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Los libros

Canta el pájaro jejé

  • Los relatos de Sepulcros de vaqueros resultan aleccionadores para saber cómo trabajaba Bolaño, de qué manera componía sus historias
  • El libro parece albergar un importante contenido autobiográfico, con las correspondientes desviaciones propias de la ficción

Publicada 12/01/2018 a las 06:00 Actualizada 11/01/2018 a las 21:49    
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Sepulcros de vaqueros
Roberto Bolaño

Alfaguara
Barcelona

2017

 
  Sepulcros de vaqueros es otro de los libros que Roberto Bolaño dejó inéditos al morir. Está compuesto de tres partes: “Patria”, “Sepulcros de vaqueros” y “Comedia del horror de Francia”. Las antecede el prólogo de Juan Antonio Masoliver Ródenas, uno de los primeros y principales valedores de su obra, y la útil nota de Carolina López Hernández, esposa del autor, que se ocupa del origen de estas narraciones; y se cierra con unos “Apuntes de Roberto Bolaño para la escritura de Sepulcros de vaqueros”.


Las dos primeras narraciones son más extensas (60 y 71 páginas, respectivamente), si bien el relato inicial se compone de veinte capítulos titulados y el segundo, solo de cuatro; mientras que el tercer relato está formado por un único texto de unas 30 páginas. Con excepción de este último, el libro parece albergar un importante contenido autobiográfico, con las correspondientes desviaciones propias de la ficción, pues en él se recrean con libertad diversos episodios de la vida del autor, o se anticipan historias y personajes que aparecerán en obras posteriores, a veces con nombres semejantes, aunque distintos, como veremos.

En “Patria”, compuesta entre 1993 y 1995, antes de que se publique La literatura nazi en América (1996) que lo dio a conocer, Rigoberto Belano (o Rigorín Belano), sobrenombres que apuntan al definitivo Arturo Belano, nos cuenta algunas vivencias acaecidas en la chilena Concepción, “la llamada capital del sur”, como se la denomina en Estrella distante (1996), que se corresponden con la existencia real del autor, antes de trasladarse con su familia a México: el padre boxeador, la madre lectora, o la preparación del golpe de Estado de Pinochet (1973). Y otros sucesos meramente ficticios, como la desaparición de Patricia Arancibia, su primer amor, estudiante de Literatura en la Universidad de Concepción, así como el responso fúnebre que se le dedica. Entre todos ellos, sobresale un hilarante episodio, titulado “El remero del azar”, en donde Bibiano Macaduck (en Estrella distante aparece un Bibiano O'Ryan) y Rigorín Belano comentan el poema aparecido como lema del capítulo que el teniente Carlos Ramírez traza en el aire. El caso es que, en una conferencia, Bibiano denuncia la red de tráfico de niños mendigos en Latinoamérica, para trasplantar órganos, remitiendo en sus comentarios a la cruzada de los niños, que Auxilio Lacouture menciona en Amuleto (1999). Todo este conjunto parece formado por materiales diversos que podrían vincularse de la siguiente manera, si los numeramos del 1 al 20: el 1, el 10, el 14 y el 20 podrían considerarse relatos sueltos; en cambio, se complementan entre sí el 2 y el 7, el 8 y el 9, el 11 y el 13, el 12 y el 15-17, y el 18 y el 19. Se trata, por tanto, de historias que solo se relacionan en parte, por lo que en conjunto no acaban de funcionar, a pesar de compartir muchos de ellos el narrador. El caso más evidente, al respecto, quizá sea el del texto final, “De Lola Fontfreda a Rigoberto Belano”, en forma de carta. Esta Lola, por otra parte, bien podría ser trasunto de Lola Paniagua, novia de Bolaño en 1978, quien aparece en Estrella distante con el nombre de Ana.

