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Los diablos azules

Tres rondas al apocalipsis

  • En el día del colapso, como en la profecía de DeLillo, estaremos todos demasiado fatigados o distraídos por las luces de nuestras pantallas para comprender nada
  • Imágenes nucleares de Óscar Hahn, El silencio de Don DeLillo y Contra la doctrina del 'shock' digital se enfrentan a la idea del fin del mundo

Publicada el 28/05/2021 a las 06:00 Actualizada el 28/05/2021 a las 12:35
Una mascarilla arrojada al suelo en Burdeos, Francia.

Una mascarilla arrojada al suelo en Burdeos, Francia.

Clément Falize (Unsplash)

1.

La antología Imágenes nucleares y otros poemas (2021) acoge en sus páginas el encuentro de dos disidencias: la tarea de la Cartonera del Escorpión Azul y los versos del poeta chileno Óscar Hahn, aunados en un volumen que se suma a los ya aparecidos: de Giovanni Collazos, de Juan Carlos Mestre y Lêdo Ivo, de Olga Muñoz. Todos ellos irrumpen luminosos en el espacio hipermencantilizado que vivimos para ofrendarnos esa rareza de ser libros elaborados artesanalmente, con talento y corazón, que llegan como un aire limpio a nuestra cotidianidad, tan asfixiada y trampeada por la tecnocracia de los algoritmos.

Los del Escorpión Azul son libros que nacen en el margen de las rutas recomendadas, como flores silvestres sin ley y sin dueño. Y que lejos de las máquinas nos devuelven a la conciencia de unas manos que dejan huellas e imperfecciones que son parte de su belleza. Porque cada uno de sus libros es único, distinto al resto, y nos deja adivinar el tacto de unos dedos que les dedicaron su tiempo y que amorosamente cortaron, imprimieron o cosieron cada ejemplar para nosotros. Son plaquettes que aúnan su fragilidad a la de la propia poesía. Y son libros de papel, que no caducan, que no se apagan, que no dañan a los ojos ni necesitan pantallas ni cables ni kindles para subsistir: libros que pueden durar siglos, por qué no. Libros manufacturados, es decir, no fabricados. Libros ilustrados además. Libros hermosos. Libros libres.

Bajo ese nombre del Escorpión Azul podemos intuir no solo el famoso veneno de alacrán que puede salvar vidas, sino también el conocido diario de muerte de Gonzalo Millán, chileno como Óscar Hahn, que es el autor de los versos de esta antología temática, seleccionada con acierto por el también poeta Sergio Laignelet sobre uno de los temas más obsesivos de Hahn, y que incluye un inédito cedido por el autor para esta edición.

Óscar Hahn es sin duda una de las voces imprescindibles de la poesía hispanoamericana actual: su trayectoria es sólida y extensa, y se inicia en 1961 —se cumplen ya sesenta años— con el volumen Esta rosa negra. En ese título se abrazaban las dos obsesiones que recorren su obra, el amor y sobre todo la muerte, con sus variantes: la muerte del amor —y su melancolía—, la muerte omnímoda —con su danza medieval y sus guerras y cataclismos—, o el amor constante más allá de la muerte —a menudo representado con humor en la figura del fantasma erótico—. Esta rosa negra incluía uno de los poemas más estremecedores de Hahn, “Reencarnación de los carniceros”, que regresa luego como una obsesión para integrar Imágenes nucleares (1983), encabezado por una cita del Apocalipsis de San Juan sobre un jinete y un caballo rojo que llegan para disolver la paz y convocar la muerte y la guerra. El tema vuelve después en la pieza que cierra la antología del Escorpión Azul: “Hemos olvidado que todo fuego es enemigo / y que no hay muertos de segunda clase”.

Esa nueva “Reencarnación de los carniceros” se presenta como el último peldaño de una inquietante escalada, con números triples correlativos —111, 222, 333...—que no pueden dejar de recordar la AAA (con su terrorismo anticomunista) o antes el KKK (con su terrorismo racista). El hallazgo formal de Hahn es identificar la cumbre de esa escala siniestra con el 666, el símbolo del Anticristo.

