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Los diablos azules

Confrontaciones, confluencias y viajes

  • En este libro de viajes culturalista, sin prescindir por ello de lo vital, Valero desea emparentarse con la tradición literaria de las entreguerras mundiales 
  • Duelo de alfiles puede leerse también como un libro de memorias, trenzadas con los mimbres propios del ensayo, o incluso como una guía de lecturas

Publicada el 10/05/2019 a las 06:00 Actualizada el 09/05/2019 a las 20:06
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Uno de los mayores atractivos de Duelo de alfiles, de Vicente Valero (Periférica) estriba en lo que tiene de mezcla de géneros bien condimentados, aunque en esencia a lo que más se semeje esta narración sea a un libro de viajes culturalista, sin prescindir por ello de lo vital, en donde el narrador, que no es otro que el autor, desea emparentarse con una tradición literaria que no ha dejado nunca de influirnos, aquella que surge en las entreguerras mundiales del siglo XX. Así las cosas, este Duelo de alfiles puede leerse también como un libro de memorias, trenzadas con los mimbres propios del ensayo y las habituales experiencias de la literatura de viajes.

Se trata, además, de un relato sobre ciudades, paisajes, escritores y obras, ficciones y ensayos, e incluso nos regala también una guía de lecturas, en especial de Kafka, pues se refiere en diversas ocasiones a sus cuentos: “En la colonia penitenciaria”, “Los árboles”, “La partida”, “Un viejo manuscrito”, cuya frase tanto le gusta repetir a Vila-Matas, “La condena” y “El nuevo abogado”. En sus páginas hallamos encuentros reales y posibles, junto con rememoraciones de algunos momentos significativos del pasado que le propician al autor diversas reflexiones.



Duelo de alfiles, de Vicente Valero.Así, Vicente Valero, en los cuatro capítulos que componen el libro, nos lleva a Helsinborg, o Elsinor (Dinamarca), donde se sitúa el castillo de Hamlet, y en esa estancia recuerda el encuentro entre Brecht y Benjamin, y la admiración que este último sentía por Kafka. Mientras que en Turín, cuyo protagonista es Nietzsche, se detiene ante la placa que le dedicaron los fascistas, y relee para nosotros su Ecce Homo. Y en Ausburgo y Múnich (Alemania) los papeles principales los representan, junto a Nietszche, Kafka, Rilke y Benjamin. Recuérdese que la primera es la ciudad de los Fúcares y de la familia Mozart, además de la cuna de Brecht. Y que en Múnich surgió un grupo de artistas imprescindibles, El jinete azul (Franz Marc, August Macke, Kandinsky y Klee), pero también fue una de las ciudades mimadas por el nacionalsocialismo, maléfica presencia de la que siguen quedando huellas en la ciudad. En la capital de Baviera, en la galería de Goltz, que adquiere un cierto protagonismo en estas historias, compró Benjamin la acuarela de Klee Angelus Novus, que convertirá en símbolo de su visión de la historia. Y, por último, acude a Zúrich, donde se celebra un prestigioso campeonato de ajedrez, lo que le lleva a recordar las novelas que Nabokov (La defensa, 1930) y Zweig (Novela de ajedrez, 1941). Dicho juego propicia el metafórico motivo conductor del libro: “Hasta donde puede llevarte una partida de ajedrez siempre es un misterio”. La ciudad suiza es también la cuna del Cabaret Voltaire, de modo que el recuerdo de esas primeras vanguardias lo lleva de nuevo a Nietzsche, para ocuparse posteriormente de Rilke, de El testamento, una confesión, si bien en Berg am Irchel, cercana a Zúrich, intentó concluir las Elegías de Duino, mientras que nos relata su descubrimiento de Valéry en 1921, de quien tradujo al alemán El cementerio marino. Por último, Zúrich es también la ciudad de Joyce y Canetti, cuyas tumbas están juntas en el céntrico cementerio de Fluntern.

