El BCE paraliza su política monetaria a la espera de la evolución de la guerra y de la Reserva Federal

La presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, comparece en una rueda de prensa.

Martine Orange (Mediapart)

Todo va tan rápido que el Banco Central Europeo (BCE) parece estar paralizado. En menos de quince días se ha reanudado y se ha intensificado la guerra entre Irán y Estados Unidos, han surgido nuevas tensiones por todo Oriente Medio y el barril de petróleo Brent, referencia internacional, ha pasado de 70 a 100 dólares.

Ante una situación totalmente impredecible que podría degenerar en una nueva crisis energética, los banqueros centrales europeos han considerado que lo urgente era esperar. Por unanimidad, han optado por el statu quo y mantienen el tipo de interés de referencia en el 2,25 %.

Esta decisión era ampliamente esperada. Fiel a sus costumbres, el BCE ya se había encargado de preparar el terreno enviando señales previas para no pillar por sorpresa a los mercados. Y así fue. Tras el anuncio del BCE no se ha movido nada, ni el euro frente al dólar, ni los tipos de interés de las principales deudas soberanas de la zona euro.

En las circunstancias actuales, la actitud de esperar y ver qué pasa se considera, a juicio de muchos observadores, la solución más sensata. Sobre todo porque, incluso antes de que se reanudaran las hostilidades en Oriente Medio, la zona euro presentaba un panorama que no mostraba ningún signo de aceleración.

Tras caer un 0,2 % en el primer trimestre, la actividad se recuperó ligeramente en junio. Salvo los sectores de la defensa y la inteligencia artificial, las inversiones productivas se estancan, mientras que las condiciones de acceso al crédito no paran de endurecerse. La inflación —excluyendo la energía y los precios de los alimentos— cayó al 2,4 % en junio. El mercado laboral es muy frágil y la demanda de los hogares se encuentra al ralenti.

En resumen, no hay nada que justifique un endurecimiento monetario cuando la zona euro, por decimoquinto año consecutivo, se encuentra por debajo de su nivel óptimo de actividad económica. Y las consecuencias de un posible choque energético, así como de las olas de calor, aún no se han materializado.

A la espera de la Reserva Federal

Pero hay otro factor que también ha llevado a los dirigentes del BCE a ganar tiempo: desconocen por completo qué va a hacer el nuevo presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), que reunirá a su equipo los días 28 y 29 de julio.

Durante décadas, y más aún desde la crisis de 2008, los responsables de los bancos centrales europeos no se planteaban la cuestión de la actitud de la Fed. A ambos lados del Atlántico, compartían las mismas opiniones doctrinales, actuaban de forma concertada cuando la necesidad lo exigía para contener los peligros del sistema financiero internacional, arrastrando tras de sí a muchos otros bancos centrales.

En la descomposición avanzada del orden mundial a la que asistimos, este pilar también se tambalea. Con la llegada de Kevin Warsh a la presidencia de la Fed, ya nada está asegurado. Aunque ha intentado tranquilizar sobre la independencia de la Reserva Federal frente a los intentos de Donald Trump de controlar la política monetaria, el nuevo presidente del banco central americano no ha ocultado su intención de romper con la línea seguida por sus predecesores, a quienes lleva años criticando.

Ya ha empezado. Alejándose de las prácticas establecidas desde el mandato de Alan Greenspan —según las cuales la Fed debía anunciar y explicar de antemano sus decisiones para no pillar a los mercados desprevenidos—, ha decidido no filtrar ninguna información sobre sus intenciones. Los actores financieros, acostumbrados a hacer apuestas enormes sobre las futuras decisiones de la Fed, ya muestran su frustración: ha vuelto el riesgo, ya no tienen la seguridad de ganar como siempre.

Sobre todo porque Kevin Warsh, al tiempo que reafirma su voluntad de volver a una política estricta de lucha contra la inflación, también ha advertido de que va a cambiar la metodología para evaluarla. Mientras que el banco central ya ha excluido los precios de la energía y los alimentos —es decir, las dos partidas más sensibles para el poder adquisitivo de los hogares— a la hora de establecer su política monetaria, Warsh quiere profundizar aún más en el análisis de la inflación real, excluyendo otros elementos considerados perturbadores, pero sin precisar cuáles.

¿Se trata de dar una coartada racional a una política monetaria flexible, o incluso a una bajada de los tipos de interés, tal y como reclama a los cuatro vientos Donald Trump? ¿Es el anuncio de un cambio de enfoque en la misión de la Fed en su lucha contra la inflación? Mientras el presidente de la Fed no se pronuncie, es imposible responder. Así que todos se pierden en conjeturas y esperan. El BCE lo mismo que los demás.

Y es que, más allá de la extrema imprevisibilidad de la situación actual, el BCE no pretende tomar decisiones precipitadas que puedan agrandar las divergencias entre las dos orillas del Atlántico. Estas ya son evidentes en las cifras: el retraso de la zona del euro en materia de crecimiento, desarrollo tecnológico y empleo con respecto a Estados Unidos no ha dejado de aumentar en los últimos diez años. Una política monetaria radicalmente diferente podrían agravarlas y dar la impresión de que se acentúa el desacoplamiento a todos los niveles entre ambas orillas del Atlántico. El BCE prefiere pues esperar a conocer la postura de la Fed para calibrar su respuesta.

