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Los diablos azules

En el cosmos de las ensoñaciones

  • Las metáforas de Rafael Espejo no sobrevuelan edificios o aceras sino que anidan en el agua, las estrellas, los animales. Es un flâneur del medio natural
  • A medida que su obra madura, la ironía se afianza como seña de identidad, quizás porque la conciencia se ha tornado lúcida, decía Pessoa

Publicada el 08/06/2018 a las 06:00 Actualizada el 07/06/2018 a las 16:26
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“Hablo por mí”

Madriguera es el itinerario antológico que recomienda Rafael Espejo para visitar su obra. Suma el valor de contar con epílogo de Darío Jaramillo y prólogo de Carlos Pardo, lector privilegiado del que denomina “prehistórico contemporáneo”, una elipsis insólita para señalar los polos temporales sobre los que rota la obra de Rafael Espejo.

“Hablo por mí” es el título de la poética —auténtica, no de las que intentan dar el timo metaliterario— con la que el autor abre las puertas. Confiesa que entiende la poesía como género biográfico y que un poema acabado le suscita “un estado de excepción de la conciencia”. Supongo que se refiere a la conciencia en tanto conocimiento de la realidad o al menos del instante, ese destello de inteligencia que funde la profundidad de pensamiento con la circunstancia que lo propicia. Encontramos ejemplos en bastantes versos de cierre: “por si vuelve a surgirnos la ocasión / de querernos como desconocidos”, rememorando una noche imborrable, y “No vengas esta noche. / Voy a pensar en ti” o el dulce martirio de la ausencia.

“Tú eres mi lugar”

Este verso del soberbio inédito “Una fábula del tiempo”, expone la sutura que restaña la herida del yo. Consecuentemente a su forma de entender el género, el conflicto de la identidad preocupa y a la hora de afrontarlo llega a ser insuficiente hablar por sí mismo. Si en El vino de los amantes (2001) manifestaba con desamparo que “en realidad, no tengo nada / que ver conmigo mismo”, en Nos han dejado solos (2009) vislumbraba una salida basada en la convivencia: “Algo con insistencia está pidiendo / que me salga de mí si yo contigo”.

  Es entonces cuando el poeta asume que necesita el apoyo externo del vínculo amoroso. Resulta inviable el yo categórico sin el tú cómplice. En Hierba en los tejados (2015) los autorretratos no se dibujan con el trazo tembloroso del indeciso sino con el pulso firme de quien ha aprendido a reconocerse en el espejo que le ofrece su pareja.

“Probemos esta miel toda la noche”

Contrariamente a lo que ocurre sobre un ring de boxeo, el cuerpo a cuerpo bajo las mantas —un espacio frecuentado por el poeta y sus amantes— es sinónimo de combate limpio. Mientras escribía El vino de los amantes, la melodía del roce de los cuerpos que oía Ángel González sonaba en los oídos de Rafael Espejo como crujidos de placer: mala época para el romanticismo. Las parejas que fornicaban en aquellas historias —mamíferos cumpliendo el ritual de apareamiento— exhibían anatomía en primerísimos planos de labios y lenguas, y chupaban, gemían y segregaban saliva. “El beso” es, en verdad, un coito antes que una manifestación amorosa. Pura condición animal: “Así la quiero yo”, decía entonces.

Pasados los años y templados los ánimos, Rafael Espejo cambia las mantas por las nubes de espuma en la bañera. Renuncia a pronunciar ‘te quiero’, un cliché que suena risible, pero el beso que cruza en “Voy dejando que me suceda” —estamos en Hierba en los tejados— es una muestra de respeto a la compañera. Y de este modo hasta llegar al tiempo de silencio que encierra todas las palabras de amor. Ella duerme en su regazo y él la contempla: “Ojalá me sintieses / cuidándote por fuera, // mirándote dormir”. Pura condición emocional: “Así la quiero yo”, dice hoy.