El autor se vale del mecanismo de la ronda, o de la noria, para pasar de Brecht a Walter Benjamin, y luego a Kafka, Rilke y Nietzsche. Quizás en torno a este último filósofo pivote el libro entero; y, en esencia, alrededor de su postrera obra, Ecce Homo. Cómo se llega a ser lo que se es (escrita en 1889, pero publicada de forma póstuma en 1908), que el autor relaciona con los Ecce Homo de Caravaggio y Lovis Corinth, pintor de la Secesión berlinesa, cuyas obras acabarían siendo incluidas en el denominado arte degenerado. Como –en cierta forma— se ha advertido, el otro centro de referencia del libro podría ser el ajedrez, según se anuncia en el mismo título del volumen. Pues, ¿acaso no se trata de un duelo de alfiles el que entablan Brecht y Benjamin? ¿Y no son también Kafka, Rilke y Nietzsche piezas principales de esa gran partida que es la tradición literaria occidental? E incluso lo serían los toma y daca del narrador con sus interlocutores, el pintor Jorge Castillo, su anfitrión en Dinamarca, y los Ferretti, en Turín y Génova.

En este libro, las historias surgen a veces de un conjunto de imágenes, como puedan ser las tres fotos de las partidas de ajedrez celebradas en el verano de 1934 entre Brecht y Walter Benjamin, en el jardín de la casa del dramaturgo en Svendborg (Dinamarca), durante uno de sus exilios. Se trata de un ejemplo más sobre la importancia que llegan a adquirir las fotos para reconstruir la historia literaria, acerca de lo cual Vicente Valero nos recuerda que Benjamin llevaba siempre consigo una fotografía de Kafka en la cartera, prueba de la admiración que le profesaba. Durante los cuatro meses que el ensayista pasó en Dinamarca escribe un diario, aunque solo completaría nueve entradas. Aun así, por ellas sabemos que su interés intelectual se centraba entonces en la obra del checo, a pesar de que Brecht se mostrara poco complaciente con el autor de La metamorfosis. Más allá de coincidir ambos en que había sido un visionario. Sea como fuere, Vicente Valero contrapone dos lecturas distintas de las obras del escritor de Praga, aunque con el tiempo haya prevalecido la de Benjamin. De la misma manera que, en lo que respecta a la organización de la sociedad, este se encontraba más cerca de Kafka que de Brecht. En resumidas cuentas, no resulta baladí saber que, al morir el pensador alemán, Brecht le dedicó cuatro epitafios, prueba de su afecto y respeto.

Por fortuna, sin que falten las visitas a museos, no en vano el arte desempeña también cierto papel en estas narraciones, no todo es cultura, pues no falta en estos viajes la visita a restaurantes y cafés. Esos episodios, en los que el narrador adquiere un protagonismo mayor, tampoco carecen de interés, dado que a los lectores curiosos nos gusta saber cómo viaja, dónde se hospeda, qué come, en qué librerías se detiene o qué libros lee durante sus recorridos. Y si de paso nos despierta el apetito con un Aperol Spritz, como el que se toma en Turín, o con un solomillo de alce con patatas y verduras, o un tartar de ciervo que se come en Dinamarca y en Flaach (Suiza), miel sobre hojuelas.

Este es un libro fértil, y para el autor fértil es asimismo el adjetivo que mejor define los escritos de Benjamin. Creo que, en suma, podría leerse también como una poética en la que el autor nos muestra su conocimiento y admiración por cierta literatura europea. Este es, por tanto, uno de esos pocos libros, de escritura suelta, que hasta hace poco resultaban insólitos en España, pues entre nosotros la cultura cosmopolita solía parecer un mero barniz, y solo en raras ocasiones, como ocurre en la presente obra, era producto de lecturas bien asentadas. Sea como fuere, Duelo de alfiles nos invita y nos permite conocer y entender mejor la vida, las relaciones y las obras que mantuvieron algunos grandes autores; al fin y a la postre, lo único que importa.
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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario aficionado.

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