x

Nos gustaría enviarte notificaciones de las últimas noticias y novedades

PERMITIR
NO, GRACIAS
Buscador de la Hemeroteca
Regístrate
INICIAR SESIÓN
¿Olvidaste tu contraseña?
infolibre Periodismo libre e independiente
Secciones
Los libros

‘Poesía soy yo’

  • Las autoras de este volumen se saben creadoras y saben que la palabra es su única vía para plasmar sus vivencias personales e históricas
  • En los últimos meses son tres los trabajos dedicados a la visibilización de las poetas: (Tras)lúcidas, 20 con 20, y este volumen

Gema Palacios
LA AUTORA
Publicada el 22/07/2016 a las 06:00
Portada de Poesía soy yo.

Portada de Poesía soy yo.

Poesía soy yo. Poetas en español del siglo XX
Edición de Raquel Lanseros y Ana Merino
Visor
Madrid
2016

Poesía soy yo
Las antologías de poesía escrita por mujeres que han salido a la luz durante este año parecen apuntar a que la creación poética escrita por ellas durante el siglo XX en nuestro país es ligeramente diferente a como la dibujaba el editor de Visor hace un año durante una entrevista en El Cultural que despertó gran polémica [el editor de este mismo volumen afirmó: "[En] todo el siglo XX, no ves ninguna gran poeta, ninguna, comparable a lo que suponen en la novela Ana María Matute o Martín Gaite"].

Hasta la fecha ya son tres los trabajos que se han dedicado a la visibilización de las poetas españolas: la antología (Tras)lúcidas compilada por Marta López Vilar en Bartleby, 20 con 20, diálogos con poetas españolas actuales de Rosa García Rayego y Marisol Sánchez Gómez en la editorial Huerga & Fierro y, la más voluminosa de las tres: Poesía soy yo, publicada en Visor, que selecciona a ochenta y dos poetas nacidas entre 1886 y 1960, a cargo de Raquel Lanseros y Ana Merino. No resulta difícil imaginar a raíz de qué se ha producido este boom de antologías, que vuelve a poner sobre la mesa la cuestión de la existencia de una “lógica de compensación”, empleada por Carmen Conde en 1954 en su antología Poesía femenina española viviente. Este empuje de la mujer a la esfera cultural no siempre es comprendido de un modo positivo, ya que algunas voces proclaman que estas políticas son precisamente las que resaltan la diferencia entre ambos sexos, cuando lo que se pretenden conseguir es una comprensión más justa.

En Poesía soy yo nos encontramos con una heterogeneidad y una riqueza francamente deslumbrantes. En ella hay poetas que han desempeñado oficios tan variados como el de profesora, traductora, ministra o piloto de avión, como María Victoria Atencia; poetas que fueron precursoras de la lucha feminista en su país como la mexicana Rosario Castellanos, poetas que vieron destruida parte de su obra a manos de un familiar como Alfonsa de la Torre, poetas cuyos maridos eran también poetas como Concha Méndez, poetas que recibieron el Nobel de Literatura como Gabriela Mistral, poetas que murieron torturadas y cuyo cuerpo nunca apareció como Alaíde Foppa y poetas que decidieron terminar con su vida como Alejandra Pizarnik.

Las mujeres que articulan su voz en este volumen no temen pronunciarse, se saben creadoras y saben que la palabra es, en muchas ocasiones, su única vía para plasmar tanto sus vivencias personales como los hechos históricos que les ha tocado vivir. La sensibilidad es aquello que les permite penetrar capas adentro en el ser humano, y se acercan de forma particular a la mirada de las que son como ellas: mujeres artistas cuya obra ha sido injustamente valorada. Ellas, conocedoras de la tradición, en ciertas ocasiones se expresan a través del soneto y del romancillo, pero en general caminan hacia el versolibrismo, pues hallan en él una libertad que es la que desearían para sus propias vidas.

