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Los libros

Pájaros en la cabeza

  • En su nuevo libro de relatos, La isla de los conejos, Elvira Navarro ha seguido ensanchando su mundo narrativo
  • Todos estos cuentos tienden a lo fantástico, y aun cuando no siempre se valgan de esa estética, sí resulta frecuente el conflicto psicológico

Publicada el 26/04/2019 a las 06:00 Actualizada el 26/04/2019 a las 11:49
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La isla de los conejos
Elvira Navarro

Penguin Random House
Barcelona

2019
  Tras un ciclo de cuentos (La ciudad en invierno, 2007) y tres novelas (La ciudad feliz, 2009; La trabajadora, 2014; y Los últimos días de Adelaida García Morales, 2016), casi todos ellos de concepción heterodoxa, Elvira Navarro publica ahora un nuevo libro de cuentos, distinto de los anteriores, de factura —si se quiere— más tradicional, compuesto por once relatos que comparten tono, sensaciones, unas atmósferas extrañas y ciertos motivos. Todo ello es buena prueba de que la autora ha seguido ensanchando su mundo narrativo. Sin embargo, este nuevo libro comparte con los anteriores la psicología problemática de los personajes, el gusto por la itinerancia y la tendencia a transitar por los márgenes de las ciudades (la autora mantiene un blog llamado Periferia y en nuestro libro se cita Outside, de Marguerite Duras, pues en él se ocupa de los suburbios de París, como recuerda la narradora), la denuncia de la precariedad laboral, los dilemas sobre la identidad y lo que Elvira Navarro denomina “las noches oscuras del alma”, a las que alude de forma metafórica (p. 25). Y a ese respecto, podría decirse que uno de los cuentos, “La habitación de arriba”, proviene de una costilla de La trabajadora.

Pero en qué consisten esas novedades: en la mayor importancia del espacio como un componente esencial del conflicto entre los personajes, quienes a menudo se sienten inquietos o parecen perdidos, pues la acción transcurre en “lugares claustrofóbicos y metafóricos, atmósferas opresivas”, en lugares hostiles que reflejan los conflictos internos de los protagonistas, así como de las situaciones en las que se desenvuelven. Todos estos relatos tienden a lo fantástico, y aun cuando no siempre se valgan de esa estética, sí resulta frecuente el conflicto psicológico. Creo que el único cuento que podría tacharse estrictamente de fantástico es “Estricnina”, en el que a una mujer le cuelga una pata de la oreja, una deformidad metafórica; si bien en “Regresión” nos encontramos con una abuela que flota en el aire, y “Memorial” –de leerse como creemos que merece el texto— también compartiría la estética de lo fantástico. Los cuentos restantes son, en esencia, realistas, mostrándonos una vez más las posibilidades que todavía ofrece el realismo para presentarnos una realidad problemática, cuando esta se muestra como ambigua y confusa. Tiene razón, por tanto, la autora cuando afirma que este nuevo libro suyo resulta más contundente y misterioso que los anteriores. No en vano, en los cuentos aparecen conceptos tales como transformación, metamorfosis, extrañamiento o hueco (pp. 31, 51, 62, 86, 143 y 149), que son un firme indicio de por dónde transcurren las historias. E incluso se nos habla de una transformación, como ocurre en “Myotragus“ (p. 71).

Según ha reconocido la autora, casi todos parten de una situación real, a veces experimentada por ella misma, aunque luego haya transformado la historia, atendiendo a las exigencias narrativas de cada una de ellas. Son narraciones breves e intensas pues oscilan entre las 5 y las 15 páginas. El libro se inicia con “Las cartas de Gerardo”, donde se cuenta lo complicada que resulta la separación de una pareja, cuyos miembros han permanecido juntos llevándolo todo al límite, porque así se sienten a salvo de una normalidad que desprecian. Para que Natalia, la narradora protagonista, se atreva a tomar la decisión de abandonar a su novio, pues es consciente de que son una pareja muerta, tienen que viajar a Talavera e instalarse en un albergue cercano al pueblo, en el que todo aparece degradado, pues la comida está reseca (semejante degradación encontramos también en “La habitación de arriba”) y el baño plagado de insectos. El hospedaje, donde van a pasar unos últimos días juntos, una noche oscura, mientras ella piensa en su nueva pareja, a quien parece dirigir su relato, está regentado por un hombrecillo siniestro y rijoso, que perturba a Natalia. El título del cuento se refiere curiosamente a las cartas que Gerardo no le contesta, cuando ella reside en Bruselas y todavía le es fiel; de la misma forma que “La habitación de arriba”, en el cuento así titulado, tampoco existe.

