesta implícita es que no seríamos tan solidarios como ellos”. Con el cierre del paso de los Balcanes, y un repunte en la afluencia de la ruta por el Mediterráneo, quizás tengamos ocasión de comprobarlo.

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