“Venus y Diana me han abandonado / y tan sólo Minerva, a mi costado, / me habla, doctamente, de poesía”, proclama Juana de Ibarbourou. En contra de lo que un lector potencial podría creer, no vamos a encontrarnos con una explosión de poemas amorosos, aunque también tengan cabida, sino con una vuelta de tuerca, un reglón aparte que caracteriza a todas estas poetas. El tema por excelencia es la lucha, el inconformismo, la búsqueda que puede detenerse porque es flujo de vida e impulso para la escritura. “Vine para algo más que para pasar como sombra”, “Voy a afirmarme en el No, a gritar que vine / henchida de un latido inexpresable”, afirman respectivamente las poetas españolas Concha Méndez y Carmen Conde. En algunos casos, esta lucha verbal estuvo acompañada de una lucha terrena, la de sus propios países bañados en sangre durante un siglo convulso que vivió al clamor de dos guerras mundiales y otras muchas civiles. Sirvan como ejemplo estos versos de la poeta Ángela Figuera Aymerich, que parecen escritos desde la trinchera: “Me llegaste a veces. / Del último bisel de la tragedia, / del borde mismo de la hirviente sima/ venías hasta mí. Me contemplabas / con unos ojos llenos de agua sucia / donde asomaban rostros de cadáveres”.

En ellas, ser mujer es no adoptar el rol que otros le han impuesto, tal y como lo describe Julia de Burgos al comienzo de uno de sus poemas: “Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese: / un intento de vida; / un juego al escondite con mi ser”. Ser mujer es tener la capacidad de ponerse en la piel del otro y vivir múltiples vidas: “Soy mi padre y mi madre / soy mis hijos / y soy el mundo / soy la vida”, escribe Idea Vilariño. Ser mujer es no temer lo que otros pueden decir sobre ti por haber escogido el camino de la creación, como bien sabe Gloria Fuertes, que se escudó en el humor para tratar los asuntos más graves: “—Ahí va Gloria la vaga. / —Ahí va la loca de los versos, dicen, / la que nunca hace nada”.

El cuerpo de la mujer es oficio de silencio, abismo de placer y dolor que vienen a reunirse. Un cuerpo que puede albergar vida dentro de sí, pero no sólo eso. El erotismo atraviesa la escritura de muchas de las poetas que se dan cita en esta antología, y también su contrario: un mordisco que provoca miedo porque a la mujer se le ha educado para que mire con recelo su propio cuerpo, para que no se detenga a descubrirlo, a respetarlo y amarlo. “A veces soy ajena ante mi cuerpo: / paso frente al espejo, / lo saludo como a un desconocido / que no entiendo”, escribe Julieta Dobles, aproximándose al desdoblamiento del yo lírico, que se da con total rotundidad en la poeta Olga Orozco, autora de versos como: “¿Y quién roe mis labios, despacio y a oscuras, desde mis propios dientes?”. Tras el cuerpo que se escribe, descubrimos la palabra como cuerpo, el lenguaje como tema girando en torno a sí mismo, en poetas trapecistas, que se descuelgan sobre la sílaba como Cecilia Vicuña cuando escribe: “Palabra es pala y abra / para que entre la luz”, o en poetas que rozan el hermetismo para alumbrar significados otros. “Siendo cuajo lácteo buscamos quedar / e incubamos pensamientos sólidos en nidos faltos de ropaje”, reclama Verónica Zondek.

Como rezaba en el título de una antología de poesía escrita por mujeres: Ellas tienen la palabra, y no sólo eso, la han tenido y la tendrán en el futuro, pero es necesario que su voz conquiste todos los espacios, para así llegar a convertirse en una posibilidad infinita.

*Gema Palacios es poeta. Su último libro publicado es Treinta y seis mujeres (El sastre de Apollinaire, 2016).

Volver a Los diablos azules

Más contenidos sobre este tema




 
Opinión