“Una casa sin puertas, / sin ventanas, sin techo”

Esta no-casa es una de las construcciones más firmes que se han levantado para cobijar la poesía. Parece segura como cualquier madriguera, excavada para proporcionar vivienda y escondrijo a animales menudos. En su invisibilidad acoge a otros animales pequeños y tímidos, asimismo expuestos: sus poemas. Los versos pertenecen a “No tengo casa”, una poética en torno a las insuficiencias del lenguaje para expresar la totalidad de lo experimentable.

“No tengo casa” lleva un guiño juanramoniano. Hay otra poética (camuflada) en “Madriguera”, el texto que presta título a la antología, concebida al modo de “Vino, primero, pura”, aunque observando con cierta sorna las eternidades del infinito Juan Ramón. Menos disimulada y con sorpresa final, “Génesis”, cuyas estrofas primeras sugiero leer imaginando las secuencias siderales de 2001: una odisea del espacio, y las últimas recreando la secuencia del descubrimiento del monolito. Si el icónico bloque negro de Kubrick simbolizaba el desembarco en la Tierra de la inteligencia, un hijo de esta, el lenguaje, es la guía de viajes de Rafael Espejo para orientarse en el mundo.

“Como al principio”

El poeta reconstruye su biografía a partir de la infancia sosteniéndose en la figura de la madre, diosa de los recuerdos primitivos. Ella protagoniza el ambiguo “Regresión” y el inequívoco “Un ramo de raíces”. Uno de sus emblemas es la placenta, madriguera a la que se recurre en busca de paz interior: “Qué placenta // esta balsa de tiempo suspendido”.

De manera literal, volver al principio supone retornar al primordio, a las turbulencias cósmicas relatadas en (otra vez) “Génesis”, texto fundacional. Allí no existían los mitos y las cosas sencillamente estaban más que eran. Para Italo Calvino poesía y azar son enemigos irreconciliables, así que cuesta creer que sea posible componer un (brillante) poema al nacimiento de la vida en una atmósfera de máxima entropía. Todo quedaba por hacer “en el cosmos de las ensoñaciones”.

“Confundir mis ideas con luciérnagas”

Las metáforas de Rafael Espejo no sobrevuelan edificios o aceras sino que anidan en el agua, las estrellas, los animales. Es un flâneur del medio natural, un mago de piedras y nubes en las que lee, respectivamente, el pasado y el futuro. Hubiese sido un hippie ejemplar en aquel San Francisco de los sesenta cuajado de ‘hierba’ en los tejados y balcones.

“Idealizamos lo que el ojo ve”, dice. Su talento le permite transmutar en versos el resplandor de los astros o el parpadeo de los rayos del sol en un bosque, y el mismo talento le avisa de que el exceso de belleza es indigesto. La elegía puede cobrarse el precio del ridículo, de ahí que aconseje “tener cuidado con los pensamientos”.

“He bostezado a veces como una flor de tiesto”

El conflicto del yo, las relaciones amorosas, la elaboración de una poética, la percepción de la muerte… Solemnes temas. Llegan a provocar bostezos si se toman en serio. Rafael Espejo se afianza en las pinceladas irónicas (“Hipótesis”) para saltar al humor (“Siempreniño”), el sarcasmo (“Autorretrato”) y la parodia (“El monstruo y la muchacha”).

A medida que su obra madura, la ironía se afianza como seña de identidad, quizás porque la conciencia se ha tornado lúcida, decía Pessoa. Respecto a las entregas anteriores, Hierba en los tejados triplica el número de poemas de tono irónico.

“Ya no soy joven. No tengo prisa”

Regresamos al punto de partida. Esta cita extraída de “Hablo de mí” es la confesión de un poeta que escribe para preservar lo memorable, no para lucir músculo en ferias literarias. Apenas tres libros y medio, como le gusta decir a él, en veinte años de carrera. Creo que ha hecho suyo el lema de Augusto: “Festina lente” (Apresúrate despacio).

Yo tampoco soy joven, pero tengo prisa por leer la próxima entrega de Rafael Espejo. Sé que no me va a defraudar.

*Antonio Lafarque es crítico literario.

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