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Los libros

Mestizaje, desarraigo y riqueza

  • En Pequeño país, un libro con tintes autobiográficos, Gaël Faye cuenta la vida de un niño burundés mestizo a principios de los noventa
  • Tras conseguir cierto reconocimiento musical, el cantante de rap y escritor, hijo de francés y ruandesa tutsi, publicó esta novela en 2016 

Publicada el 19/04/2019 a las 06:00 Actualizada el 19/04/2019 a las 16:40
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Pequeño País
Gaël Faye

Traducción del francés de José Manuel Fajardo
Salamandra

Barcelona
2018
  Gaël Faye es un cantante de rap mestizo, hijo de francés y ruandesa tutsi, nacido en Burundi en 1982 y que, tras conseguir el reconocimiento musical a raíz de su descubrimiento en el Printemps de Bourges en el año 2011, uno de los festivales franceses que más importancia dan a los nuevos valores, publicó en el año 2016 un libro titulado Pequeño país, con tintes autobiográficos, en el que cuenta la vida de un niño burundés mestizo que, tras ver cómo se va aproximando la guerra en Burundi tras el conflicto en Ruanda, con una madre exiliada —precisamente por la primera matanza de tutsis a manos de hutus— y, además, casada con un francés, consigue exiliarse a Francia precisamente por el pasaporte que le brinda la nacionalidad de su padre.


Con este hecho se salva de una muerte segura, no solo por ser hijo de tutsi, sino también hijo de un colono francés de clase media. Los ojos de un niño ante lo que no comprende, las explicaciones de un padre sobre el conflicto, las etnias en Burundi: "Los pigmeos, que no cuentan, los hutus que son los más numerosos, son bajitos y tienen la nariz ancha… Y luego están los tutsis, como mamá. Son mucho menos numerosos que los hutus, son altos y flacos, con la nariz fina y nunca se sabe lo que se les pasa por la cabeza. Tú, Gabriel –añadió mi padre señalándome con el dedo—, eres un auténtico tutsi, nunca se sabe lo que piensas… Tampoco yo sabía qué pensar. Al fin y al cabo, ¿qué podía pensar uno de todo aquel lío?".

Solo podía pensar una cosa, que la guerra se debía a no tener la misma nariz.

El ambiente de la novela se desarrolla en una zona donde viven los que son como él, tanto en la posición social como en el mestizaje, y ambas cuestiones unen las andadas del protagonista y sus amigos, que estudian juntos, pasan las tardes juntos, especulan juntos y aprenden a ser mayores en un mundo que huele la llegada de la guerra, y a los que no les quedará más remedio que tomar partido. En la novela vemos a Gaby, el protagonista, que nos cuenta la historia en primera persona, cómo va madurando, intentando comprender lo que pasa a su alrededor y finalmente, tras veinte años en el exilio francés, muerto el padre al principio de la guerra, decide regresar para cuidar de su madre.

Pese a la dureza de lo descrito es un relato luminoso, quizá por estar contado desde la perspectiva de un niño de diez años, por esa forma de ver el mundo llena de ingenuidad e imprevisión. Por ella circula la música que se escucha en Ruanda, los programas de radio, las fiestas familiares, la cerveza de banana o urwagwa para festejar el año nuevo, el tumulto zaireño frente a la contención burundesa y personajes peculiares descritos con un solo párrafo, como ese predicador, "de pie sobre el capó de su Mercedes desvencijado, que anunciaba a voces la inminencia del fin del mundo, sosteniendo en la mano una biblia en suajili encuadernada en piel de serpiente pitón real".

