Libros

Traductores de libros: ni pagados ni agradecidos

Una pila de libros.

La situación no es nueva. Ya lo dicen, de hecho, en su Libro Blanco: el colectivo de los traductores editoriales acumula las razones para la queja, que no ejerce tanto como debería. “Aunque no sea quejarse la palabra adecuada”, reza el texto de introducción del documento, elaborado en 2010. “La palabra adecuada sería reclamar, reclamar lo que la ley les concede y aquello a que los hace acreedores su categoría de indispensables agentes sociales de la política cultural de un país y de generadores, en la parte que les corresponde, del bienestar intelectual de sus conciudadanos”.

Tras años de tarifas congeladas en el sector, tantos que en algunos casos se remontan a los niveles de la peseta allá por el 2000, el gremio sale a luz desde su habitual zona de sombra para protestar por una decisión “unilateral”, la de la editorial Penguin Random House (PRH), que ha recortado sin mediar “negociación alguna” las tarifas de las traducciones de libros, ya sean de ficción o ensayo. El resultado, de acuerdo con los cálculos de ACE Traductores, es una reducción de entre el 6 y el 15%, unas cifras que parten “de unas tarifas que ya de por sí era bajas” en lo que se refiere a la totalidad del sector, en el que, hasta ahora, esta editorial destacaba precisamente por lo opuesto, por encontrarse entre las que mejor pagaban.

“Los traductores de libros funcionamos por negociación libre con el cliente”, explica Carlos Fortea, presidente de ACE, asociación que agrupa a cerca de 600 profesionales. “Esta es la regla en el mercado, a excepción de los grandes grupos, que establecen tarifas para todo el mundo”. Es el caso de PRH, que aglutina en España 28 sellos editoriales. Fuentes de la empresa, que conceden que esta bajada se ha efectuado, aunque la sitúan en niveles entre el 6-7%, aseguran que se trata de una decisión motivada por la crisis tanto general como la que afecta al sector del libro, que busca hacer “sostenible” su negocio. Un extremo, este, que Fortea critica en nombre de la asociación por encontrarse en pleno proceso de expansión, habiendo adquirido recientemente nueve sellos de Santillana Ediciones Generales, antes del grupo Prisa.

“Nuestro oficio requiere una capacitación alta”, reivindica el presidente de ACE, para señalar que “en otros países la profesión está más valorada, y eso que aquí se traduce más”. El mercado del libro traducido abarca, en efecto, un parte sustancial de la industria. De acuerdo con el Observatorio de la Lectura y el Libro, España es, de hecho, el segundo país europeo en número de traducciones de libros, con 19.792 títulos trasladados al castellano desde otras lenguas (incluidas las cooficiales) en 2013, cifra que representa el 22,4% del total de los publicados ese año (89.130). En Penguin reconocen que el año pasado redujeron el número de traducciones, unos 50 libros, aunque también ha descendido la cantidad de los que publican en conjunto, en línea con la tendencia general: a comienzos de la crisis, en 2008, se publicaron 104.223 libros, de los que 25.581, un 24,8%, fueron traducciones. 

El cálculo de las tarifas

El conglomerado editorial, que pertenece a la alemana Bertelsmann, esgrime que la bajada de las tarifas se ha efectuado a partir de una revisión del conteo de palabras, que ha pasado de calcularse con una plantilla estándar a hacerlo basándose en el formato Word. Algo que, como explica Marta Pino, da lugar a una reducción de las tarifas de en torno al 20%. La traductora, que es también autora de diferentes artículos analíticos sobre la situación laboral de su sector, detalla que, en realidad, este “truco” del conteo en Word ya se venía utilizando por parte de muchas editoriales desde los años previos a la crisis en los que, aunque no pudiera hablarse de bonanza para la industria editorial, “no les iba mal”.

“Este descenso del 20% se aceptó con bastante naturalidad, aunque en un momento se echó atrás”, recapitula. El sistema volvió a utilizarse con la irrupción de la crisis, hasta el punto que “ahora hay gente que llega a cobrar entre 8 y 9 euros por página”. “Ten en cuenta que las primeras páginas tardas más de una hora en traducirlas, aunque luego vayas aumentando el ritmo”, ilustra la traductora, que traza la barrera de lo que considera un precio aceptable en 12 euros por hoja. “Y al final terminas trabajando fines de semana y noches, porque además los plazos son exiguos”.

Las cantidades que aporta Pino son, en cualquier caso, orientativas, ya que las tarifas son diferentes para cada traductor, al depender de cuestiones como el renombre del profesional, de si el texto es más o menos literario y por tanto más o menos complejo o la lengua desde la que se traduce. Y aunque, por ejemplo, en el caso de PRH, la unificación de precios ha dado lugar, según las citadas fuentes, a que un 10% de sus colaboradores hayan visto aumentar su remuneración, la percepción de Pino, en línea con la de ACE, es que, en general, “el sector se ha degradado mucho, se ha precarizado”.