De “Estricnina”, un cuento dividido en cuatro partes numeradas, llama la atención su comienzo en que el autor toma la palabra para mostrarnos la relación que se establece entre el narrador, que cuenta su historia en tercera persona, y el personaje, una mujer a la que le cuelga una pata de la oreja que no para de crecerle, y a la que le acabarán saliendo unos dedos con unas pequeñas bocas que se mueven como arañas (p. 32). La acción transcurre en la ciudad arabe de T. (¿Tánger?), donde la protagonista espanta a un tendero a quien pretende comprarle unos hiyab, pues se horroriza de ver su extraño apéndice.

“La isla de los conejos” permite leerse como una respuesta a lo que puede suceder cuando se intenta manipular la realidad, o –según la autora— una metafora de cómo, al intentar alterar un medio, surgen monstruos, según ocurre también en “Myotragus”. Pero si algo me parece que queda claro es que el protagonista, un falso inventor que construía objetos ya inventados, al soltar unos conejos en una de las pequeñas islas del Guadalquivir para ahuyentar a los pájaros, consigue envilecer a los animales, que acaban comiéndose a sus propios hijos. En este cuento inquietante, también me ha llamado la atención lo claramente marcado que aparece el desenlace, en el último párrafo, como si el resto de la narración hubiera sido compuesta para llegar a semejante conclusión, pues a la visión del narrador, se añade ahora, de forma somera, la de “los habitantes de los pisos de la ribera”, que parecen haber estado observando al inventor loco.

En “Regresión” el azar junta en la infancia a dos chicas, la innominada narradora y Tamara. Pero un capricho, una traición, las separa a los 12 años; se reconcilian de nuevo cuando tienen 18, como si se produjera una regresión al periodo anterior (“agosto —se dice— tuvo la intensidad de toda la infancia“, p. 57), mientras cumplen con los correspondientes ritos de paso. Así, por ejemplo, cuando estas chicas se relacionan con okupas y punkis, o fuman hachís; hasta que en una nueva ocasión, el azar vuelva a distanciarlas al acceder a la Universidad. Pero es Tamara (cuya familia judía, con la casa de sus abuelos, cobra cierto protagonismo en el cuento; y, en concreto, el recuerdo de la abuela —“una vieja obesa que olía a berenjena quemada”, p. 50— flotando en el techo porque estaba llena de gas), quien decide siempre los cambios, pues se distancia de su amiga a los 12 años, y cambia de barrio tras matricularse en una carrera distinta, con el consiguiente alejamiento que ello supone. En suma, se trata de la historia de una amistad dañina, basada en el sometimiento, y construida a base de recuerdos del pasado. Fíjense que en los cuatro primeros párrafos se insiste hasta en tres ocasiones en lo que el relato tiene de rememoración, con expresiones que se repiten, como “el recuerdo”, “otro recuerdo”, “otros recuerdos” (pp. 49 y 50).

