La minuciosa destrucción israelí de la infancia palestina
En su último informe, titulado La esencia de la infancia ha sido destruida, la Comisión Internacional Independiente de investigación de la ONU sobre el Territorio palestino ocupado, recapitula todas las formas en las que Israel está intentando acabar con el “futuro del pueblo palestino”: matanzas deliberadas de niños y niñas palestinos como parte del genocidio, violencia sexual contra los menores secuestrados por las fuerzas de ocupación, el uso de la tortura, las mutilaciones, el hambre y la falta de educación para lastrar sus vidas adultas, así como la privación de cualquier atisbo de esperanza de que algún día puedan tener una vida plena y en paz.
“Dejé de pintar por lo que está ocurriendo en mi país. Antes pintaba sin parar, pero ya no puedo. Es todo demasiado horrible”, explica Mohamed mientras nos enseña sus decenas de dibujos: el mapa de Palestina antes de ser ocupada por Israel, sus simbólicos olivos, los vestidos con su bordado tradicional. El niño de 15 años, con una discapacidad mental que le provoca un retraso madurativo, tiene aún el ojo enrojecido por la hemorragia que le produjo la paliza que le dieron unos soldados israelíes.
Aquel día, Mohamed decidió reunirse con su madre, que había ido a visitar a su primo enfermo en el hospital. A mitad de camino se encontró con que las fuerzas de ocupación habían cortado el camino con un checkpoint. Cuando se dispuso a cruzarlo, los hombres lo empujaron al suelo, los esposaron con unas bridas a la espalda y comenzaron a golpearle la cabeza y el resto del cuerpo con sus fusiles. “Me amenazaban con dispararme. Me preguntaban si era parte de una brigada. Les decía que no. Me tiraban del pelo, me sacudían la cabeza contra el suelo. Me quedé inconsciente por los golpes”. Lo cuenta meticulosamente, con las manos apretadas entre sí con fuerza, acompañado por su padre y con el apoyo psicológico de un trabajador de una ONG palestina dedicada a acompañar a las víctimas de la violencia sionista –omitimos el nombre de la entidad por la criminalización que sufren las organizaciones de derechos humanos palestinas por parte de Israel–.
“Cuando me desperté, vi que se habían alejado un poco y salí huyendo. Me gritaron mientras disparaban al aire. Pero yo no paré de correr”. Mohamed requirió ser hospitalizado por las heridas sufridas, aunque las más graves sean, probablemente, las que la Comisión Internacional Independiente para los Territorios palestinos ocupados ha denominado en su último informe “estrés traumático continuo”. En otros contextos violentos, los expertos suelen diagnosticar a las víctimas el síndrome postraumático. En Palestina, el "terror difuso y ambiental” que ha impuesto desde 1948 el Estado colonial sionista, “que no requiere bombardeos constantes para seguir siendo efectivo", ha provocado que los niños, niñas y adultos estén expuestos a graves violencias y vulneraciones de derechos fundamentales permanentemente, denuncia el informe. Todo ello, añade, es causante de un “trauma intergeneracional que afecta a toda la población palestina” desde hace décadas.
Además, los investigadores describen “una psique ocupada en la que se ha erosionado la libertad de jugar, imaginar, tener esperanza y desarrollar una identidad. La ocupación y el control israelíes han funcionado como mecanismos a largo plazo de dominación, subyugación y opresión, dañando así la memoria, la identidad y la esperanza a lo largo de las generaciones”. Algo que ha constatado esta periodista en sus viajes a Cisjordania y Jerusalén en los últimos tres años: ser conscientes de que pueden sufrir un genocidio sin que nadie lo impida, a la vez que padecen un agravamiento exponencial de la violencia de los ocupantes, ha provocado tal grado de desaliento que muchos niños y niñas no encuentran sentido a seguir viviendo. Hasta el punto de que algunos de ellos graban vídeos con su mensaje postmortem para que sus amigos los suban a las redes sociales cuando sean asesinados por los soldados israelíes o los colonos.
