El espectáculo de la fe: por qué los medios se vuelcan en la visita papal en una España cada vez más secularizada

El papa saluda a Sara Baras en un acto en el Movistar Arena de Madrid.

Para cubrir la visita de León XIV a España, RTVE ha movilizado a 660 profesionales: 400 de TVE, 200 de RNE y 60 del área digital. En la calle, 170 cámaras y más de 100 kilómetros de cableado. En el aire, un helicóptero y drones. En tierra, 17 unidades móviles y cinco estudios de producción. La corporación lo ha descrito, sin falsa modestia, como uno de los mayores despliegues técnicos de su historia.

Los diarios de papel y la mayoría de los digitales han renunciado al resto de la actualidad (y algunos incluso a sus propios principios) para multiplicar unos contenidos que tratan de narrar, a veces desde ángulos insospechados, la visita del papa. Dando, de paso, un respiro al Gobierno, asediado por titulares relacionados con el caso Leire Díez, y echando por tierra la estrategia de máxima presión y desgaste puesta en marcha por el PP para tratar de forzar elecciones.

Lo llamativo es que todo esto está pasando en un país mayoritariamente secularizado y con un Estado aconfesional. Según el barómetro del CIS de marzo de 2026, apenas el 16,2% de los españoles se declara católico practicante. El 52,8% se identifica como católico, pero no pisa una iglesia de forma regular. El 40% restante son ateos, agnósticos o indiferentes.

Frente a esa España, el dispositivo mediático de esta semana resulta chocante. Horas y horas de televisión pública en directo, con narrativas bordeando a veces lo confesional y decisiones tan relevantes como la supresión del informativo de RTVE la noche del sábado. La actualidad sucumbió ante el papa.

Lola Bañón-Castellón, periodista y profesora de Periodismo en la Universitat de València, lo explica con el argumento de que la cobertura no puede leerse solo en clave religiosa. “Una visita papal no es un acontecimiento estrictamente religioso en absoluto. Es un acontecimiento cultural y social”, afirma en conversación con infoLibre.

Las audiencias que justifican la apuesta

Frente a las críticas de quienes no entienden esta inflación vaticana, los defensores del despliegue argumentan con las cifras en la mano. La 1 lideró el fin de semana con una media del 13,8% de cuota y 7,8 millones de espectadores acumulados, datos muy por encima de sus registros habituales. El especial matinal por la misa en Cibeles alcanzó el 21,2% de share con 732.000 espectadores de media. El sábado, solo la llegada del papa a Barajas le había dado ya un 22,6% y 804.000 espectadores en la mañana.

Antena 3, en cambio, se quedó en el 7,6% y 283.000 espectadores con su especial dominical. Telecinco no llegó al 3% en esa misma franja: 111.000 espectadores, por debajo de Trece, la televisión de los obispos. El sábado, la cadena solo interrumpió diez minutos su emisión para mostrar la llegada al aeropuerto. Apostó por la contención y pagó el precio. Telemadrid dedicó 13 horas al evento y obtuvo un 11,1% de share. Televisión Canaria, que emite para otra de las comunidades con actos papales, alcanzó un 10,7%.

La misa en Cibeles, emitida por nueve canales entre nacionales y autonómicos, reunió en torno a un millón y medio de espectadores en la franja de mañana. Es una cifra importante, pero queda lejos de los 9,8 millones que concentró la final del Mundial de Catar 2022 en La 1, o de los cerca de 14 millones que vieron la final de Sudáfrica 2010. La boda de Felipe y Letizia en 2004 acumuló 25,1 millones de espectadores únicos entre todas las cadenas.

La visita de León XIV es un evento potente, pero concentrado. No ha parado el país.

El nicho, el rito y la nostalgia de líderes

Entonces, ¿a qué viene tanta atención mediática, la mayor parte de ella claramente militante a favor de una figura como el jefe del Estado Vaticano?

El primer elemento es aritmético. Los católicos practicantes son solo el 16% de la población, pero en números absolutos son más de ocho millones de personas. Ese segmento está concentrado en los mayores de 55 años, que son precisamente el grupo que más televisión lineal consume. Un nicho así, activado al máximo durante horas, es suficiente para mover el share de cualquier cadena. El público joven y no religioso está en plataformas de streaming y no interfiere en ese cálculo.

Para Marta Martín Llaguno, catedrática de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la Universidad de Alicante, esa aritmética no agota la explicación. La agenda de León XIV ha incluido más de veinte actos, discursos en el Congreso y misas multitudinarias con desplazamientos por varias ciudades. “Hay un impacto institucional, diplomático, logístico y económico que trasciende a los creyentes y afecta al conjunto del país”, señala. Desde esa lectura, la cobertura no está sobredimensionada. “Se cubre la figura del papa como un símbolo que mezcla religión, política, geopolítica y marca-país”.

El segundo elemento es cultural. La socióloga británica Grace Davie explicó hace años un fenómeno que encaja bien con la España de hoy: la religión vicaria. Una mayoría que ya no practica delega esa práctica en una minoría activa, pero sigue aprobando que la iglesia esté ahí para los grandes rituales colectivos. Quien no va a misa puede sintonizar la visita papal porque reconoce en el papa un guardián de una memoria compartida, no porque busque orientación espiritual.

Bañón-Castellón añade otra capa de lectura que tiene que ver con la antropología del ritual. “Hay determinados momentos en los que las personas necesitamos la comunión con el grupo”, explica. Pone el ejemplo del Mundial de fútbol: “Gente a la que no le gusta el fútbol ve los partidos y se entusiasma y celebra o se enfada, según el resultado”.

El Vaticano, más allá de un Estado, “es escenografía, ritual. El ritual está en la esencia de todos nosotros y hace muchas veces el papel de bálsamo, de crear comunidad para ayudarnos a transitar un poco por este mundo”.