En “París Périphérie” la narradora y protagonista, que lleva un diario, nos advierte de que padece una especie de dislexia, pues confunde, no ya las direcciones, sino los nombres de las calles. Sea como fuere, tenemos la sensación de que en este relato la realidad quizá se haya transformado, por lo que estaríamos ante un cuento fantástico; o que la obsesión del personaje la lleva a no ser capaz de encontrar lo evidente, el edificio donde tiene que entregar los papeles de una beca, en un barrio situado en las afueras de París. Como ocurre en “La habitación de arriba”, en la que que la protagonista oye ruidos, a pesar de que tal habitáculo no exista. De forma paralela a esta sorprendente historia, se cuenta también, como fondo, si quieren, la relación sentimental que mantiene con Michel, en la que empiezan a aparecer grietas, pues la chica no consigue que le diga dónde estuvo ayer, cuando no conseguía localizarlo (p. 63). El desenlace también parece desdoblarse, pues si por un lado tenemos la impresión de que va a romper con su novio, al disponerse a orinar sobre los papeles de la beca, que no ha conseguido entregar, de modo que no podrá prolongar su estancia en París; por otro, en las líneas finales nos dice que ha decidido llamar a Michel para que la ayude a dar con el edificio perdido. Aunque el lector podría pensar que, a lo mejor, tampoco esta vez contestará a su llamada.

En “Myotragus”, se trata de un animal producto del cruce entre una cabra y una rata, se cuentan dos historias. La primera, más breve, transcurre en el presente, en un lugar indeterminado, y en ella una mujer que se siente sola se queja a un camarero de que no es de choto el asado que le han servido en el restaurante. Mientras que la segunda historia sucede en el pasado, en la isla de Mallorca, protagonizada por un archiduque llamado Pedro Juan, que sufre elefantiasis, trasunto quizá del célebre Luis Salvador. El caso es que el aristócrata decide soltar doscientos chotos en su finca para intentar cazar también al myotragus, animal con el que se identifica y con cuya carne alimenta a las mujeres a las que corteja, de la misma forma que las capturaba a ellas. El extraño ser había acabado convirtiéndose en un reptil para adaptarse al medio y poder sobrevivir. Ambas historias aparecen unidas por el choto, animal que al suscitarle dudas a la protagonista de la primera historia, desea analizarlo en el laboratorio en que trabaja, con lo que nos imaginamos —no se cuenta— que se llevará una desagradable sorpresa. Este relato, ya se ha señalado, debe relacionarse con “La isla de los conejos“, pues comparten motivos.

“Notas para una arquitectura del infierno” es uno de los cuentos que parece haber llamado menos la atención de la crítica. Está dividido en tres partes numeradas, y aparece encabezado por una cita del profeta Isaías, que podría decirse que sintetiza —de manera simbólica, si se quiere— la historia. En él se cuenta la relación que se establece entre dos hermanos: el narrador, estudiante de arquitectura, y su Hermano Mayor, como lo llama, un hijo espúreo de la madre. Este ha trabajado en el Ministerio de Defensa, en un alto cargo, pues sus poderes como médium le permitían saber dónde se gestaban las conjuras, y luego para una delegación de la NASA en España. Pero acabó internado en un psiquiátrico, pues afirmaba que el diablo —con quien se sentía identificado— presidía la ciudad. Se trata, en realidad, de un periplo por el delirio y la locura, no exento en ocasiones de ribetes de humor, como ocurre en el episodio del flan chino mandarín en la bañera, cuyo misterio —si es que existe— no llega a desentrañarse, más allá de que tengamos la sensación de que esa arquitectura del infierno a la que se refiere el título esté compuesta por diversas iglesias de Madrid en las que el narrador espía los movimientos de su singular Hermano.

En “La habitación de arriba” se cuenta el proceso hacia la locura de una joven que trabaja como cocinera en un hotel, un lugar donde sopla el cierzo y oye ruidos en una habitación que no existe, sueña con trozos de comida parlante o con los sueños de aquellos que la rodean, mientras que a su vez un hombre sueña con ella. El caso es que, dada la degradación física y mental que sufre, acaban despidiéndola de su trabajo. El título de este cuento, “Memorial”, debe de referirse a los recuerdos que una madre, fallecida dos semanas antes, parece querer imponerle a su hija a través de Internet, mandándole fotos, vídeos e incluso un cuento, quizá para recordarle algunos momentos que habían vivido juntas. En el relato se rememora una estancia en el hospital y la alegría de la hija tras enterarse de que le han extirpado el cáncer que padecía. Si aceptamos esta lectura, se trata de un cuento fantástico. Quizá su aportación estribe en mostrarnos cómo lo virtual puede alimentar lo real, distorsionarlo, generándonos nuevas inquietudes.