“Muchas noches no puedo dormir por los bombardeos y disparos. A menudo, los invasores nos obligan a abandonar nuestras casas en mitad de la noche. Nadie en el mundo vive así. Que se vayan de nuestro país. Ellos son europeos, que se vuelvan a Europa”, lamenta Mohamed en el salón de su casa familiar, un modesto habitáculo de dos habitaciones cerca de donde antes se levantaba el campo de refugiados de Jenin. Desde 2024, el Gobierno israelí ha demolido el de esta ciudad, así como los de Tulkarem, dejando sin hogar a más de 40.000 personas, en su mayoría, menores de edad pertenecientes a la quinta generación de refugiados palestinos. “¿Por qué no podemos vivir como los niños de España? Nuestra sangre es barata. Nos matan porque no somos importantes”, concluye Mohamed. Su padre insiste en que antes era un niño alegre y confiado. Ahora, es una aleación de dulzura y abatimiento.
Un infanticidio para acabar con el futuro de Palestina
El genocidio de la Franja de Gaza es la expresión más cruenta del continuum de limpiezas étnicas, masacres, desplazamientos, expolios, empobrecimiento y vejaciones con las que el proyecto colonial sionista lleva intentando acabar con el pueblo palestino desde 1947. Por ello, el jurista palestino Rabea Eghbariah sostiene que, igual que se tipificó el delito de genocidio tras el Holocausto y el de apartheid para acabar con el régimen sudafricano, se reconozca la Nakba como un delito de lesa humanidad porque solo así se podrá entender la realidad que ha impuesto Israel a Palestina en estos casi 80 años de ocupación.
Como expone Eghbariah en la entrevista publicada en el libro Genocidios (Galaxia Gutenberg, 2025), este crimen habría comenzado con la limpieza étnica y el desplazamiento masivo sobre los que se fundó en 1948 el Estado sionista, pero continuaría hasta nuestros días mediante un régimen político y jurídico creado para fragmentar al pueblo palestino e impedir así su derecho a la autodeterminación y al retorno de sus diez millones de refugiados.
En este sentido, para completar la Nakba, para sepultar el futuro del pueblo palestino, la comisión de la ONU demuestra con pruebas en el informe que “Israel ha atacado deliberadamente a niños”, contra los que está cometiendo “crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y genocidio”. Los especialistas concluyen que “al atacar a los niños, Israel está atentando contra la capacidad misma del pueblo palestino para existir y determinar su futuro”.
Antes del 7 de octubre, metían a seis en cada celda. Nosotros éramos once. Dormimos en el suelo, pisándonos al caminar
La investigación, titulada La esencia de la infancia ha sido destruida, se alza como una radiografía tan rigurosa como vívida del infierno en el que la ocupación israelí ha convertido la vida de los menores palestinos. Para asesinar a, al menos, 20.179 niños y niñas de Gaza así como provocarles lesiones a otros 44.143, el Ejército israelí ha empleado dos vías: “Directamente, disparándoles a sus órganos vitales con armas de precisión como drones y francotiradores; y mediante el uso de armas de alto impacto, provocando ataques generalizados y sistemáticos contra edificios residenciales, escuelas y campamentos de desplazados repletos de niños”, recoge el documento.
Además, el infanticidio incluye haber dejado a ”una nueva generación de niños palestinos que vivirán con una discapacidad de por vida”. Tal es la magnitud de esta nueva realidad que “la discapacidad entre los niños palestinos ha dejado de ser una condición médica individual para convertirse en una realidad demográfica determinante: un grupo de palestinos que crecen sin una o más extremidades, con dolor crónico y cicatrices visibles e invisibles”, apuntan los investigadores independientes.
Además, el equipo de la ONU ha indagado en el impacto que tendrá la malnutrición en el desarrollo y adultez de los menores que hayan sobrevivido al hambre empleada como arma de guerra, la destrucción del sistema sanitario en los neonatos y en los menores con enfermedades crónicas, así como la destrucción de los centros de acogida y orfanatos de la Franja.
