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Los libros

Santos que yo te pinte

  • Navarro combina en Canino poemas en prosa o poemas narrativos de largo aliento con otros brevísimos, casi de imagen
  • El mayor logro del libro se encuentra en el modelo narrativo que propone el autor, frente al desprestigio de la forma narrativa operado en las últimas décadas

Publicada el 22/06/2018 a las 06:00 Actualizada el 21/06/2018 a las 15:46
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Canino
Andrés Navarro

Valencia
Pre-Textos

2018

El poeta Andrés Navarro (Valencia, 1973) había atraído la atención de numerosos lectores con sus dos primeros libros: La fiebre (Premio Emilio Prados, Pre-Textos, 2005), donde se anunciaba ya una poderosa capacidad visual, si bien oscurecida aún por cierto trazo estilístico recargado, y Un huésped panorámico (Premio Ciudad de Burgos, DVD, 2010), que se desprendía ya de cierto barroquismo para emprender una exploración de la mente, donde espacios, gestos o personas se elevaban casi a símbolos. Ocho años después de este último llega Canino, libro que mantiene algunas de las constantes previas de Navarro —en especial su notable capacidad para la imagen—, pero que se abre a un tipo de escritura expansiva y despojada, de referentes materiales y concretos, aunque no por ello simplificados.


Muchas culturas tradicionales han visto en los animales un tercer elemento de mediación entre lo humano y lo divino, subyugados por nuestra fuerza y, al mismo tiempo, inescrutables como algo ajeno. Canino parece trabajar precisamente a partir de esta ambigüedad constitutiva del animal. Desde el primer poema, que retoma la sugerente cita bíblica «no deis lo santo a los perros», hasta el último, que cierra el libro afirmando «yo / podría ser un perro entre la gente», Navarro adopta lo que podría denominarse una mirada canina: la de alguien que recorre los espacios mientras los observa con una atención peculiar, cargada en ocasiones de afecto, pero sin pertenecer a ellos, ni comprenderlos plenamente. Una mirada de pasajero, de infiltrado, que, en cierta medida, prolongaría el símbolo del huésped que había dado título a su poemario anterior y que, no por casualidad, regresa aquí en algunos de los poemas más sólidos del libro, reunidos en la sección final de las cuatro que lo conforman («Y expuesta luego a los curiosos»). Esta mirada de íntima incomprensión es la que unifica una obra formalmente muy diversa, pues Navarro combina poemas en prosa o poemas narrativos de largo aliento con otros brevísimos, casi de imagen, que alcanzan su plenitud en la «suite» de la segunda sección («Acatamientos»).

Junto a esta diversidad de asedios a su material, el mayor logro del libro se encuentra en el modelo narrativo que Navarro propone. Durante varias décadas, los excesos y malentendidos en torno al «relato» que marcaron la poesía española habían traído consigo un desprestigio de la forma narrativa como tal, que parecía incompatible con una voluntad de renovación literaria. En los últimos años, sin embargo, se observa cómo algunos autores que comenzaron su obra desde una reticencia hacia lo narrativo (como Carlos Pardo, Mariano Peyrou, Juan Andrés García Román o el propio Navarro) proponen ahora nuevas maneras de entender el procedimiento. Si Pardo ha explorado las posibilidades de la digresión en un poema fundamental como «Mis problemas con el judaísmo» (incluido en Los allanadores, Pre-Textos, 2015) y Peyrou ha propuesto en El año del cangrejo (Pre-Textos, 2017) un territorio de fábula donde el asombro y la duda infantil sustituyen al relato estricto, Andrés Navarro busca en Canino un tipo de narración constantemente interrumpida, donde el lector siente que la acción no puede nunca estar completa y le corresponde, por tanto, reconstruirla.

Parece pertinente recurrir aquí a un paralelismo fílmico —Navarro es, a juzgar por su blog Un genio del montón, un autor muy interesado por la gramática del cine— y citar lo que el propio Navarro escribió a cuenta del método de Michelangelo Antonioni, «que consiste en cortar el inicio de la escena previsto y prolongar el final», de forma que «las escenas empiezan cuando la acción ya está en marcha» y, al mismo tiempo, el rodaje no se interrumpe donde marca el guion, sino que «el director pedía a los actores que continuasen actuando, ya sin texto», porque «es en ese tiempo de narración extra, a medias entre la improvisación y el cansancio real de los actores, donde la tensión buscada aflora con mayor fuerza». Leída después de Canino, esta descripción parece ajustarse como un guante al método propuesto por Navarro: la acción en marcha, la búsqueda de lo imprevisto y la tensión entre personajes podrían ser, precisamente, los ejes centrales de su comprensión de la narrativa. Poemas como «Bifocal» —donde tenemos la impresión de ver a sus personajes a través de una ventana, entrando y saliendo de nuestro campo de visión—, «El padre de mi novia», «Algo de tamaño natural», los fragmentos de la «suite» o partes de la citada sección final del libro nos ofrecen precisamente ese privilegio de lo incompleto: instantes de una historia de la que no intuimos principio ni final y que continuamos desarrollando tiempo después, como un enigma.

*Fruela Fernández es poeta.

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