El mecanismo, sostiene, es el mismo. “Nuestro cerebro funciona igual desde hace 30.000 años. Es un cerebro que necesita rituales y reconexión con la tribu”. En las grandes coberturas, también cuando se producen grandes catástrofes, señala, hay puntos en los que se genera la necesidad “de confluir con el colectivo”.

El tercer elemento tiene que ver con cómo funcionan los medios. Cuando la televisión pública y las grandes privadas interrumpen su programación con el rótulo de directo, crean una sensación de excepcionalidad. El espectador asume que algo histórico está pasando. A eso se suma la dimensión política del evento: qué le dirá el papa al Gobierno, cómo reaccionarán los partidos, qué harán los nacionalismos. La visita papal es también un episodio de la crónica política habitual.

El cuarto elemento es el más antiguo de todos. Émile Durkheim, el fundador de la sociología moderna, describió hace más de un siglo la atracción que ejercen los momentos de efervescencia colectiva: plazas llenas, miles de personas compartiendo las mismas emociones. Esa energía tiene una fuerza visual propia que funciona con independencia de la ideología de los congregados. Se puede ver sin creer.

A eso se suma, apunta Bañón-Castellón, el perfil propio que León XIV ha construido en solo un año. “En un momento muy delicado de la actualidad internacional se ha pronunciado despertando simpatías en sectores que no se sentían nada tocados por esta cuestión”. Y lo ha hecho justo cuando “estamos muy huérfanos de liderazgos sólidos, de figuras carismáticas”.

TVE gana en narrativa, pero sin distancia

Es verdad que los datos de audiencia del fin de semana validan la apuesta de RTVE, pero no responden a la pregunta más incómoda.

El artículo 16.3 de la Constitución establece que España es un Estado aconfesional. La televisión pública ha tratado históricamente la simbología católica como un eje de identidad nacional, y esa inercia atraviesa gobiernos de distinto signo. La Semana Santa, los funerales de Estado, las visitas papales: todos reciben una cobertura que no se cuestiona.

Bañón-Castellón, que ha analizado las diferencias entre la cobertura de RTVE y la BBC con motivo del cónclave del año pasado, llega a una conclusión que sorprende: “Desde el punto de vista de la disposición de realización y narrativa visual, Televisión Española gana por goleada. Es sorprendente, porque la BBC es la madre de los modelos de prestigio televisivo”.

Pero la distancia es otra. “La BBC mete más a gente experta. Entre la gente experta que mete Televisión Española, la gente básicamente tiene una postura del ámbito católico”. Los presentadores españoles, añade, no hacen proclamas evangélicas, “pero sí comunican entusiasmo”, porque hacer “televisión sin emoción es una mesa con tres patas”. La apuesta por dar voz a la gente de la calle en lugar de a analistas produce un relato más vívido, pero también más unilateral.

El evento que construye su propia importancia

La cobertura tiende a enfocar a las multitudes. La vigilia en la plaza de Lima, la misa en Cibeles, el encuentro en el Movistar Arena: cientos de miles de personas, banderas, emoción. Esas imágenes transmiten una sensación de unanimidad que los barómetros no apoyan.

Los investigadores Daniel Dayan y Elihu Katz hace décadas que explicaron este mecanismo: el evento mediático no solo retransmite lo que ocurre, sino que lo construye como un hito histórico de visionado casi obligatorio. Lo que importa para la lógica televisiva no es cuánta gente profese la fe, sino la escala visual y la capacidad de movilización.

Martín Llaguno desglosa los engranajes concretos de esa construcción. El primero es el directo prolongado, con emisión minuto a minuto y desconexiones constantes que crean la sensación de que el espectador puede entrar y salir de un flujo ininterrumpido. El segundo es la coreografía visual: las plazas más icónicas de Madrid, el Congreso, la catedral de la Almudena, con banderas, liturgia y planos que maximizan la emoción a través de símbolos. El tercero son las cifras y los superlativos, repetidos una y otra vez para dar sensación de evento histórico. 

A todo ello se suma la lógica de competencia entre cadenas. “Nadie quiere quedarse fuera”, señala, y eso empuja a que el acontecimiento aparezca en todo momento y en todas las cadenas, reforzando la percepción de excepcionalidad. “Lo que era un hecho religioso y diplomático se codifica como espectáculo mediático mediante recursos técnicos, narrativos y comerciales”, concluye.

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León XIV merece cobertura. Como la merecería cualquier líder con capacidad de convocar a cientos de miles de personas y con presencia en la agenda política del país. Pero Martín Llaguno pone el acento en el cómo. La visita tiene relevancia informativa indiscutible, dice, porque afecta a una institución que todavía agrupa en términos identitarios a más de la mitad de la población, y porque sus efectos políticos, económicos y de seguridad alcanzan al conjunto de la ciudadanía. 

“La obligación es informar, no hacer propaganda religiosa ni antirreligiosa”. La sobrecobertura, añade, responde también a la lógica de un mercado de atención fragmentado: un gran evento es una oportunidad para concentrar audiencias dispersas, reforzar la marca de las cadenas y captar publicidad.

La pregunta que queda es si 660 profesionales, 170 cámaras y una semana entera de parrilla alterada responden a criterios periodísticos o a una inercia que da por supuesto que el auditorio comparte una fe que los datos llevan años desmintiendo. Una cobertura proporcional informaría sobre los actos centrales, analizaría el mensaje del pontífice y haría sitio también a quienes se relacionan con la institución de forma crítica o distante. Una cobertura de espectáculo convierte al papa en el protagonista audiovisual de la semana sin preguntarse demasiado para quién.

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