Al mismo tiempo, la Comisión amplía el foco para abordar los pogromos que la población palestina está sufriendo e Cisjordania y Jerusalén Este, donde desde octubre de 2023, los soldados israelíes han acabado con la vida de más de 237 niños, y los colonos a, al menos, cinco. He entrevistado a varios de sus padres y madres. Todos ellos criaron a sus hijos con la conciencia de que podían matárselos en cualquier momento. Y, también, de que si ocurría, su muerte sería premiada con una total impunidad. Lo sabían porque es con el temor con el que se cría en Palestina desde el principio de la ocupación, pero que se ha vuelto asfixiante desde 2023 por el aumento exponencial de los asesinatos.
La Comisión recuerda que Israel, como potencia ocupante y como firmante de la Convención sobre los derechos del niño, es responsable de la protección de la infancia palestina. Por su parte, el Estado sionista ni siquiera respondió a los requerimientos de información de la Comisión para la elaboración del informe, que ha calificado tras su publicación de “farsa difamatoria” a la vez que a ha acusado a sus autores de parcialidad contra Israel.
Violencia sexual contra los niños “como táctica de guerra”
Israel ha empleado los encarcelamientos arbitrarios de niños palestinos en condiciones infrahumanas desde su fundación. Antes de octubre de 2023, una media de 300 menores sobrevivían al año en las prisiones militares, sin el cumplimiento de las garantías más básicas: podían pasar meses presos sin que ellos ni sus familias supiesen de qué se les acusaba y sin comparecer ante un tribunal –y cuando ocurría, eran juzgados por un tribunal militar–. Tras el 7 de octubre de 2023, las cárceles israelíes se han convertido en centros de tortura y de desaparición y los niños de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, a menudo, son “recluidos con adultos, sometidos sistemáticamente a tortura y violencia física, sin acceso a abogados, padres ni información sobre su paradero. Esto ha generado una prolongada incertidumbre para sus familias, lo que equivale a una separación familiar forzosa. Su detención también puede constituir una desaparición forzada”, sostienen los expertos.
Además, “la Comisión también ha documentado incidentes de violencia sexual y de género contra niños y niñas palestinos, a menudo durante arrestos o detenciones, que les causaron graves daños físicos y psicológicos. En consonancia con las conclusiones previas de la Comisión sobre la violencia sexual cometida contra los palestinos, las fuerzas de seguridad israelíes utilizaron la violencia sexual como táctica de guerra para castigar, infundir miedo y tratar los cuerpos de los palestinos, incluidos los niños y niñas, como instrumentos de humillación y opresión colectivas, arraigadas en un patrón prolongado, étnico, de género e intergeneracional de ocupación y hostilidades israelíes”.
Como me contó, el verano pasado, Ibrahim (nombre ficticio), un adolescente que a sus 15 años había sido encarcelado ya tres veces. La última, durante casi un año. “Pegan a los presos continuamente y por todo. Una vez, uno que estaba enfermo se desmayó. Vinieron seis médicos. Lo rodearon y empezaron a darle patadas en la cara. Era compañero de celda. Se despertó por la paliza y le dijeron: ‘Listo, ya te hemos curado’. Juro por Dios que allí no hay medicinas, solo palos y escudos para pegarnos”. Ibrahim creció yendo a los entierros de sus vecinos, niños y adultos asesinados por los soldados israelíes cuando se enfrentaban con piedras o cócteles molotov a las invasiones del Ejército sionista del campo de refugiados de Cisjordania en el que nació.
“Antes del 7 de octubre, metían a seis en cada celda. Nosotros éramos once. Dormimos en el suelo, pisándonos al caminar. No nos dan ropa para cambiarnos, así que nos duchamos y nos la tenemos que volver a poner. La suciedad atrae a los insectos. Sufrimos una especie de sarna”, me explicaba con ansiedad poco después de encontrarnos con un conocido suyo y de nuestra traductora que acababa de ser puesto en libertad. No lo reconocieron. Había perdido más de 20 kilos durante la reclusión.
“La comida está tan asquerosa que aunque te mueras de hambre, prefieres no comerla. Al mediodía, nos daban un vasito de café con arroz crudo y un trozo de pollo medio congelado y sangriento”, nos explicó Mohamed, que en los dos meses que llevaba liberado había recuperado parte de su complexión. Sin embargo, no albergaba dudas de que volvería pronto a las mazmorras. “Una vez que entras en prisión ya sabes que nunca volverás a ser libre realmente. Se inventan todo tipo de excusas para detenerte una y otra vez”, lamentaba.
