Crisis en la eurozona

¿Es posible un salario mínimo europeo?

Por un salario mínimo en Europa

Ludovic Lamant (Mediapart)

Olvídense de la austeridad: ¿y si la solución a la depresión económica en Europa pasase por aumentos salariales? Para sorpresa de algunos, el futuro presidente de la comisión, Jean-Claude Juncker, defiende un salario mínimo europeo, recogiendo así la reivindicación de muchos socialistas europeos. ¿Hay posibilidades de que se haga realidad?

Se comprometió el 15 de julio, ante los parlamentarios reunidos en Estrasburgo: "Vamos a establecer un salario mínimo social (para) todos los países de la Unión Europea". El candidato Jean-Claude Juncker obtenía ese día la confianza de una mayoría de eurodiputados para convertirse en el próximo presidente de la Comisión Europea, procurando hacer algunas promesas a los socialdemócratas presentes en el hemiciclo.

¿Mantendrá su palabra el conservador luxemburgués, sucesor de José Manuel Durão Barroso a partir de noviembre? ¿Se atreverá por fin Europa a invertir con fuerza en un terreno social que parece haber abandonado hace mucho tiempo, y sobre todo desde el estallido de la crisis en 2008? Un salario mínimo europeo podría frenar el devastador dumping social en el continente. Y obligaría también a aumentar los salarios más bajos en algunos de los países más dinámicos de la UE, empezando por Alemania, con efectos virtuosos en toda la región.

La iniciativa es atractiva en teoría, pero presenta dificultades. Si nos atenemos a los tratados y al artículo 153 en particular, la Unión no tiene nada que decir sobre el nivel de remuneración de los trabajadores: es una competencia exclusiva de los Estados miembros.

Europa sólo puede "apoyar y complementar" la acción de las capitales en materia de seguridad en el trabajo, seguridad social o protección de los trabajadores (esto es parte de lo que intentó, con la revisión de la directiva sobre los trabajadores desplazados que se aprobó el pasado año). Pero poner en marcha una directiva que estableciera un salario mínimo europeo sería sencillamente contraria a los tratados.

¿Habría Juncker prometido ya algo imposible, incluso antes de entrar en funciones? El tema es un poco más complicado. El establecimiento de un salario mínimo en toda Europa se está convirtiendo en una de las reivindicaciones más consensuadas del momento. Bajo argumentos diferentes, podemos encontrar ardientes defensores tanto en el lado de los economistas "horrorizados", estos universitarios contrarios a las políticas de austeridad en el continente, como en el seno de la redacción del semanario The Economist, más bien pro-business. La decisión de Alemania el pasado año de sumarse también al salario mínimo parece haber influido y terminado de convencer a algunos escépticos.

El salto de Alemania gracias al SPD

Martin Schulz, el adversario socialdemócrata de Juncker por la presidencia de la Comisión, había hecho de ello la promesa estrella de su campaña en la primavera de 2014. El comisario europeo de Empleo, Laszlo Andor, había defendido la idea desde 2012 para luchar contra la explosión del paro en el continente. El proyecto es más o menos el mismo: crear una red de seguridad adicional para los trabajadores pobres golpeados de lleno por las políticas de austeridad de la UE.

No todos los Estados están en la misma sintonía en este asunto. 21 países de la UE ya han establecido su Salario Mínimo Interprofesional de Crecimiento (Smic). Bajo la presión de los socialdemócratas del SPD, Alemania, la primera economía de la zona euro, debería establecer un salario mínimo de forma gradual de 2015 a 2017. Austria, Italia, Dinamarca, Finlandia o Suecia –más bien economías que se han librado de la crisis– están entre los últimos recalcitrantes, aunque a menudo existan en estos países algunos acuerdos por sectores en los salarios mínimos.

Como siempre, en Europa, las diferencias de un país a otro son grandes. Según un estudio publicado este verano por el Tesoro francés, el abanico de posibilidades es muy amplio. En valor bruto, Luxemburgo es, con mucho, el más generoso, con un salario mínimo bruto de 1.704 euros –frente 1.344 euros en Francia, o... 123 euros en Rumanía–.

Para solventar las diferencias derivadas de los niveles de vida en cada país, algunos economistas relacionan el salario mínimo con el salario mediano en cada Estado miembro –este salario imaginario, que divide a la población activa en partes iguales entre una mitad que gana menos, y una mitad que gana más. En este caso, Francia encabeza el ránking con un salario mínimo que es el 60% del salario mediano–, lo que significa que es uno de los países más "generosos" según este concepto.

