Gordofobia, la madre de todas las discriminaciones
Cuando Broncano preguntaba en La Revuelta si sus invitados se consideraban más machistas o más racistas, siempre pensaba lo mismo: la discriminación más universal, que más atraviesa a nuestra sociedad y sobre la que todos deberíamos revisarnos se llama gordofobia.
Gordófobas somos todas y todos. Lo somos con las demás personas y también con nosotras mismas. La gordofobia no distingue entre izquierdas y derechas, hombres y mujeres, personas blancas o racializadas, heterosexuales o miembros del colectivo LGTBIQ+, niños o adultos, ricos o pobres. Nos atraviesa a todes. Está en las instituciones, en las familias, en los colegios, en los trabajos, entre amistades y en conversaciones que repetimos sin cuestionarlas.
El fascismo corporal está tan normalizado que apenas somos capaces de reconocer la violencia y gravedad que implica. Hablar con desprecio de las personas gordas o atribuir automáticamente virtudes a los cuerpos delgados responde a la misma lógica que otras formas de discriminación, como considerar que un color de piel es superior a otro. No aceptar la corporalidad de una persona gorda es igual de deleznable que no respetar la orientación sexual de una persona homosexual. Insistir en que una persona modifique y adelgace su cuerpo a toda cosa es igual de horrible que las terapias de conversión en el colectivo LGTBIQ+. Porque en ambas se parte de la misma base: que esa persona está mal y tiene que cambiar. Se trata de no aceptar a las personas por su corporalidad, se trata de modificarlas a toda costa, se trata de mutilarlas, maltratarlas, insultarlas, avergonzarlas, culparlas y odiarlas.
En el último episodio de la temporada del podcast Nadie hablará de nosotras, basándose en el libro Irreductibles, de la filósofa Kate Manne, se recordaba cómo está demostrado que el peso en los menores es el sesgo más habitual de acoso escolar. También ejercido por el propio profesorado. Manne además señala que hay estudios que demuestran que el colectivo que más asco moral produce es el de las personas gordas, solo detrás de las personas drogodependientes, un grupo altamente estigmatizado.
No tener un cuerpo delgado es una tortura en esta sociedad. Una tortura desde la infancia, pasando por la adolescencia y la adultez. Cada día hay historias más desgarradoras sobre las infancias y la adolescencia relacionadas con el malestar más absoluto que supone habitar cuerpos que no son delgados en esta sociedad.
No ser delgado te sitúa en el ostracismo. Y ahora más que nunca con la avalancha de los medicamentos basados en la semaglutida o los agonistas del receptor GLP-1. Ignorando todos los efectos secundarios que producen, desde el corto plazo (como los problemas gastrointestinales) o a medio plazo (como depresión, calvicie, problemas de vista, páncreas, pérdida de masa muscular y ósea) y los que tardarán por salir… Es tan difícil y tan agotador habitar un mundo que odia a las personas gordas que todo el mundo se está pinchando. La estrategia de esta industria farmacéutica está siendo tan abrumadora que incluso están pagando a influencers gordas y activistas del body positive para que usen los fármacos y vayan cambiando el foco y la narrativa.
Es tan difícil y tan agotador habitar un mundo que odia a las personas gordas que todo el mundo se está pinchando
Esta maniobra de marketing es tan atroz como si todo el colectivo LGTBIQ+ se estuviera pinchando de repente una inyección para volverse hetero. ¿Qué nos parecería? La inmensa mayoría entenderíamos que el problema nunca ha sido la orientación sexual, sino la discriminación que sufre el colectivo. Que nuestra labor como sociedad es que todas las personas merezcan respeto, que luchemos por sus derechos y por la diversidad, no por hacer desaparecer a un colectivo. Pues eso es lo que está pasando con las personas gordas. Entiendo, conozco y transito el estigma, el dolor y el sufrimiento, pero en lugar de atender la diversidad corporal y seguir luchando por una sociedad que avance en respeto y tolerancia, desaparecemos.
Las personas delgadas no son mejores que las personas gordas. Las personas delgadas no son más saludables que las personas gordas. Las personas delgadas no se cuidan más que las personas gordas. Las personas delgadas no comen mejor que las personas gordas. Las personas delgadas no hacen cosas bien y las personas gordas no hacen las cosas mal. El cuerpo, por sí solo, no nos dice nada de los hábitos de nadie.
Solo reconociendo como sociedad que hablar de la delgadez como símbolo de estatus es violencia, podremos empezar a reparar tanto el daño individual como colectivo que hemos causado durante décadas. Si de verdad queremos que las infancias dejen de sufrir, tenemos que dejar de vanagloriar y felicitar el adelgazamiento.
Si de verdad como sociedad queremos que disminuyan los trastornos de conducta alimenticia, hay que dejar de usar la salud como mantra contra los cuerpos gordos. O podemos seguir haciéndolo. Pero sabiendo que esa bandera, aunque sea de la salud, es una coartada rodeada de violencia, maltrato, discriminación y opresión.
No es una exageración. No es por salud. Solo es violencia. Y la negación de la violencia es más violencia.
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Ana Martínez Villar es consultora de comunicación y socia de infoLibre.
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