En “Encía” todo tiende a lo metafórico, pues la podredumbre de la boca de Ismael, un profesor con una situación académica precaria, el mal aliento que desprende, parece ir mucho más allá de lo físico y olfativo, pues se nos muestra como lo real, frente a tanto simulacro. La narradora, que se dedica al cine y aprecia lo nuevo y lo raro, como también le ocurre a la protagonista de “Las cartas de Gerardo”, pero que ahora siente miedo, nos cuenta su falsa boda con Ismael, las vacaciones que pasan en Lanzarote, junto con el contratiempo de salud que padece este, la imposición de su hedor en los besos que se empeña en darle a la mujer, la sospecha de estar convirtiéndose en un insecto, y el deseo —ahora sí— de casarse de verdad, cuando avanza la podredumbre y se corrompe la carne. Y lo sorprendente es que a pesar de todos los pesares, ella empiece a tomarse en serio lo del asunto de la boda.

En “La adivina”, que cierra el libro, la protagonista padece no solo una situación de precariedad laboral, sino también el chivatazo de una de sus compañeras de trabajo. Sea como fuere, vive al ritmo que le marcan los cinco mensajes que parece enviarle una vidente, aunque el último, que juega con el final sorprendente y humorístico, resulte ser una mera publicidad del Tarot, como una alternativa —digamos— moderna a la misma videncia. De todos lo cuentos del libro, quizá sea este el que contenga más humor, por lo que me parezca adecuado para concluir.

Hemos visto que hay tres cuentos sobre islas: transcurre en una isleta del Guadalquivir, en Lanzarote y en Mallorca, respectivamente; y en todos ellos hallamos una atmósfera extraña, cuyos componentes adquieren a veces significados simbólicos. En varios cuentos aparecen mujeres emparejadas con hombres que han dejado de atraerlas, y con los que les cuesta trabajo romper, aunque se trate de una relación dañina, como ocurre en “Las cartas de Gerardo”. Los finales son a menudo abiertos y una parte de la historia, del conflicto, aparece eludida. Además, en todos los relatos los personajes se trasladan de lugar, tras llevar a cabo un desplazamiento, un viaje, situándose la acción en un espacio que no coincide con el lugar en que habitualmente se desenvuelve su vida. Y es en ese espacio, digamos neutral, donde por fin se deciden a tomar una decisión, donde puede por tanto producirse un cambio. Así, recuérdese,  “Las cartas de Gerardo” empieza y acaba con un viaje.

A la vista de lo dicho, resulta evidente la importancia de las enfermedades mentales, de la dislexia, de los transtornos psicológicos y de los laberintos en que se pierde la mente de estos personajes. Pero en el caso de que fueran leídos como cuentos de terror, se trataría de un terror mental, psicológico, pues en estas narraciones no aparece ni sangre, ni vísceras... Así, por ejemplo, en “Las cartas de Gerardo”, tantas veces aludido, el terror lo produce el hombrecillo, el casi enano de la recepción del albergue en que se hospedan los protagonistas.

En suma, valiéndose de unos personajes que parecen tener pájaros en la cabeza, que no es lo mismo que tener la cabeza a pájaros, la autora consigue que las situaciones más extrañas acaben pareciéndonos verosímiles. Siendo el libro excelente, algunos relatos resultan prolijos y otros rebuscados, como “Estricnina”, por lo que una cierta poda y una simplificación de la trama creo que los mejoraría. Entre los nuevos narradores, Elvira Navarro siempre me ha parecido uno de los que poseen más talento y, por tanto, la creo llamada a hacer buenas obras, junto a Lara Moreno, Marina Perezagua, Pablo Martín Sánchez y Cristina Morales, por solo recordar a algunos de los que conozco mejor. Sea como fuere, con estas nuevas narraciones mantiene todas esas expectativas intactas.

P.S. Si algún lector quiere saber cómo trabaja Elvira Navarro, les recomiendo su artículo recogido en la serie “El autor se confiesa”, publicado en la revista El Ciervo (15 de marzo del 2019).
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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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