El manido recurso de la subida de tipos

Sin embargo, hay pocas dudas sobre la dirección que el BCE pretende tomar a principios de septiembre: subirá los tipos de interés para mantener su objetivo de una inflación del 2 % “a medio plazo”. Los operadores ya han hecho sus apuestas: dos subidas de tipos, una en septiembre y otra en diciembre.

A principios de julio, cuando la tregua entre Irán y Estados Unidos aún estaba en vigor, el economista jefe del BCE, Philippe Lane, había marcado la pauta. Aunque el precio del petróleo había bajado —en ese momento— hasta situarse en torno a los 70 dólares el barril, para él no había ninguna duda: el BCE debía seguir siendo “proactivo en su lucha contra la inflación”.

Isabel Schnabel, influyente miembro del BCE y candidata a suceder a Christine Lagarde en la presidencia de la institución monetaria, ha reiterado estos últimos días las reglas de la ortodoxia monetaria que conviene seguir. En su opinión, volverá a ser imprescindible una subida de los tipos de interés. Cualquier complacencia en la lucha contra la inflación en nombre del mantenimiento del crecimiento y el empleo no puede sino hacer que se caiga de nuevo en la trampa fatal de la espiral inflacionista de los años setenta. Las medidas de apoyo adoptadas durante la pandemia del covid-19 no han hecho más que reforzar aún más esta convicción: alimentaron la inflación, según su análisis.

Los nuevos factores inflacionistas

“La inflación actual ya no se ajusta al modelo de los años setenta”, replica la economista estadounidense Isabella Weber. Las sucesivas crisis a las que se ha visto sometida la economía mundial en los últimos años —pandemia, guerra en Ucrania, guerra comercial con Estados Unidos, crisis energética ligada a las guerras en Oriente Medio, cambio climático…— han dado lugar a nuevos factores inflacionistas que no tienen nada que ver con la espiral de precios y salarios a la que aún se sigue haciendo referencia, según sus estudios.

Esta sucesión de perturbaciones externas ha provocado una ruptura en las cadenas de suministro, una disminución de la oferta e incluso escaseces, lo que ha dado lugar a un aumento de los precios. Pero esta inflación se ha visto amplificada por el comportamiento de los productores. Animados por las circunstancias, estos han aprovechado su poder de mercado y han creado acuerdos para aumentar sus precios y sus márgenes. Los 11.200 millones de dólares de beneficios obtenidos por TotalEnergies en el primer semestre de 2026 son el último ejemplo de esta estrategia.

Una vez superados los momentos de tensión, los precios de la energía y de las materias primas sí que han bajado. Sin embargo, los de los productos manufacturados y los servicios no han vuelto a su nivel anterior, como dictaría la teoría. Salvo algunas excepciones notables, como en el sector del automóvil, donde la competencia china ha obligado a los fabricantes europeos a revisar su estrategia de márgenes exorbitantes, todos han mantenido sus beneficios.

El endurecimiento monetario no tiene ningún efecto sobre esas subidas constantes, pues acaban diluyéndose en las cifras de inflación calculadas trimestre a trimestre o, en el mejor de los casos, en términos interanuales. Pero lastran el poder adquisitivo de los hogares, lo que alimenta un malestar social constante.

Los precios de los productos alimenticios han aumentado un 54 % en los últimos diez años, según los cálculos de las asociaciones de consumidores. Los salarios no han aumentado más del 10 % en el mismo periodo, cuando no han disminuido, ya que el poder de negociación de los trabajadores se ha visto prácticamente reducido a la nada, bajo el efecto combinado de las deslocalizaciones, el desempleo y las políticas de austeridad centradas esencialmente en recortes sociales.

“La política monetaria no es el instrumento adecuado para luchar contra la inflación provocada por perturbaciones externas de la oferta”, concluía Isabella Weber en un informe, elaborado junto con el economista Jens Van’t Klooster y presentado al Parlamento Europeo en junio de 2024. En él, los economistas recomendaban desarrollar nuevas herramientas, como la constitución de reservas estratégicas de productos esenciales para amortiguar los choques, reforzar las políticas de competencia con el fin de sancionar los acuerdos entre empresas y multiplicar la cooperación entre las distintas instituciones y los Estados con el objetivo de construir un marco económico más resistente.

Menos paro, más precariedad: el Banco de Francia avala la política de Macron

Menos paro, más precariedad: el Banco de Francia avala la política de Macron

Lo mismo que el informe de Mario Draghi sobre la competitividad en Europa (publicado en septiembre de 2024), esas recomendaciones fueron rápidamente enterradas. La Comisión Europea, tras la crisis energética de 2022, aprobó decretos y directivas para constituir reservas estratégicas, pero dejó su gestión a la libre voluntad de los actores privados. El resultado es que han hecho lo mínimo.

Por su parte, el BCE sigue persiguiendo una inflación alimentada por un quimérico aumento de los salarios y exige cada vez más reformas estructurales sociales, pero no dice ni una palabra sobre el funcionamiento desregulado del capital.

Traducción de Miguel López

Más sobre este tema
stats