“Sepulcros de vaqueros”, compuesto por cuatro narraciones, se escribió entre 1995 y 1998, fecha esta última en que aparece Los detectives salvajes. En la primera, titulada “El aeropuerto”, Arturo cuenta el viaje de su familia de Chile a México; recuerda su infancia, que se corresponde en parte con la del autor (su caballo Zafarrancho y su perro Duque serían buenas referencias); la fascinación de su madre por Neruda, mientras que él se decantaba decididamente por Nicanor Parra; la asistencia de ambos a un recital de Alcira Soust Scaffo; la rememoración de sus abuelos y de la criada mapuche Celestina; su temprana vocación de poeta, el desprecio por Rilke y Neruda, y el beso robado a la joven Mónica Vargas... La segunda parte, “El Gusano”, narrada asimismo por Arturo Belano, aparece reelaborada en Llamadas telefónicas como uno de los cuentos que componen el libro, e incluso parte de sus referencias (a Villaviciosa o El Gusano) volveremos a encontrarlas en Los detectives salvajes. “El viaje”, a su vez, relata el periplo a lo largo de México, Panamá y Valparaíso para apoyar la revolución chilena; y junto con las relaciones que el narrador entabla con Johnny Paredes, la estriper Dora Montes y un jesuita, a quien le relata un cuento incompleto que aparece intercalado, sobre una invasión de hormigas extraterrestres... La narración termina con un disparatado diálogo que escucha el narrador entre un centroamericano y un venezolano, y con las experiencias sexuales que mantiene Dora con ambos jóvenes, mientras Belano evoca la visión en Panamá de El último tango en París. Esta parte concluye con una historia titulada “El golpe”, de inspiración parece que biográfica, aunque algunos detalles sean inventados, en la que evoca las primeras reacciones de la célula comunista de su barrio, en Santiago, ante el estallido del golpe militar en Chile, trágico suceso que tanta presencia cobra en la literatura de Bolaño.

La última narración del volumen, “Comedia del horror de Francia”, está escrita entre el 2002 y el 2003, durante el postrer año de la vida de Bolaño, quizá mientras intentaba concluir 2666, aunque nada parezca guardar en común con dicha novela. Su origen es un artículo, “Conjeturas sobre una frase de André Breton”, publicado en el diario chileno Las Últimas Noticias, el 27 de junio del 2001, que se reproduce en los “Apuntes...” finales. Se trata de una historia contrafáctica (¿y si los surrealistas hubieran vuelto a las catacumbas para preparar la revolución?), narrada por Diodoro Pilón (el nombre parece sacado del TBO), discípulo del maestro Roger Bolamba (¿última reencarnación de Bolaño, como maduro mentor?), quien tras presenciar con sus amigos un eclipse de sol en Puerto Esperanza y especular sobre qué será de ellos así que pasen quince o treinta años, se encamina hacia Las Caletas, al estadero (chiringuito) en que su madre expende pescado frito con yuca y frijoles. Pero en el atajo que toma a través de las colinas experimenta dos sorprendentes encuentros: uno, con el pájaro jejé, con quien intenta entablar un diálogo; y otro, con un innominado interlocutor que lo recluta desde París para el Grupo Surrealista Clandestino, GSC, tras contestar Pilón un teléfono público que suena a su paso en reiteradas ocasiones.

Podría decirse que entonces empieza realmente la historia que Bolaño nos quiere contar, y que –en efecto— se trata de una comedia algo burlesca, según anuncia el título; al margen de que no transcurra por entero en Francia y adopte la forma narrativa del cuento. En ella, un joven de 17 años, el narrador, se declara poeta sin necesidad de haber publicado un solo verso. Mientras tanto, la llamada suena en la calle del Olmo, donde solo hay pinos... Se trata, en suma, de una historia en la que no solo impera la lógica, porque como le dice a Diodoro su interlocutor parisino: la lógica es como un manicomio (p. 187).

