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Los libros

El espejo de las palabras mágicas

  • El pasado no admite ninguna redención. Lo escribió Eliot y me gusta recordarlo ante historias como El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes
  • La interpelación de una infancia maltrecha a sus progenitores. Dónde la culpa, en cuál de las dos partes ocupando el campo de batalla

Publicada el 04/10/2019 a las 06:00 Actualizada el 03/10/2019 a las 20:56
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El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes
Tatiana Tibuleac

Impedimenta
Madrid

2019
 

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac.Aquí vivimos con una mano en la garganta.

Alejandra Pizarnik



El pasado no admite ninguna redención. Lo escribió el poeta Eliot y me gusta recordarlo siempre que encuentro historias como la que cuenta Tatiana Tibuleac en su novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Impedimenta). Construir el presente a partir de esa premisa sí que es posible. Incluso puede resultar hasta deseable. Me gusta leer lo que no aparece en las estanterías principales de las librerías, esos montones piramidales desde donde te saltan los libros a la cara, sin avisar, casi como un violento deslumbramiento que después —tras la lectura de apenas unas páginas— comprobarás que son como esos fuegos fatuos que iluminan con destellos seductores una estafa. ¡Manos arriba!, esto es un atraco del mercado. Sucede eso tantas veces que ya no te atreves con casi nada. Miras los libros con recelo, les das la vuelta para ver lo que dice la contraportada, te detienes en el retrato —si está en la solapa— de quien lo ha escrito. Algunas veces he visto —lo juro— cómo quien tiene el libro en las manos hace un gesto como de pesarlo, casi un gesto inútil porque hoy día casi todos los libros son más gordos que Oliver Hardy y que la deuda de los bancos pagada a fondo perdido con el dinero de los contribuyentes. Sí, pronto los libros se comprarán al peso, y por eso las grandes editoriales disfrutan publicando unos mamotretos que dejan Guerra y Paz en un cuento más breve que el del dinosaurio de Augusto Monterroso. Por eso cuando mi amigo y librero Pepe Miralles me dejó en las manos la novela de Tatiana Tibuleac y me dijo léela, no lo dudé un instante. Y como me conoce tanto, añadió: además, sólo tiene poco más de doscientas páginas, como a ti te gusta. Gracias, camarada. Chapeau. Adelante con los faroles. Los cobardes no tienen historia. Y a ver qué pasa.

Y lo que pasa empezó a pasar en el primer párrafo del libro: "Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás". Me vino a la cabeza la primera línea de Carta al padre, cuando Franz Kafka escribe: "Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo". La interpelación de una infancia maltrecha a sus progenitores. Dónde la culpa, en cuál de las dos partes ocupando el campo de batalla. Qué hubo antes que pueda darnos una miaja de luz para no perdernos en la narración de la contienda. El joven Aleksy vive entre la presencia de una madre alterada y la ausencia de un padre que regresa de vez en cuando para seguir alterando la vida de la pequeña familia. En medio de esos regresos, ha muerto la niña Mika, la hermana pequeña. Y se ha enamorado Aleksy de Moira, la chica que llega los veranos para ayudar en la inmobiliaria a su tío John. Y lo más importante: en el verano que da título al libro, Jim y Kalo, los amigos inseparables de Aleksy, se van de vacaciones y Aleksy y su madre se van a un pequeño pueblo francés para que ella se muera por un cáncer que apenas le va a conceder ese verano de vida. Dos enemigos que se encierran para descuartizarse. Eso es lo que se huele en buena parte de la novela, sobre todo al principio. O sea: huele mal, la cosa. Miren cómo va ser ese olor si leemos algo como esto: "Mi madre parecía una planta de interior sacada al balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, por fin, una familia". Una familia atrapada en los frascos de pastillas que aliviarán las frecuentes crisis de violencia entre sus dos miembros. Pero no hay mal (ni bien) que dure un siglo. Y tampoco esa guerra a muerte durará tanto tiempo.

Poco a poco, la violencia se irá diluyendo en la escritura de Aleksy. El psiquiatra le ha recomendado que escriba lo que le pasa, lo que le pasa a él y lo que pasa en todo lo que le rodea. Y escribe un diario o algo que se le parece. Y se adentra en los recuerdos —escasos recuerdos, por otra parte— de cuando no todo era una mierda. Algo ha de haber en nuestra vida que nos ayude a mirarnos en el espejo de una compasión no exculpatoria, pero que tampoco nos haga sentir más ruines de lo que somos o hemos sido. Los brotes de ternura surgen de las entrañas del relato, de las de esos personajes construidos con una sabiduría sorprendente en una novela que es la primera de la escritora moldava Tatiana Tibuleac. Los objetos que se convierten en agarraderos contra la violencia: la bicicleta que casi le regala el tendero Karim, el escabel de piel en que la madre reposaba los pies cuando ya no podía con su alma… Los pequeños objetos que son tiempo añadido al que vivimos como un destino impuesto. Pienso en la pobre y abollada azucarera de latón, que ya tenían mis bisabuelos (¿o serían mis tatarabuelos?) en la casa donde vivo en mi pueblo de la montaña, y entiendo y agradezco como lector entregado la presencia balsámica de los objetos sencillos en la casa francesa donde viven Aleksy y su madre. La violencia se interrumpe así con esos ratos de ternura que no suenan cursis ni impostados sino todo lo contrario. Al lado de ese surgimiento de la esperanza, unos versos parecidos de Alejandra Pizarnik: "Con los ojos cerrados y un sufrimiento de verdad demasiado grande pulsamos los espejos hasta que las palabras olvidadas suenan mágicamente".

Toda la escritura de Aleksy transcurre hacia el pasado. Ahora es un artista reconocido. Pinta cuadros que a veces parecen los girasoles de Van Gogh. Ya se sabe que el pasado no admite ninguna redención. Contar una historia no ayuda a curar ese pasado. Pero como me decía mi amigo y magnífico escritor Isaac Rosa, contar decentemente una historia ayuda a la reparación de ese pasado. Sirva, para afirmar eso mismo, una línea que ocupa toda una página en esta novela de lectura más que recomendable: "Los ojos de mi madre eran mis historias no contadas". No era Kafka, como decía al principio. Es otra cosa distinta. Pero que a Kafka no le provocaría ninguna vergüenza. En serio lo digo. Y tan en serio.
 
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Alfons Cervera es escritor. Su último libro publicado es La noche en que los Beatles llegaron a Barcelona (Piel de Zapa, 2018).

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