El avance hacia ese número maligno supone por tanto un tránsito por los círculos del infierno. El 111 es una ciudad en llamas, que podría ser el Santiago de Chile asolado por las bombas en 1973, con imágenes visionarias que recuerdan el amor de San Juan de la Cruz —“mi cuerpo en llamas vivas vi flotar”— y también las visiones de los asesinados que fluyen por el río en otro poema inolvidable de Hahn. El 222 nos habla de una planta nuclear donde hay figuras espectrales que son a la vez verdugos y víctimas en unas batallas donde nadie se ha de salvar. El tercer círculo o triple 3 nos habla de la escalada del odio, y de la destrucción de las palomas celestes. El cuarto nos da una escalofriante “Visión de Hiroshima” donde los ancianos, los ángeles, las vírgenes y los niños huyen decapitados, en medio de visiones terribles y surrealizantes:

Por los peldaños radiactivos suben los pasos,

suben los peces quebrados por el aire fúnebre.

¿Y qué haremos con tanta ceniza?

 

El viaje avanza hacia el triple 5, dedicado a un muerto en Nagasaki, para concluir en ese “666 Reencarnación de los carniceros”, con una propuesta numérica —ese triple 6— que sin duda debió influir, junto con el 1984 de Orwell, en la propuesta que hizo Bolaño —quien no en vano situó a Óscar Hahn entre “quienes más nos influyeron” para el título de su última novela: 2666. Se trata de un poema axial de Hahn, con su retrato estricto del horror, en paisajes violentos de sangre y azufre, que acogen la batalla interminable entre los carniceros y sus víctimas. El cierre final, aún en la clave bíblica tan cara al poeta, augura la insolencia de las resurrecciones, y con ellas se afirma la esperanza:

Y vi que los carniceros al tercer día,

se están matando entre ellos perpetuamente.

Tened cuidado, señores los carniceros,

con los terceros días de las terceras noches.

 

El conjunto de las Imágenes nucleares aúna visiones sombrías donde apenas se atisba uno de los rasgos que frecuenta Hahn, esa ironía con la que se mira a los ojos a la muerte, y que sí encontramos en el resto de poemas antologados. Hay ahí un Adán postrero que se distancia del Padre, y es este el que le pregunta “¿por qué me has abandonado?” antes de alejarse entre cenizas radiactivas.

En las páginas sucesivas encontramos además a alguien que ha quedado varado entre los restos de las Torres Gemelas. Y a una familia iraquí que sonríe desde una fotografía entre los escombros. Óscar Hahn insiste además en hablar de los parias desde un poema inédito que aparece aquí por primera vez, esa “Canción del sin con qué” donde vuelve su vocación por la poesía popular, con toda su musicalidad y su humor visionario: “tú sin con qué taparte, / con frío y sin con qué / pagarle al mesonero / la taza de café...”.

Esta antología es una nueva propuesta de acercamiento a la escritura extraña y necesaria de Óscar Hahn, un caminante solitario en el mundo de la poesía. Un hacedor que se construye a contracorriente en un espacio donde dominan las sombras casi ineludibles de Neruda y de Parra, y que formula su propio idioma desde la reinterpretación de los clásicos —cultos y populares—. Y desde una infinidad de personajes que pululan por sus versos —sean lavanderas o lustrabotas, borrachos o titiriteros, fantasmas amorosos o mutantes futuristas— con un compromiso que no es incompatible con su marginalidad —intensificada por los sinsabores del exilio—, y con el regreso frecuente a la métrica tradicional que algunos no perdonaron.

En la poesía de Hahn se aúnan las imprecaciones contra tanta violencia, pero no es solo el armamentismo la bestia negra de estas páginas: también la invasión tóxica del aire y las aguas por parte de otros monstruos metálicos que cada día inundan de hollín y residuos el mar y el cielo, actitud con la que se suma a la de poetas contemporáneos como Parra, Pacheco o Aridjis. La suya no es, sin embargo, una poesía de la desesperanza. Cuando Óscar Hahn escribe sobre mutantes que nos observan desde el tercer o quinto milenio, y que escarban en el desierto para encontrar restos del pasado entre polvo radiactivo, en realidad está haciendo una apuesta optimista porque insinúa que ese futuro puede existir.

2.

A esas amenazas e incertidumbres está dedicada también la última novela de Don DeLillo, El silencio (Seix Barral, 2020). La abre un epígrafe de Einstein que se hace estructural en el relato: “No sé con qué armas se librará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se librará con palos y piedras”.