Por el contrario, Rumanía, Estonia y la República Checa, cierran la clasificación, con un salario mínimo que no excede el 40% del salario mediano. A título indicativo, el salario mínimo en preparación en Alemania se aproximaría al 55% del salario mediano (8,5 euros a la hora).

¿Efectos insignificantes sobre el empleo?

Jean-Claude Juncker ha sido discreto sobre los detalles del mecanismo que imagina. Sin embargo, varios estudios recientes, incluyendo el del Tesoro, defienden un acuerdo político (a falta de una modificación de los tratados) en torno a una "norma de salario mínimo". No se trata de imponer un valor bruto en todo el continente: la idea sería más bien establecer un valor inferior relativo, fijado, por ejemplo, en el 55% del salario mediano de cada país. Los Estados más ambiciosos tendrían la libertad de ir más allá. Y las reglas de revalorización, año tras año, también podrían ser "armonizadas" (al concertar acuerdos, por ejemplo, sobre el lugar que hay que dar a los sindicatos o a los economistas "independientes" en estas discusiones).

Este Smic europeo es un viejo tema de los cursos de economía, a menudo distorsionado por planteamientos ideológicos y que hay que analizar con perspectiva. ¿Cuando se establece un salario mínimo se ponen en peligro puestos de trabajo? ¿Tienden las empresas a contratar menos si se eleva el nivel mínimo de las remuneraciones? Esta dificultad no es un detalle menor en un continente que cuenta con cerca de 26 millones de parados. ¿No sería este mínimo una falsa buena idea que, bajo la apariencia de generosidad, podría agravar aún más el marasmo social?

La teoría neoclásica, dominante mucho tiempo en economía, incita a responder que sí. Establecer un salario mínimo –o elevarlo– conlleva un aumento del coste de la mano de obra. Esto reduce la competitividad de las empresas, que se ven obligadas a repercutir este incremento, aumentando sus precios de venta. Finalmente pierden cuotas de mercado –y revisan a la baja sus perspectivas de contratación–. Conclusión: menos puestos de trabajo.

Confrontación de análisis

"Es un argumento que no se sostiene", corrige Dany Lang, profesor titular en la universidad de París-13, y un miembro de los "horrorizados". Sobre todo porque el trabajo no es el único determinante del precio de un producto. Un estudio reciente establece, por ejemplo, que cuando un producto cuesta un euro, el coste de la mano de obra correspondiente es de 15 céntimos en Grecia, 16 en Italia y 17 en España. Hay que tener en cuenta los costes intermedios (como el transporte, N de la R)". En resumen: incluso si los aumentos del coste salarial se repercutieran enteramente en el precio final del producto (escenario que no es el más probable), eso no implicaría, ni mucho menos, un aumento enorme en el precio del producto. Con la misma lógica, no basta bajar los salarios para que una empresa gane, automáticamente, en productividad...

Otros economistas formulan objeciones más agudas que los argumentos neoclásicos. Para Zsolt Darvas, un economista húngaro miembro del think tank bruselense Bruegel, "el salario mínimo tiene, en algunos casos, efectos negativos sobre el empleo, ya que crea efectos de distorsión, entre los que se benefician del salario mínimo y los que ganaban hasta ahora un poco más que los salarios más bajos, y que ahora se sienten alcanzados". Darvas advierte contra el efecto "psicológico" de un Smic europeo, que desmotivaría a algunos empleados –y que repercutiría, de nuevo, en la competitividad de algunas empresas–.

El debate es mucho más animado en Estados Unidos. Abundan los artículos teóricos acerca del "mito" de un salario mínimo (leer aquí).. Pero varios estudios empíricos a gran escala invitan sin embargo a la siguiente conclusión que podemos considerar tranquilizadora: aumentar el salario mínimo no tiene prácticamente ningún efecto sobre el empleo.

En un artículo de 2009, dos economistas recopilaron 64 estudios, censando en total más de 1.400 casos de empresas que tuvieron que subir el límite inferior de su escala salarial. "Esta es la misma técnica utilizada en farmacia para probar la eficacia de un medicamento: se cogen todos los estudios disponibles y se pasan por el molinillo estadístico. La conclusión de este meta-análisis es que el salario mínimo no tiene ningún efecto sobre el empleo. El resto es ideología", dice Dany Lang.

Un salario mínimo europeo, sin duda, pero ¿a qué niveles?

¿Cómo explicar este efecto virtuoso? Para algunos, si se paga al empleado justamente (lo que los neokeynesianos llaman el "salario de eficiencia"), trabajará mejor. Su productividad aumenta, lo que beneficia a la empresa en su conjunto.

