Lo que Yemen anticipa sobre la guerra en Oriente Medio Alejandro López Canorea
Estamos exactamente donde dijimos que no queríamos volver a estar. Con media España ardiendo. Hablando otra vez de incendios de “difícil capacidad de extensión” —algo que no suena nada bien—, incendios imposibles de controlar, de evacuaciones, de pueblos confinados y de llamas capaces de devorar miles de hectáreas en apenas unas horas. Un paisaje que nos prometimos no volver a contemplar. Lo peor es que sabíamos que iba a ocurrir.
Volvemos a ver a decenas de vecinos abandonar sus casas con lo puesto. Salen con lo imprescindible, aunque nadie sabe realmente qué es lo imprescindible cuando tienes apenas unos minutos para escapar y la posibilidad de no volver jamás. ¿Qué se salva primero? ¿Los documentos? ¿Las fotografías? ¿El álbum familiar? ¿La manta que tejió tu madre? ¿Los juguetes de tus hijos? Toda una vida cabe entre cuatro paredes y, de repente, descubres que no existe el tiempo suficiente para decidir qué merece acompañarte y qué se quedará atrás. “El infierno se acerca”, decía hace unos días un vecino. Supongo que es lo que piensas cuando ves cómo el fuego avanza hacia tu casa.
Sabíamos que esto volvería a pasar y, aun así, aquí estamos otra vez. En el momento de reclamar más medios, más prevención, más coordinación entre administraciones. De escuchar a alcaldes denunciando que sus municipios han tenido que defenderse prácticamente solos y a agricultores enfrentándose con sus tractores a un enemigo contra el que poco pueden hacer. Los cortafuegos ya no bastan cuando el fuego es capaz de superarlos, de avanzar a una velocidad de vértigo, de saltar carreteras, impulsado por el viento y por unas temperaturas extremas que han dejado de ser excepcionales.
Y todavía no ha terminado julio. Queda todo agosto por delante. Basta salir unos kilómetros de las grandes ciudades para comprender la dimensión del problema. La España que solemos olvidar durante el resto del año, la que vive pegada al monte, la que cultiva la tierra, la que mantiene vivo el medio rural, sabe que ese paisaje se convierte en un inmenso polvorín. Campos recién segados, monte bajo acumulado durante años, miles de hectáreas esperando una chispa para convertirse en una tragedia.
El calor forma parte del problema, pero no explica por sí solo lo que está ocurriendo. Lo que sí sabemos es que los veranos extremos, las olas de calor prolongadas y las noches tropicales son ya la nueva normalidad. La pregunta, por tanto, no es si volveremos a tener grandes incendios. La pregunta es por qué seguimos comportándonos como si fueran algo extraordinario y no un escenario para el que deberíamos llevar años preparándonos.
Quizá el mayor fracaso no sea que los incendios regresen cada verano. El verdadero fracaso es que nuestra memoria dure menos que las cenizas
En los últimos grandes incendios, los equipos de extinción han tenido que tomar una decisión dramática: dejar arder parte del monte para concentrar todos los esfuerzos en salvar los pueblos. Proteger las casas antes que el territorio. Era la única decisión posible. Pero quienes regresen a esas viviendas en los próximos días se encontrarán rodeados por kilómetros de tierra negra, árboles convertidos en esqueletos y un silencio y un olor que tarda décadas en desaparecer.
Pedro Sánchez planteaba esta semana un gran pacto de Estado para reforzar la prevención y la respuesta frente a los incendios. La propuesta llega en un momento de máxima polarización política y cuesta imaginar que llegue a algo en un clima donde cualquier acuerdo se interpreta antes como una victoria o una derrota partidista que como una necesidad.
La prevención nunca ha dado votos. No inaugura infraestructuras, no ofrece fotografías espectaculares ni ocupa portadas. Su éxito consiste precisamente en que no pase nada. Y eso tiene un enorme problema político: es mucho más sencillo hacerse la foto en el puesto de mando, explicando los medios que se han desplegado, que justificar inversiones destinadas a evitar una catástrofe que todavía no existe.
A la vuelta de vacaciones esto dejará de estar en el debate político, si es que en algún momento ha llegado a estar. Hasta el próximo verano. Hasta que otro incendio vuelva a poner un pueblo contra las cuerdas y repitamos exactamente las mismas preguntas, las mismas promesas y las mismas declaraciones solemnes.
Quizá el mayor fracaso no sea que los incendios regresen cada verano. El verdadero fracaso es que nuestra memoria dure menos que las cenizas.
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