Un ‘escolasticidio’ para volver Gaza inhabitable
Desde el principio del genocidio, los bombardeos israelíes se sucedieron contra las escuelas, los institutos y universidades de la Franja de Gaza. Y muchos de los centros educativos que se salvaron de las detonaciones, han sido quemados después, de manera intencional, por soldados sionistas. A la vez, en Cisjordania y Jerusalén Este las fuerzas de ocupación y los colonos han cerrado y demolido colegios, imposibilitado acudir a las aulas mediante confinamientos, el bloqueo de las carreteras y el cierre de las verjas con las que controlan todas las entradas y salidas de todos los pueblos y ciudades. Un escolasticidio, como lo ha catalogado la politóloga palestina, y profesora del la Universidad de Oxford, Karma Nalbulsi, que “dificultará el desarrollo económico, el trabajo y las habilidades sociales” de los habitantes de la Franja, según el informe de 2025 de la misma Comisión.
Este año, los investigadores alertan de que “el daño cognitivo causado por la interrupción de la educación va más allá de los años perdidos. Reconstruye la infancia palestina en torno a la supervivencia en lugar del aprendizaje” y advierte de que al interrumpir sistemáticamente la capacidad de aprendizaje de los niños Israel está “saboteando los fundamentos intelectuales y sociales de la propia sociedad palestina”. Una sociedad, la palestina, que siempre ha otorgado un lugar prioritario a la educación y que, pese a todo, sigue esforzándose por garantizar este derecho a sus niños, ya sea impartiendo clases entre los escombros de la Franja, o retomando el curso escolar cada vez que Israel se lo permite en los otros territorios ocupados.
Una de las grandes dificultades que encuentran las organizaciones que trabajan en temas de salud mental con la infancia palestina es darles razones para querer vivir. La psiquiatra y psicoterapeuta palestina Samah Jabr, reconocida internacionalmente por su especialización en trauma colonial, me explicó cómo trabajar con unos niños y niñas que viven en un estado de “estrés traumático permanente”, como los hicieron sus padres, madres, abuelos…
—La terapia tradicional presupone que las amenazas que han provocado el trauma han terminado, que ahora estamos a salvo y que hay un futuro esperanzador. Estas tres suposiciones no funcionan en Palestina. El trauma es repetitivo, nunca termina y trabajamos en condiciones donde no hay seguridad. A menudo, la terapia requiere mucha reestructuración cognitiva para corregir los sesgos. Pero la evaluación de la realidad de los niños en Palestina es muy precisa, saben lo que sucede y no hay nada que corregir. ¿Qué les decimos entonces? Que no están solos, los acompañamos. Se trata de centrarse en la capacidad de los niños para ayudarlos a encontrar un lenguaje con el que puedan expresar lo que les duele. Porque cuando empiezan a contar su historia, pasan de ser víctimas a testigos de su propia victimización. En este sentido, la pregunta incorrecta es qué te pasa. Lo terapéutico es preguntar cómo afrontas lo que te sucedió y cómo podemos ayudarte.
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Y para quienes se preguntan qué pueden hacer por la infancia palestina, la doctora Jabr, con más de tres décadas de experiencia trabajando en los Territorios palestinos ocupados, tiene un mensaje:
—Lo que estamos sufriendo los palestinos es mucha maldad y la mejor terapia para eso no son las intervenciones psicoterapéuticas más sofisticadas. La mejor terapia para la maldad es la bondad humana. Sabemos que los gobiernos extranjeros no nos consideran humanos. Por eso no nos aplican la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sabemos que el derecho internacional es una mentira. Pero si los palestinos no nos hemos radicalizado, si no nos hemos vuelto agresivos hacia el mundo, es porque vemos la diferencia entre los gobiernos y los movimientos populares. La solidaridad es terapéutica. Y el movimiento de solidaridad global con Palestina mantiene nuestra conexión con la humanidad.
*El viaje a los Territorios palestinos ocupados citado en este análisis fue posible gracias a una beca DevReporter, de Lafede.cat, en colaboración con la ONGD Mundubat.