Y así avanza la acción del relato, y nos explica cómo se ha utilizado la música clásica para los golpes de Estado:
 

El 28 de noviembre de 1966, durante el golpe de estado de Michel Micombero, fue la Sonata para piano nº 21 de Schubert; el 9 de noviembre de 1976, durante el de Jean-Baptiste Bagaza, la Séptima de Beethoven, y el 3 de septiembre de 1987, cuando el de Pierre Buyoya, el Bolero en do mayor de Chopin. Aquel día, 21 de octubre de 1993, tuvimos derecho a El ocaso de los dioses de Wagner. Papá cerró el portón con la ayuda de una gruesa cadena y varios candados. Nos ordenó no salir de casa y mantenernos alejados de las ventanas. Luego puso nuestros colchones en el pasillo, por el peligro que podían suponer las balas perdidas. Nos pasamos todo el día tumbados en el suelo. Fue bastante divertido, porque teníamos la impresión de estar de acampada en nuestra propia casa.


Es el mismo niño quien nos adentra en las zonas oscuras más tarde, quien nos habla de la lucha contra el miedo, de las jornadas de "ciudad muerta" o de su propia definición de lo que es un genocidio:
 

El genocidio es una marea negra: quienes no se ahogan van cubiertos de petróleo toda la vida.


Pero también nos habla del entusiasmo cuando descubre los libros de manos de una vecina griega, solitaria, que se los deja después en herencia, y que es la excusa que utiliza el protagonista para regresar a su país veinte años después: recoger el legado de su biblioteca.
 

Un libro puede cambiarte. E incluso cambiar tu vida. Como un flechazo. Y nunca se sabe cuándo tendrá lugar ese encuentro. No hay que fiarse de los libros, son genios dormidos… Aquella noche, antes de irme a la cama, cogí una linterna de uno de los cajones del escritorio de papá y debajo de la sábana comencé a leer la novela, la historia de un viejo pescador, de un muchachito, de un gran pez y de una manada de tiburones… Conforme leía, mi cama se transformaba en bote, oía el chapoteo de las olas golpeando contra el borde del colchón, olía la brisa marina y sentía el viento que empujaba la vela de mi sábana… Gracias a las lecturas, derribé los límites del callejón, respiré de nuevo, el mundo se extendía a lo lejos, más allá de las vallas que nos encerraban en nosotros mismos con nuestros miedos.


Con este libro, Gaël Faye, que pudo estudiar una carrera en Francia antes de ser músico y escritor, ha vendido en el país galo 700.000 ejemplares y ha ganado diversos premios, entre ellos el prestigioso Goncourt des Lyceéns.

Gaël Faye abandonó su país en 1995, con 13 años, la misma edad que tiene Gaby al marcharse, lo que supone que la novela abarca tres años en la vida del protagonista, aunque lo cuenta todo desde la óptica de sus treinta y tres años. En la actualidad pasa una parte del año en París y la otra en Kigali, la capital ruandesa, acaso como una necesidad de reencontrar sus raíces y su identidad, como siempre que se vive en la periferia, con un brazo en cada uno de los mundos a los que pertenece. Como él mismo afirma: "Mi mestizaje fue un motivo de desarraigo durante mucho tiempo. Ahora intento convertirlo en una riqueza". "Durante toda mi vida, la gente no ha sabido como interpretarme. No se entiende mi hibridez. No soy blanco, pero tampoco negro. He vivido en las calles polvorientas de Burundi y en las avenidas aristócratas de Versalles. Hago rap, pero estudié económicas y trabajé en un fondo de inversiones de la City de Londres".

Pequeño país fue antes una canción incluida en su álbum titulado Pili pili sur un croissant au beurre (Piri-piri sobre cruasán de mantequilla), toda una declaración de intenciones sobre el mestizaje, la inmigración y el enriquecimiento que viven los países cuando son capaces de recoger estas experiencias y fenómenos culturales. Sería un flagrante delito que los vientos neoliberales que apuestan por el cierre de las fronteras nos priven de mentes tan privilegiadas como la de Gaël Faye y de experiencias tan especiales que nos enriquecen a todos. La mezcla siempre es enriquecedora.
 
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Carmen Peire es escritora. Su último libro es Cuestión de tiempo (Menoscuarto, 2017).

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