Según otros, los patrones tienen sencillamente otros muchos medios a su disposición para amortiguar los efectos de un aumento del Smic: "La literatura tradicional sobre el salario mínimo insiste mucho en los efectos sobre el empleo, pero los empleadores disponen, de hecho, de otros muchos canales de ajuste. Pueden reducir las horas, o los beneficios en especie, o el volumen de formación. También pueden decidir contratar más empleados mejor cualificados, o bien reducir los salarios del personal mejor pagado, o tomar medidas para mejorar la productividad de los empleados (reorganización de la producción, formación, etc)", enumera el autor de otro importante estudio, publicado en 2013 por el think tank estadounidense CEPR.

Pero puede ser difícil que Europa extraiga lecciones de los estudios realizados exclusivamente a partir de casos americanos, ya que en Estados Unidos el salario mínimo es muy bajo –alrededor del 38% del salario mediano–. Como Mediapart ya ha informado, el tema de un aumento del Smic en Francia divide ahora a la izquierda, y el debate se complica a menudo por las tomas de posiciones ideológicas, lejos de la realidad sobre el terreno.

Philippe Aghion es uno de los economistas a la defensiva: asegura que no se opone al principio de un salario mínimo en Europa, pero le preocupa el nivel del Smic francés. "A partir de un cierto nivel, cuando se producen mejoras en el Smic sin modificar otros salarios, nos arriesgamos a reducir la movilidad social, desalentar el empleo de los trabajadores jóvenes o no cualificados, reducir el abanico de remuneraciones y bloquear los ascensos", explicó en Échos a principios de año.

Lo que le ronda a Juncker

El economista francés, profesor en Harvard, preconiza en su último libro (coautor con Elie Cohen y Gilbert Cette), "congelar el Smic a corto plazo" en Francia. The Economist retomaba a su manera el mismo estribillo a finales de 2013 : "Los salarios mínimos moderados hacen más bien que mal", informó el semanario. En este contexto, Francia juega el papel de contraejemplo perfecto, con un salario mínimo demasiado elevado, "lo que permite entender por qué Francia muestra también tasas de paro juvenil tan elevadas que resultan chocantes, alrededor del 26% entre los 15-24 años".

Es probable que la posición de Jean-Claude Juncker sea más o menos la misma: sí a un salario mínimo europeo, pero a niveles mínimos más bien bajos, o muy bajos. Esta será la clave: encontrar el nivel "adecuado", como dijo la Comisión Europea. A Dany Lang le preocupa que "jugar a la baja sobre el nivel del Smic supone, con el tiempo, reducir el conjunto de la escala de remuneraciones". Pero si seguimos el análisis de Paul De Grauwe, economista belga profesor en la London School of Economics, la crisis actual, que surgió de la explosión de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, es sobre todo una crisis de la demanda –y no de la oferta, como todavía piensan la mayoría de los líderes europeos–. De ahí la idea muy keynesiana de responder, por ejemplo, elevando el nivel de algunos de los salarios más bajos.

"El aumento de los salarios es una de las vías para la recuperación de la Unión. Y son los países con superávit (con la balanza por cuenta corriente excedentaria, es decir, en pocas palabras, que exportan más de lo que importan, como Alemania, N de la R) a los que corresponde aumentar más fuertemente los salarios", cree por su parte Engelbert Stockhammer, otro universitario especialista en cuestiones salariales, que vive en Londres. "La UE debe establecer un límite mínimo de remuneración, que tome la forma de un sistema de salarios mínimos diferenciados, lo que pondría fin a las devaluaciones competitivas de ciertas economías, que han jugado a la baja sobre los salarios (como fue el caso en España y Grecia, por ejemplo, en respuesta a la crisis, N de la R)".

Subir salarios para contrarrestar la deflación

En 2012, el comisario europeo de Empleo, Laszlo Andor, no se alejaba mucho de este razonamiento, cuando publicó un texto que señalaba sin disimulo a Alemania: "Aumentos (de los salarios) específicos, capaces de impulsar la demanda agregada, son sin duda posibles en países donde la evolución de los salarios se mantuvo muy por debajo de los incrementos de la productividad. Pero Andor, socialista húngaro, no ha sido nunca muy escuchado en el Colegio de Comisarios, archidominado en lo peor de la crisis por comisarios muy austericidas como el finlandés Olli Rehn.

Desde este punto de vista, habrá que seguir de cerca la promesa de Berlín de establecer un salario mínimo a partir del próximo año. Una buena noticia, sin duda, de este verano en el ámbito de la macroeconomía europea fue la declaración del patrón del Bundesbank, Jens Weidmann, a finales de julio, estimando que habría que aumentar todos los salarios en Alemania en un 3% para contrarrestar los riesgos deflacionistas.

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Traducción: Carmen M. Marcos

Dimisiones y austericidios

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