No es nuevo el tema del gran apagón, aunque cada día resulta más cercano como probabilidad, precisamente por nuestra dependencia obligada de las pantallas. Sin embargo, DeLillo —un escritor que confiesa no usar ni móvil ni internet— no presenta esa idea como un drama: solo como una invitación al pensamiento, e incluso como una liberación. Su historia comienza con el aterrizaje abrupto de un avión, y también con televisores sin señal, ascensores detenidos, teléfonos mudos, lámparas apagadas, neveras y calefacciones que no funcionan. Nadie comprende nada. Alguien culpa a los chinos y sugiere un posible apocalipsis selectivo de internet. Y alguien dice que eso no puede ocurrir porque las guerras son algo que siempre ocurre en otra parte.

No se sabe nada, pero las pantallas vacías despiertan la imaginación, la conversación, la reflexión en medio de la oscuridad. Se presuponen ataques piratas. “Todas las armas nucleares del mundo entero han dejado de funcionar. Los misiles no están planeando sobre los océanos y las bombas no están siendo lanzadas desde aviones supersónicos. Pero la guerra continúa”. La gente sale poco a poco a las calles, camina sin saber a dónde ir. Algunos se dan cuenta de que siempre han deseado, en lo más recóndito de sí mismos, ese apagón universal. Puede que sea un apagón transitorio. Pero puede que sea la Tercera Guerra Mundial. Y ya ni siquiera se sabe qué día señala el calendario. La gente se empieza a agolpar, se forman multitudes. Hay disturbios. Como fin del mundo resulta increíblemente frío. Las mentes están zombificadas. Sin curiosidad ni capacidad de asombro, “estábamos encaminados a esto”.

El silencio de Don DeLillo nos sorprende con su minimalismo y su contemplación serena del desastre, traducido en vacío. Sus páginas invitan a la consideración desapasionada de un fin de mundo que no tiene por qué ser apocalíptico: consistiría en la desaparición del mundo tal y como lo entendemos hoy. Con todos los dispositivos apagados, una vida distinta comienza, con su propio abismo.

3.

Contrarias a la propuesta atemperada de Don DeLillo, se alzan voces que insisten en los peligros del imperio digital que nos subsume. Es el caso de Adrián Almazán y Jorge Riechmann, que en Contra la doctrina del 'shock' digital (Centro de Documentación Crítica, 2021) reúnen diversos ensayos en torno a ese imperio y nos hablan de cómo dejarse el móvil en casa puede resultar un gesto revolucionario.

En nuestra sociedad de la vigilancia y la dependencia, kafkiana y orwelliana, la crisis sanitaria ha supuesto un decisivo avance de esos poderes que fagocitan nuestros datos, mientras las centrales eléctricas emiten tantos gases de efecto invernadero como los del tráfico aéreo regular, y se disparan las enfermedades derivadas de la electrosensibilidad: son ya millón y medio las personas que sufren efectos como fibromialgia o fatiga crónica en nuestro país.

De particular interés es el apartado “Decrecer, desdigitalizar. Quince tesis”, donde el poeta y ecologista Jorge Riechmann nos alerta de esa digitalización extrema, que nos aboca hacia el definitivo colapso ecosocial. Mientras, las redes siguen imitando los mecanismos de placer con su generación de dopamina, y es entonces el modelo de Huxley y su mundo feliz el que logra imponer su distopía. Más allá de lo que afirmen ciertas campañas populistas, “nunca, en los doscientos mil años de historia de la especie, estuvo la libertad humana tan amenazada”. El mundo digital nos sumerge en el capitalismo del hackeo de nuestros cerebros, que como un nuevo Mefistófeles —ahora con una triple WWW si seguimos con la imagen hahniana— nos ofrece placeres —otro opio del pueblo— a cambio de nuestra alma: nuestra atención y nuestros datos. Esa digitalización erosiona la democracia y moldea la visión de mundo de sus usuarios, mientras las GAFAM —Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft— alcanzan un poder más concentrado que nunca y el calentamiento global amenaza la pervivencia de la humanidad.

Gregariamente, hacemos oídos sordos a cada alerta. Poco se recuerda que, en los años setenta del pasado siglo, Miguel Delibes publicaba ese discurso que tituló Un mundo que agoniza, donde denunciaba ya el mal llamado progresismo que mantenía a un tercio de la humanidad despilfarrando y otros dos tercios muriendo de hambre. Denunciaba también la alienación masiva desde las pantallas de televisión, con espectadores demasiado fatigados y manejados como para poder pensar por su cuenta. Los negacionistas siguen siendo legión. Y en el día del colapso, como en la profecía de DeLillo, estarán —estaremos todos— demasiado fatigados o distraídos por las luces de colores de nuestras pantallas para comprender nada.

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Selena Millares es escritora.

 

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