"Hay que aclarar", incide Vicente Fernández, dos veces Premio Nacional a la Mejor Traducción, "que los ingresos de los traductores no dependen solo de las tarifas, también de algunas cláusulas de los contratos que firman con las editoriales. Las que hacen referencia a los porcentajes de derechos, por ejemplo. La incertidumbre, por otra parte, con respecto al ritmo de los ingresos, es un importante factor de dificultad. Así como los editores valoran la puntualidad de los traductores en las entregas de los textos traducidos, los traductores reclaman a los editores puntualidad en los pagos".

El idioma concreto del que se traduce es una cuestión que también entra en juego. Frente a las lenguas más comunes -primero el inglés, y en menor medida el francés y el alemán- se sitúan otras minoritarias, entendido este minoritario en el sentido de su nivel de introducción en la literatura disponible en España, ya que puede tratarse de idiomas tan extendidos como el chino, el ruso o el árabe. Este último es la especialidad de Luz Gómez. En su caso, a los problemas compartidos por todos los profesionales del sector, ella achaca otros añadidos: "Dado que se trata de una literatura minoritaria, los traductores hacemos el trabajo de traductores, pero también de críticos literarios, de mediadores y casi de divulgadores y promotores".

Gómez, que es también profesora de estudios árabes e islámicos, remarca la idea de que, mientras con las lenguas más habituales muchos profesionales trabajan por encargo, en su caso "la iniciativa parte del traductor", es decir, que son ellos quienes detectan las obras que creen que merecería la pena traducir y emprenden las gestiones con la editorial, casi siempre de pequeño tamaño, ya que "las grandes apenas se hacen eco". Aunque otros traductores apuntan a que el renombre importa a la hora de cobrar más o menos por un trabajo, desde su experiencia como ganadora del Premio Nacional de Traducción, sin embargo, este reconocimiento "no afecta nada" en el sentido económico.

Ni pagados, ni agradecidos

Con el progresivo desgaste, a día de hoy resulta prácticamente imposible vivir únicamente de la traducción de libros. “Hasta 2003-2004 si trabajabas mucho, podías hacerlo”, calcula Pino, quien compagina la traducción literaria con la jurada. "Hay personas que viven de ello, pero son muy pocas", remacha Gómez, que califica de "incomprensible" cómo lo hacen estas excepciones para cuadrar las cuentas a final de mes. De acuerdo con el citado Libro Blanco, solo en torno a un 10% de los profesionales consigue dedicarse a este oficio en exclusiva y pagar sus facturas. A esto se suma “el intrusismo profesional”, como agrega Pino, lo que desemboca en que pueda llegar a traducir "cualquiera”. “Se está abusando mucho de la gente que no tiene trabajo”, opina, situación que provoca que se acepten tarifas insuficientes.

Los traductores, además, están reconocidos por la Ley de Propiedad Intelectual (LPI) como autores, estatus que les confiere un porcentaje de los derechos de las obras que han trabajado. "La firma de un contrato formalizado por escrito es obligatoria, aunque los editores no siempre respetan esa obligatoriedad", ilustra Vicente Fernández. "En los contratos para más de una edición, se debe fijar el porcentaje de derechos de autor que corresponde al traductor —autor del texto traducido—; no siempre se fija, cosa que contraviene a todas luces la legalidad".

Como autores, el colectivo —conformado en España por entre 1.000 y 2.000 profesionales con diferentes niveles de dedicación— reclama que se les observe como tales. "El nombre del traductor debería figurar en cubierta", reivindica Carlos Fortea, "y en los medios de comunicación no solo debería reseñarse cuando se comente un error, sino que el lector debería ser consciente de que está frente a un trabajo intermediado". Otro reto, añade Fernández, consiste en "hacer valer la autoría del traductor con respecto a su texto en los procesos de corrección; velar por que los editores no introduzcan modificaciones en el texto, sin consultar al autor de la traducción".

Con todo, los traductores son conscientes de que no son ellos los únicos damnificados por esta creciente precarización. Muy cerca de ellos se sitúan los correctores, pero como afirma Pino, "se trata de un problema estructural" que afecta a todos los eslabones de la cadena del libro, desde el escritor a la imprenta, desde el distribuidor al librero. Si el futuro del sector como un todo es incierto, lo que sí tienen claro los traductores es que, si su situación particular no se endereza, el resultado será "un mundo cultural muy pobre", plagado de "libros mal traducidos". Aunque quizá, enmendar la coyuntura suponga una "quimera", "porque si no se lee, ¿cómo vamos a vivir? 

 

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