El caso es que nos encontramos con una historia intercalada dentro del cuento, una disparatada conversación telefónica (ocupa 20 páginas de las 33 del conjunto) entre Diodoro y un militante del GSC, aun cuando su dicción francesa le haga dudar de si se trata de un polaco, un eslavo o un balcánico. Este lo cita en París, tras contarle un suceso en el que participa nada menos que André Bretón, sobre la fundación del GSC, alentándolo a que se quede a vivir durante diez años en las alcantarillas de la ciudad, mientras tres “viudas de surrealistas” (dos de pintores y la otra de un poeta, todas ellas ricas, se precisa en irónicas aras de la verosimilitud) le vayan entregando dinero para que pueda subsistir... Solo por estas dos disparatadas conversaciones, tanto la que pretende mantener con el pájaro jejé, como la que emprende con el surrealista heterodoxo, merece la pena este excelente relato. Sin embargo, la narración se cierra con otros dos encuentros en los que se redondea la trama: el primero con el borracho Aquiles, quien le recuerda lo importante que es tener una mujer a tu lado (pp. 173 y 195), y el segundo con el tipo elegante y las dos mujeres que lo acompañan, a quienes había observado bailar durante el eclipse, aunque ahora –excepto la más joven de ellas— aparezcan degradados y ciegos, por haberse expuesto a la luz del sol negro.

Respecto a la vinculación de algunos de los episodios y de los personajes con el resto de su obra, habría que señalar los siguientes: los talleres literarios de Fernández y Juan Cherniakovski tienen su paralelismo en los de Juan Stein y Diego Soto en Estrella distante (pp. 59 y 60). En esta novela aparece también Iván Cherniakovski como el mejor general del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, primo carnal de la madre de Stein. Por su parte, las hermanas Pons, Lisa y Edna, que asisten al taller de Cherniakovski, podrían corresponder a las Garmendia (Verónica y Angélica) de Estrella distante, y a las Font (Angélica y María) de Los detectives salvajes. Y el avión Messerschmitt que escribe en el cielo con sus acrobacias bien pudiera ser el mismo que encontramos en Estrella distante (p. 42...). La llamada doctora Amalfitano, artífice de un libro sobre Las castas secretas (p. 65), anticipa la denominación de un importante personaje de 2666. Las fotos de niños emasculados de la India, que Cherniakovski muestra en su taller, tendrían su paralelo en aquello que se relata en el cuento “El ojo Silva”, incluido en Putas asesinas (2001). Además, Cherniakovski, tras la guerra, se marcha a otro país, donde pasa a llamarse Víctor Díaz, convirtiéndose en el amante de una puta de 15 o 16 años y abraza el Terror. Esta relación podría apuntar a las que mantiene Lupe en Los detectives salvajes. Se alude también aquí a Perpignan y Port-Vendres. La memorable estación francesa aparece en Estrella distante, mientras que la referencia a la segunda localidad resulta aún más interesante, puesto que Bolaño trabajó allí en 1977, nada más llegar a Europa, según la carta que le escribe entonces a Bruno Montané, que incluye –por cierto— un dibujo/autorretrato del autor. Por último, en la novela de 1996 (p. 138...), a la que tantas veces hemos aludido, volvemos a encontrarnos con otra secta, el denominado movimiento de los Escritores Bárbaros.

A lo largo del libro aparecen tres referencias al título del conjunto, que además de ser una de las partes, es el lugar donde se concentran dichas menciones. Masoliver Ródenas lo relaciona con la violencia en América Latina, sin precisar más. Pero esos vaqueros sepultados, ¿son, quizás, aquellos jóvenes latinoamericanos que dieron su vida por la revolución? El caso es que el padre de Belano, lector solo de novelas de vaqueros, se presenta ante su hijo como un vaquero, un deportista (boxeador) fracasado. Y cuando Belano va en busca de Nicanor Parra, aunque tenga que contentarse con charlar con su vecino, un guitarrero, éste le canta unos versos de cabo roto en los que se alude a los pantalones vaqueros. Lo que no es aclarar mucho.

Podría afirmarse sobre este libro lo mismo que en su momento aduje a propósito de El espíritu de la ciencia-ficción, un conjunto de narraciones de sumo interés para los conocedores de la obra de Bolaño, pero que dirán poco al lector que no haya frecuentado su literatura. Destacaría, sin embargo, el último cuento, que podría figurar entre los más logrados de los suyos. Además, estos relatos resultan aleccionadores para saber cómo trabajaba Bolaño, de qué manera componía sus historias, reaprovechando materiales previos o completando y cerrando tramas que había tanteado.

*Fernando Valls es crítico literario y profesor de Literatura.

 
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